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Día 81: vida, salud & muerte.

 Desde hace 81 días he intentado darles un resumen de mi vida en palabras e imágenes. Les he prestado mis ojos, mis oídos, mi piel y les he contado cómo mis sentidos se divierten y viven cada día un poco más.

Pero ¿Qué tal que ahora les hablo de la muerte?

¡Ah, la muerte! Esa palabra que nos revoluciona el cerebro, nos acelera el corazón y nos obliga a dejar de hacer lo que estemos haciendo para, durante unos segundos, visualizar la vida de todos sin nosotros en ella. Poco tiempo después de esa imagen terrorífica, el efecto pasa y cada quien tiene su frase llena de elocuencia para espantar al fantasma: “Cuando te toca, te toca…”, “What doesn’t kill you makes you stronger”, “Il faut bien mourir de quelque chose…”.

Cuando decidí visualizarme como bata-blanca jamás tuve como slogan el “Salvarle la vida a miles de personas”. Seguro los pacientes no esperan que su médico piense esto, pero creo que la decisión de “salvar” su vida, en el 80% de los casos[1], está en cada uno (del otro 20% hablaré más adelante).
Ese maravilloso libre albedrío que nos permite decidir si llevarnos a la boca una bolsa de churros locos o una manzana, si subirnos a la motocicleta con o sin casco, si fumar uno, diez o ningún cigarrillo al día, o caminar 60 minutos diarios en lugar de ver otro episodio de “la rosa de Guadalupe”.

 Por supuesto que hay excepciones, ese 20% está reservado para ellos. Los niños con enfermedades congénitas que mueren al nacimiento o incluso los sanos que no fueron recibidos como merecían, las embarazadas mal tratadas por el sistema de salud decadente de algunos países, la desnutrición extrema en países como Etiopía que actualmente vive su peor sequía desde hace 30 años gracias al fenómeno de cambio climático El Niño.[2]  Claro que ellos no tienen la culpa y ninguno  tuvo la justa oportunidad de decidir entre el cuento de hadas o el camino trágico. Y justo porque me considero alguien tremenda y sensiblemente inestable como para cargar con la culpa de no haber podido salvar a esos pobres juguetes del destino, decidí decirle “ya no”. Puede ser triste reconocer las limitaciones.  Pero por eso amo mi profesión, porque el abanico de posibilidades es infinito y porque es moralmente permitido decir:
 “No deseo ser el médico que vive sus jornadas jalando pacientes entre la vida y la muerte en una sala de urgencias, ni el médico que se apuesta la vida día a día en la zona de conflicto en el sur de Argelia; deseo ser el médico que cura con calma, paciencia y mucha dedicación. Sin prisas”.
Cada día me enamoro más del poder de la prevención.

¡La prevención! (música de arpa celestial de fondo), ese boleto de lotería que pocas personas compran; ese patito feo olvidado y jamás invitado a las fiestas de cumpleaños, borracheras ni a las idas al cine; ese eterno ausente en cada foto de Facebook en el que todos se pelean por postear el alimento más nutricionalmente errático, esa palabra que tanto adorna la boca de todos en todo momento, excepto a la hora de comer y moverse. Pero no me importa, me gustan las causas difíciles y menospreciadas.  Esto únicamente quiere decir que seré algo así como el doble de la película de acción, ese que nadie sabe cómo se llama; como la mejor amiga de la protagonista bonita a la que nadie pela y seré esa doctora de la que jamás hablarán en la tele pero que dedicará a sus pacientes toda su paciencia y los educará hasta lograr verlos cada vez menos seguido.
Prefiero mil veces ser un héroe furtivo pero efectivo y todo esto creo haberlo aprendido (en parte) del médico más congruente y uno de los seres humanos más intachables que conozco y amo, mi papá.

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Un espectacular que anuncia ¿Galletas con súper Glucosa…?

 A pesar de vivir en un mundo lleno de culturas con tantos contrastes, la organización mundial de la salud se atreve cada cierto tiempo a dar un informe sobre la epidemiología mundial, o sea, ¿De qué se muere la gente en este mundo tan loco? El resultado comienza a ser repetitivo, pero no por eso menos objetivo ni inquietante.

