Primitivo.

Estas no son vacaciones.

Van 48 días desde que pusimos los pies por primera vez en el continente africano. Desde hace varios días, se terminó oficialmente la sensación de “vacaciones”. Somos viajeros, no turistas.

Lo digo en el más puro de los sentidos y sin pizca de arrogancia. Creo saber, en versión moderna, lo que sentían nuestros antepasados cuando se veían obligados, por algo más fuerte que ellos, a cambiar de localidad, de punto de referencia, seguir buscando agua, alimento, huir de los depredadores. Esta es la vida nómada de la que hablaban los libros en la primaria. Ese libro de texto gratuito en el que aparecían los hombres de esa era dibujados con tapa rabo, bolsitas hechas de pieles que cargaban de ladito llenas de piedras hechas navajas, alguna fruta encontrada, y pedazos de madera potencialmente útiles. Nosotros cargamos cada uno con dos maletas; una grande que dejamos en cada hotel, hostal o casa dónde planeamos pasar la noche, la cual cuenta básicamente con ropa, sleepingbag, un par de tenis, artículos de limpieza, almohada, cobija, toalla :12 kg en total;  y una pequeña que habitualmente cargamos con nosotros a todas partes la cual tiene cosas que podemos usar durante el día: utensilios para comer, cuchillo, encendedor, lentes, protector, GPS/teléfono, dinero, identificaciones, aproximadamente otros 8-10kg. Ahí nos caben nuestras respectivas vidas. Cada día siento que me sobran cosas y cada día el comprar algo se vuelve un ejercicio de toma de decisiones en el que debo valorar peso, tamaño, necesidad real, durabilidad, caducidad, temperatura óptima. Ejercicio que casi siempre termino por resolver de la misma manera, declinando ante las compras a menos que se trate de comida.

2016-03-24 (1)2016-03-24

He buscado en mi repertorio personal, una palabra para reemplazar primitivo, pero no pretendo seguir buscando, ni pretendo adornar una idea que me sale espontánea. La mayoría de las cosas que vivo, siento o veo a mi alrededor me parecen primitivas. No voy a mentir, ni ustedes pueden hacerlo, la palabra misma encierra cierto desdén, lástima y rechazo. Pero no es ese lado de la palabra el que quiero explotar ni el que quisiera que ustedes tomen como referencia. El primitivo del que yo hablo viaja al ladito de lo natural, se acompaña de lo lógico, lo necesario, lo más sencillo y funcional.

GUSTO. He aprendido a comer con las manos, o mejor dicho con la mano derecha. Sencillo, agradable, sensorialmente rico, ecológico, seguro (si te lavas bien la mano antes y después de comer), simplemente un viaje a lo más básico, a la infancia.

TACTO. He conocido sensaciones nuevas, como la niña en la muchedumbre que hacía todo por lograr que su mejilla rozara mi antebrazo, mirando hacia otro lado como si ella no lo quisiera y como si yo no tuviera la capacidad de sentirlo. Los niños tocando mi pelo, las mujeres jalándolo delicadamente para comprobar si realmente crecen desde la raíz o son artificiales trenzados como la gran mayoría de las cabelleras largas de las mujeres aquí.

VISTA. Me tomó unos días dejar de mirar las calles como museos para pasar a sentirme una obra más, expuesta en el aparador. Es una sensación fuerte ser mirado directamente, sin tapujos, sin disimulo, sin más intención que mirar. Ser seguida por pares de ojos que obligan a sus cabezas y cuellos a girar al ritmo al que yo camino, a nuestro paso. Aquí las miradas no significan lo mismo. Una mirada de estas, en una calle de México, sería totalmente grosera, insinuante, violenta y acosadora; cientos de miradas de estas y  simultáneas, serían alarmantes “¿Qué tengo en la cara?”. Aquí es normal, porque para ellos soy algo especial que amerita ser mirado. Ya sea por mi color de piel extraño (blanco, ante sus ojos totalitarios), por mi pelo raro y largo, porque tengo una cámara en la mano, porque llevo cargando mi casa en la espalda como un caracol humano, porque les parezco bonita, porque creen que tengo muchísimo dinero. No sé por qué me miran, pero las miradas aquí se aceptan como los regalos que son y se contestan con una sonrisa. Y ese, es un ejercicio que deberíamos a aprender a practicar en todas las calles del mundo.