En el 2012, 56 millones de personas murieron en el mundo. Hasta aquí no hay problema, es el ciclo de la vida. De estos 56 millones, el 68% o sea 38 milloncitos fueron causados por enfermedades no transmisibles (principalmente enfermedades cardiovasculares, el cáncer, la diabetes y las enfermedades pulmonares crónicas). Un 9%, o sea 5 millones por accidentes. Y de aquí es de dónde sale el 78% (yo dije 80%, una disculpa) de las vidas que con su libre albedrío decidieron que “de algo se tenían que morir”.[3] Todo esto no es nuevo y no nos detendremos a llorar frente a una frase, des afortunadamente, ya muy trillada. La mayoría de ustedes la han escuchado o leído por lo menos una vez en los temas de actualidad de los últimos años pero comienza a sonar tan triste y normal como el hambre en África, los osos polares sin hielo y Trump ganando las elecciones de su partido; cosas de los que todos hablamos y por los que muy pocos parecen estar haciendo algo.

Hablando de África, hablemos de ella. La región de Ádrica del oeste está constituida geográficamente por la parte occidental del África subsahariana y conformada políticamente por los países que se muestran a continuación.

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En esta región del continente no solamente se encuentra un territorio ideal y fértil para la producción de cacao, mandioca, café y cacahuate, también las enfermedades cardiovasculares comienzan a florecer. 75% del total de muertes en el mundo suceden en países con una economía pobre o moderadamente pobre y en África, como en América Latina, esto parece ser algo que se encuentra en abundancia. A pesar de que la radio, la televisión y alguna que otra ONG tratan desesperadamente de enviar pulsaciones de información preventiva a la población, cuando me bajo del moto-taxi y entro a cualquier mercado popular de cualquiera de los países que hemos visitado, la prevención se desvanece y la realidad resplandece con todos sus colores y olores embriagantes.

Caminar entre las calles de Senegal, Costa de Marfil, Togo o Benín me han provocado un sentimiento común. La sensación de ser invencible, casi inmortal. Ilógico, lo sé.
He llegado a la conclusión que es precisamente la ausencia de una cultura de protección y de prevención la que crea una falsa atmósfera de olvido y tranquilidad. Una calle con niños jugando inspira más tranquilidad que una calle llena de policías al acecho. Una calle sin infraestructura segura, sin hospitales públicos ni ambulancias genera la falsa sensación de que, si no están, es porque no se necesitan. Falsa sensación. La muerte aquí es algo tan natural y alarmantemente común que parece haber anestesiado a la población y haberles dotado de una cierta conformidad al acudir frecuentemente a funerales. Poca gente parece preocuparse por anticiparse a la muerte y cuando llega a suceder, no hay mucho que decir al respecto. He oído historias sobre un joven de 20 años en el norte de Costa de Marfil que murió y nadie supo por qué, una mujer de 28 años en Camerún que se despertó y calló muerta horas después en su trabajo, una madre en Senegal quién al dar a luz a su cuarto hijo murió y ahora los hijos vive  prácticamente de la solidaridad de los vecinos mientras el padre sale todo el día a trabajar; uno de dos gemelos en el norte de Costa de Marfil que murió pocos días después del nacimiento porque “era el más pequeño”. Todas estas muertes de personas de menos de 40 años coinciden perfectamente con la información de la Organización Mundial de la Salud quién explica la diferencia entre los países ricos y los pobres. “En los países de ingresos altos, 7 de cada 10 muertes afectan a las personas de 70 o más años de edad. Las enfermedades crónicas son responsables de la mayoría de muertes… Sólo 1 100 muertes afecta a los niños menores de 15 años. En los países de bajos ingresos, casi 4 de cada 10 muertes afectan a niños menores de 15 años y únicamente 2 de cada 10 muertes son personas de 70 años y más”[4]

Los padres de familia me han dicho abiertamente que intentan tener muchos hijos porque saben que habrá uno que otro que “inevitablemente” morirá. Así es. Nadie parece alarmarse. Ignoro en realidad qué tanto les duela porque aquí el amor es un idioma que no sé hablar.
En costa de Marfil alguien me contaba que a la muerte de un bebé o de un niño pequeño, sobre todo en las comunidades más tradicionales, hay tristeza pero se deja pasar fácilmente ya que para ellos no tiene sentido lamentarse demasiado por “lo que pudo haber sido ese ser humano”, al contrario, se sufre por la muerte de alguien que logró hacer algo por su comunidad. Actitud completamente opuesta a nuestra visión de llorarle a un joven por “toda la vida que tenía por delante” y no por el viejo que “ya vivió lo que tenía que vivir”.
La regla social se vuelve a invertir en el caso de las personas mayores de 70-80 años en estos países en los que la esperanza de vida es de 56 años. En el funeral de un jefe de pueblo o figura anciana reconocida no se permiten las lágrimas, no hay motivo de tristeza cuando alguien logra alcanzar la edad a la que muy pocos aspiran.