FAMILIA. Es complejo intentar hablar de familia cuando no soy parte de una en esta cultura. Aún así, puedo tratar de compartirles mi percepción.  Institución matriarcal. Al principio me atreví a criticar en silencio a las mujeres. Frías, sin sonrisas de oreja a oreja como las de mi mamá, sin abrazos apretados como los de mis tías, sin cafecitos espontáneos como los de mi abuelita. Después comencé a observar la dinámica de una familia modesta-tradicional y todo me quedó más claro. Empatía. La mujer se despierta a las 5 o 6 de la mañana, ya sea por el calor, por necesidades de madre, los niños que se van a la escuela, para ir a buscar el agua al pozo, preparar el baño o el desayuno de su esposo que pronto se irá a trabajar, preparar el desayuno de los extranjeros que están hospedados en la comunidad (esos somos nosotros) o en el mejor de los casos para rezar por primera vez en el día (vivimos varios días entre una familia musulmán del norte de Costa de Marfíl cerca de Korhogo). El día inicia temprano y de forma activa. La mañana se desarrolla más o menos con el mismo ritmo; lavado de ropa a mano (al verme intentar tuvieron piedad y me enseñaron la técnica), preparación de la comida desde la base; ir a buscar la manioca o el ignam, cocerlo, ir por el pollo, matarlo, desplumarlo y cocinarlo; algunas mujeres modernas en estas comunidades, se dedican al comercio de frutas, huevos cocidos, carbón, semillas, cosechando en los campos o tienen su propio restaurant (Garbadrome) donde sirven comida sobre la calle. Todo lo anterior, lo realizan casi siempre con una gran bandeja de plástico o aluminio cargada de artículos o alimentos para la venta, un niño en la espalda y tal vez otro que camina tomándole la mano, siempre y cuando ésta no tenga las manos ocupadas cargando madera u otro tipo de mercancía.  Les juro que esta imagen me provoca de todo, menos tristeza. La fuerza de estas mujeres es impresionante. La convicción con la que avanzan, la firmeza de sus órdenes hacia sus hijos y a sus colegas de jornada es imponente. Lo único primitivo en todo esto me parece la resistencia y fuerza física y la forma en la que cargan a sus hijos; un día platicando con nuestro guía en la reserva de Banco en pleno centro de Abidjan, nos contaba emocionado que en ocasiones se lograban ver las familias de simios atravesando el bosque tropical “si algún día logras ver eso, te vas a dar cuenta que las hembras cargan a sus bebés como las mujeres de nuestra región”. No quise decirle que me parecía más bien un gesto natural y primitivo que para mi gusto, es mimetizado por el humano. No me atreví.

TRUEQUE. Comercio primitivo pero totalmente eficaz. Bueno, sobre todo para una de las dos partes.  Aquí el cambio no se da en monedas ni en billetes. Aún no sabemos si es realmente porque “il y a pas la monnais!” (no hay cambio!) o porque la monedas las guardan como el tesoro más preciado de la nación y tienen un pacto generalizado para no sacarlas jamás del jarrón dónde las meten.

El cambio, en Costa de Marfíl, se da en: *comprimidos de paracetamol de 500mg/* un chicle/ * un pan tipo birote, tamaño individual/* bolsitas de agua fría de 250 0 500ml/* plátanos dominicos.

Y entre tantas cosas simples y primitivas, me encuentro a mí misma, primitivamente compleja. Insaciable, impredecible. El ver tanta simplicidad a mi alrededor me hace ver cada día con mayor claridad mi carácter primitivo en esencia y disfrazado de occidentalización y modernidad. Carácter que lucha por ser positivo a perpetuidad, proactivo y constructivo, pero que fácilmente se torna intempestivamente en superficial y quejumbroso, el cual lucha por ganar terreno y hacerse notar.