 En América y Europa (no puedo hablar por los otros continentes) vivimos un estilo y un ritmo de vida hechos para pretender ser inmortales, una vida que durante unos 70 años te haga olvidar que la muerte llegará pase lo que pase. Seguros de vida, seguros de automóvil, seguros de casa, trabajo seguro para una jubilación segura, alarma en las casas, perros guardianes, celulares inteligentes que nos indican el camino porque es impensable perderse, planes mensuales que nos venden más y más MB porque sería inconcebible estar incomunicados en medio de una situación insegura, formamos niños de 5 años sobre saturados con actividades (ballet, karate, natación, gimnasia, fútbol, pintura, música) potencialmente redituables social, cultural o académicamente  porque no queremos que en el futuro se muera de hambre, o de aburrimiento, o de obesidad, o de sedentarismo, o de…
Soy parte del sistema. No digo que todo esto sea completamente malo. Seguramente repetiré muchos de estos patrones si algún día soy madre. No me quejo de haber crecido en una casa con electricidad, agua, un refrigerador lleno, padres atentos, cursos de ballet, tap, jazz, educación superior. Soy parte de ese pequeño porcentaje en el mundo con acceso a todos esos servicios que ante mis ojos parecen básicos. Soy quién soy gracias a todo eso. Pero, ¿Es realmente indispensable? ¿Realmente tantas diferencias hacen la diferencia en la vida? ¿Quién muere más feliz, el de 75 o el de 56? ¿Queremos una vida bien larga o simplemente una buena vida?

Al observar la estadística mundial cada vez es más evidente que la mayoría de nosotros nos moriremos de lo mismo, unos antes y otros después, unos pobres y otros ricos, unos blancos y otros negros, pero al final, eso ya no importará.
¿Realmente respetamos a la muerte tanto como decimos o solo jugamos a temerle mientras nos divertimos arriesgando la salud y pagando el precio de su “aseguranza”?
La apuesta es adrenalina. Me tomo otra coca-cola pero hago 30 minutos de cardio; me como las papas fritas pero tomo multivitaminas; duermo 3 horas al día pero ya me tomé la pastilla de la presión/azúcar; me fumo otro cigarrito pero me compro un seguro de gastos médicos; paso otro día sentado frente a la tele pero me pongo el cinturón al subirme al carro ¿Sirve?

La obesidad ha más que doblado sus cifras desde 1980. Hasta el 2014 se estimaban más de 1.9 billones de personas con alteraciones de peso mayor al normal y entre ellos 600 millones eran obesos[5]. En el 2013 se estimó que existían 42 millones de niños obesos en el mundo. Estudios recientes[6] hablan de alteraciones en el ADN de recién nacidos de padres obesos, lo que significa que la obesidad ha conseguido ganarse un lugar no solo en nuestro abdomen si no lo que es aún más alarmante, en nuestros genes. Con esto el riesgo de obesidad en generaciones futuras será aún mayor de lo que imaginamos.

Al final del día y de la vida, ni la negación de los gobiernos africanos del oeste (porque aún no sé cómo funcione el resto del continente) ni el aparente compromiso de los gobiernos europeos y occidentales, parecen alterar las cifras epidemiológicas. Tal vez porque la respuesta no está en las oficinas presidenciales ni en las cámaras de diputados, ni siquiera en los hospitales de los países afectados.

Prevención. Respuesta tan sencilla que pocos quieren creer en ella, se encuentra tan al alcance de todos que muy pocos se atreven a mirarla; en Estados Unidos la pisotean con tenis de marca, acá la patean descalzos; en todo el mundo la ahogan en coca cola y aquí en paquetes de plástico llenos de alcohol barato de mala calidad (100ml por 100Fcfa = 0.15 euros), en México la fríen en manteca reciclada y en todas partes la inhalan revuelta con el tabaco. Todos, absolutamente todos, la terminamos consumiendo. Tal vez por eso parece haber tan poca.

[1] http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs310/fr/index2.html[2] http://www.unicef.es/actualidad-documentacion/noticias/sequia-en-etiopia-el-nino-y-el-cambio-climatico-atacan-de-nuevo[3] http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs310/fr/index2.html [4]http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs310/fr/index2.html[5] http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs311/en/[6] http://www.nature.com/ijo/journal/v39/n4/full/ijo2013193a.html

Orientación.