Retórica o literalmente, los dos peores momentos que he vivido durante estas travesías, han sido subiendo una montaña. Comienzo a verlas con miedo y respeto y como un reto a largo plazo. El cansancio, el enojo, los olores, el dolor, las caídas, el hambre, el calor que despierta en mí el reto de escalar estos gigantes, crean en mente a los monstruos más grandes, peludos, malagradecidos y rencorosos que puedo imaginar. Esos monstruos que se alimentan de culpar a cualquier ente viviente o inerte que se encuentren a su paso, o incluso lejano, con tal de alimentar la incomodidad del momento. Violentas promesas de venganza o cambios de vida radicales que amenazan imaginariamente a todo el que se cruza en el camino. La realidad es que esos monstruos se alimentan únicamente de ese dulce elixir producido por nuestra colmena interna, el ego y es ahí cuando la decisión se vuelve difícil; ¿dejar de alimentarlo con estos pretextos y matar a una parte de mí que me protege de la realidad, me tranquiliza en los momentos de inestabilidad, me detiene de la caída en la autocrítica hiriente y quemante?… o ¿seguir nutriéndolo con explicaciones irracionales, con pretextos pueriles, con miedos inconclusos y con venganzas pendientes?

Es en ese momento justo, cuando alguien entra en escena y me muestra lo increíblemente fácil que es hacer las cosas primitiva y plenamente: Cargar una carreta cargada de madera bajo el sol de las 2 pm; subir la misma montaña que yo, solo que con bandejas cargadas de alimento y sin zapatos; cosechar nueces en el campo bajo el sol de las 12 del día y el 80% de humedad en el ambiente; sonreír mientras se hace lo necesario para vivir un día más en este nuestro cada vez más hostil mundo.

Y ahí es cuando me hago chiquita, mi ego pierde potencia, mi paciencia crece unos cuantos milímetros y este viaje sigue tomando sentido.

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¡Hola soy médico y busco al médico!

Ousmane Nbaye, sesenta y tantos años, Enfermero en el centro de salud de  Tabor en la región de Ziguinchor de Senegal. Mi primer contacto real con el sistema de salud público del país.  Ousmane no solo es enfermero, yo le agregaría promotor social y diagnosticador de primer contacto por no decir médico sin diploma. En un poblado de 1350 habitantes es el encargado de prestar la atención primaria desde la promoción de la nueva iniciativa del gobierno que propone la seguranza médica a bajo costo: 3500 FCFA por año, algo así como el seguro popular para México; hasta el monitoreo de control prenatal en la localidad, profilaxis inmunológica (mejor conocida como vacunación) tanto en domicilios como en el centro de salud, sin olvidar el control de la epidemiología mensual sobre las detecciones rápidas por ELISA de los casos de paludismo. Además de esto, escribe poemas y tiene la idea de publicarlos.

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A 13 km de distancia hacia el sur, cruzando el Rio Cassamanza, me recibió en su consultorio el Dr. Simon Tendeng. Médico general de la ciudad de Ziguinchor de unos cincuenta y tantos años. La ciudad cuenta con una población aproximada de 200 000 habitantes, es una zona principalmente dedicada al turismo y la industria pesquera. Sonriente, nos abre la puerta de su consultorio a Anto y a mí y nos pide que tomemos asiento.

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En Senegal, nos han dejado claro que antes de comenzar cualquier conversación por más oficial que esta sea, siempre hay que tomarse unos cuantos segundos para preguntar cómo va la vida, si es temprano por la mañana tendremos derecho de saber cómo pasó la noche nuestro interlocutor, si la familia va bien o si el clima le parece adecuado para la época. Una vez habiendo tratado de cumplir con el protocolo social, me lanzo directo a lo que me interesa, conocer su visión y su experiencia de casi 30 años en tan solo unos cuantos minutos.

Convertida en un ser mitológico hecho de mitad paciente y mitad colega, le pregunto principalmente sobre la epidemiología de las enfermedades que llenan sus archiveros. No decepcionando a mis referencias científicas, efectivamente las enfermedades infecciosas son las primeras razones por las cuáles los locales tocan a la puerta de Tendeng. Inmediatamente nos pasamos al elefante más gris que blanco de todas las conversaciones: El paludismo. Le dejo claro mi interés no solo por el hueco evidente que vivir en la zona desértica del país ha dejado en mis archivos de experiencias clínicas, sino también como actual individuo en riesgo y como usuaria de la terapia profiláctica antibiótica.

  • Yo tengo 26 años de no indicar una profilaxis farmacológica.