Capacidad de determinar el lugar en dónde uno se encuentra respecto a los puntos cardinales.

Siempre me ha parecido mágico como la gente grande alardea sobre poder orientarse únicamente con la luz que reflejan las estrellas y los planetas qué por las noches, ante nuestros ojos, se convierten en ellas. Yo jamás he podido hacerlo y sinceramente no pretendo intentar. Yo pienso que más que las estrellas por las noches, es el sol y los extremos de su jornada los que nos ayudan a orientar no solo nuestro día, sino nuestra vida entera.

Las hormigas inician su día con el sol, no porque lo esperen ansiosas con una taza de café si no porque con el sol viene la temperatura y su día está regida por los grados más que por los minutos. El final de su hibernación lo marca el sol, justo como el final de las jornadas en éste lado del mundo. La corriente eléctrica no una constante en todos los rincones, e incluso en las capitales y grandes ciudades, el flujo eléctrico va y viene a su antojo. Lo triste no es la oscuridad, lo triste es que el aire acondicionado se va con él.

Mi orientación nunca ha sido mi fuerte, en compensación la naturaleza me dotó con una memoria visual divertida. Puedo recordar exactamente de qué lado de la calle vi cruzar a la señora cargando 30 piñas en la cabeza, pero en cruce de bulevares siempre elegiré el incorrecto. Afortunadamente tengo a Anto a mi lado. Podría cortarme el pelo frente a él y tal vez no lo notaría, pero es el mejor guía en una ciudad nueva; desde el principio memoriza direcciones, nombres, calles, hechos históricos. Juntos tenemos la imagen casi completa.

Hasta hace poco nunca había tenido la necesidad real de saber a dónde apunta cada punto cardinal, porque siempre me ha parecido lógico levantar mi mano derecha y apuntar con mi dedo índice bien estirado cuando quiero indicar una dirección; la gente ubicada me mira raro y se siente ofendida por mi falta de concordancia entre lenguaje oral y corporal. Afortunadamente usualmente Anto está a mi lado para re direccionar mi brazo extendido.

Y desde que soy una mujer mejor orientada y con más tiempo de leer de todo menos de medicina, me he enterado de cosas que me han sorprendido. Por ejemplo, la relación de la orientación cardinal y el deseo loco de la humanidad por comprender el origen de las cosas. Más o menos así fue como la filosofía surgió y sus primeras preguntas retóricas lograron congregar cientos de personas en las plazas públicas, dónde cuerpos viejos con ideas jóvenes intentaban definir el sentido de la vida, el objeto del amor, el misterio de la muerte y la clave de la salud entre otros. Durante años y años esta búsqueda incansable de más conocimiento, más explicaciones y porque no aprovechando, más poder y más tierra que poseer, surgieron por todas partes y parecían acompañarse casi siempre de un movimiento cadencioso de este a oeste.

Si se abren los ojos una vez que el sol ya ha salido, es más común voltear a ver hacia dónde se dirige. Nuestra a sincronía con su salida nos hace olvidar que antes de que nosotros llegáramos, él ya estaba ahí. Por eso seguimos su camino como adivinando hacia dónde va, buscando el atardecer. Miramos allá a donde el sol se va y descansa; dónde espera lo que falta por venir, lo que aún no es. El oeste significa la conquista de nuevos mundos, invasiones a viejos rivales, visitas a los vecinos. El oeste significó lo nuevo, lo inesperado, lo deseado y lo sobretodo lo alcanzado.
 Otros por su parte, prefieren mirar al Este, y quien dice este dice encontrar la raíz, el punto de partida, de dónde brota la vida, la luz y por supuesto el sol cada mañana. El este que con su sabiduría vieja sabe explicar sin mucho hablar. Esos primeros rayos de sol que se levantan entre montañas y mares gritando: lo de ayer no importa, intenta de nuevo.  Hacia el este hay que ir si se busca entender la historia, ¿cómo comenzamos, de dónde venimos, porqué las cosas son como parecen ser? Culturas milenarias, con bases mágicas que han logrado sustentar lo nuevo y preservar lo antiguo.  Por su parte, el norte y el sur, mucho menos mitificados, pero igualmente explorados, son más una novedad que un ritual. El sol no va hacia allá, ¿por qué yo debería de hacerlo?  El norte propone retos, el sur invita al descanso.