Le confieso que mi doctrina personal se inclina efectivamente a la prevención holística y no únicamente ni forzosamente farmacológica pero que mi inquietud se debe principalmente a:

  • Mi edad fértil (tomando en cuenta que el ser mujer primigesta representa por sí solo un factor de riesgo aumentado).
  • Nuestra situación de viajeros sin exposición previa (la exposición prolongada aunque no crea una inmunidad total si sensibiliza lo suficiente para mejorar la capacidad de respuesta inmunitaria, aunque esta pseudo protección se pierde tras 5-10 años de haber abandonado la zona endémica).
  • y sobre todo la larga e indeterminada duración de nuestra travesía en el suelo africano.

Me responde varias cosas, de las cuales recupero las siguientes para resumir.

La quinina es un medicamente sintetizado por algunas especies del género Chinchona. La historia remite su descubrimiento a los años 1630 pero existe la lucha entre la leyenda de un indio local que atacado por la fiebre bebe accidentalmente el agua al lado de un árbol de quinina, contra la versión noble y elitista que otorga el crédito a la condesa de Chinchón quién observó a los curanderos utilizar la planta para tratar las fiebres. La fecha exacta sigue siendo polémica ya que no hay evidencias que apoyen la existencia de la malaria en Sudamérica antes de la época colonial.

En la historia de la medicina fue el medicamento de elección para el tratamiento del paludismo desde el siglo XVII de una forma aparentemente rudimentaria hasta que fue aislada y purificada en los años 1820 por dos investigadores franceses. Poco a poco la resistencia a la quinina también se comenzó a desarrollar y nuevas fórmulas farmacológicas comenzaron a ver la luz.

Tendeng me decía que hace aproximadamente 40-50 años la profilaxis se otorgaba de manera generalizada incluso a las embarazadas y niños a base de Cloroquina 300mg (adulto) mono dosis semanal. A partir del año 1957 se lograron identificar los primeros casos de resistencia del plasmodium falciparum a la cloroquina. En 1980 esta resistencia comenzó a extenderse por todo Asia, centro y sudamérica y Africa hasta alcanzar actualmente la totalidad de los territorios endémicos del planeta. Naturalmente el medicamento cayó en desuso.

  • Actualmente y desde el 2001 el medicamento de elección por la OMS es la terapia combinada a base de artemisina:
  • Artémeter-lumefantrina
  • Artesunato + amodiaquina
  • Artesunato + mefloquina
  • Artesunato + sulfadoxina – pirimetamina.

En el caso de la mujer embarazada el protocolo cambia un poco siendo la terapia profiláctica la de elección, basándose sobre todo en las modificaciones que el sistema inmunológico sufre durante la gestación. El abordaje se divide en tres puntos primordiales: Mosquiteros tratados con insecticidas (DEET), tratamiento en caso de infección activa y sobre todo Tratamiento preventivo intermitente a base de sulfadoxina-pirimetamina (SP); primera dosis a la 12 sdg o a la detección de los primeros movimientos fetales o primera detección del latido fetal, segunda dosis un mes después de la primera y tercera y última dosis un mes antes de la fecha probable de parto, según me explicó Oussmane.

Nosotros por nuestra parte, seguimos bajo tratamiento profiláctico con doxiciclina la cual planeamos continuar al menos durante un mes. Además de esta y todas las otras medidas preventivas que tomamos, decidimos no confiar en nuestra suerte y traer en la mochila un tratamiento completo curativo, el cual consta de 9 tabletas divididas en 3 días de tratamiento a base de la combinación Dihidroartemisina 40mg / Fosfato de piperaquina 320mg, a 4500 FCFA (poco menos de 8 euros o aprox. 150pesos).

Así, en esta atmosfera de conocimiento y cierta seguridad gracias al contacto con la experiencia local, nos preparamos para despedirnos en unas horas de la ciudad de Dakar y del país. Nuestro vuelo tiene hasta el momento un retraso de 33 horas y contando… no dejaré de contar hasta que el avión despegue. Por hoy es todo lo que tengo que agregar a este hibrido de cuaderno de medicina y diario del corazón. Sigo enamorada de mi profesión y cada día descubro nuevos héroes silenciosos a quiénes vale la pena acompañar en el camino.