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Nosotros dos nos movemos constantemente entre los 4 puntos cardinales pero nuestro vector principal parece dirigirse al sureste. Comenzamos por el norte, y efectivamente entre más nos acercamos al sur, esto comienza a sentirse más como un descanso y menos como una lucha cultural. Y después de varios encuentros con extranjeros, sobre todo franceses, instalados en estos países hay una idea que no me puedo sacar de la cabeza. Sea cuál sea la orientación de la exploración, uno no viaja para cambiar de vida.

Yo pienso que se viaja para poder ser uno mismo en el lugar en el que mejor se nos permite serlo; dónde la indiferencia de tus compatriotas te es intercambiada por la sorpresa de los locales del lugar a dónde llegas; dónde la sobreprotección de tus ancestros no logra alcanzarte y en lugar de eso, eres libre y vuelas solo; dónde la crítica de tu entorno laboral por no seguir los tiempos y las reglas se transforma en admiración de aquellos que te reciben y te agradecen el que te adaptes a sus vidas.

Pero la distancia física y del corazón genera una curiosa dicotomía; eso que te generaba incomodidad y ganas de huir, ya no está y ahora ha dejado un vacío en tu nueva vida. Es como pelear con tu hermano, y después necesitar esa violencia que divierte. Porque esa indiferencia de tus compatriotas y esa crítica del entorno pudo haber sido únicamente una forma en la que todos ellos deseaban decirte: ¡Eres parte de nosotros! Te critico porque estás presente, te protejo porque te acepto, te presiono porque quisiera que te acercaras más a mí. Ese vacío podría parecer fácil de llenar con la aceptación de los que te reciben con los brazos abiertos del otro lado del mapa. Pero aquí, en este nuevo mundo, la integración no es algo inminente.

Tus chistes, aquí no son chistes.

Algo tan básico como el humor puede volver imposible la adaptación.  Si eres mujer, la forma de negociar, reclamar y dialogar (peor aún si tienes una pizca o de personalidad fuerte) puede llegar a fracturar toda comunicación porque a muchos hombres de acá “les gustan las mujeres que no hablen mucho”. Chingada yo.

El valor de tus conocimientos muta.

La moneda intelectual que en tu patria te permite defenderte, exigir, protestar, comunicar, acá la encuentras inexistente, devaluada como el peso en el 93. Que sepas agarrar bien el taco, conocer los atajos de tu ciudad y bailar el payaso de rodeo, acá les importa madres. Mis conocimientos médicos, mis exámenes aprobados y mis declaraciones anuales de hacienda no me genera ninguna ventaja frente a los demás. Si deseas sobrevivir, hay que hacer a un lado todo lo que sabes que sabes y dejar espacio suficiente para empezar a aprender una vida completamente nueva, porque entre gurús, vudú y más de 40 etnias por país, cada una con su idioma distinto, lo que cuenta aquí es lograr transmitir el mensaje fácil y rápidamente.

El valor del dinero es distinto.

Vivir en otra moneda es igual que aprender otro idioma. Si quieres traducir palabra por palabra, jamás lograrás hablar como un local; si quieres traducir cada peso, euro o franco jamás pagarás el precio real. Debes olvidar la empatía y dejar de pensar “pero si en dólares no es nada”. Se debe abandonar la idea de que, pagando el doble del precio real a un taxi, salvarás la economía de un país.

La religión pasa de ser tabú a llamarse vudú.

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Ese muñequito de tela que aparece sin cesar atravesado por alfileres y con ojos desorbitados, resulta ser producto de una fusión de antaño entre los esclavos relegados y una religión católica impuesta y a la vez limitada para aquellos del otro color. Los esclavos, principalmente en Brasil, construían iglesias católicas para sus amos sin tener el derecho a entrar en ellas; resulta lógico que esto generara cierto descontento entre los trabajadores importados, quiénes además de ser evangelizados y explotados, eran relegados de los lugares de rito. Fue así como el vudú afro-brasileño nació y creció hasta convertirse en lo que es hoy. Fue en este contexto de resentimiento y venganza que el lado negativo bien conocido por todos, invadió y aniquiló el verdadero concepto de esta religión como cualquier otra.

Tuvimos la suerte de ser invitados a una misa vudú en medio de un pueblo perdido en el sur de Benin, Ategnigon. El templo desde el inicio nos cautivó y nos invitó a entrar curiosos por entender dónde estábamos y que estaba sucediendo. La forma de camaleón gigante desconcertó y agradó a mis sentidos. Nada que ver con magia negra, nada que ver con muñecos mutilados. Un padre con falda colorida preside la misa, a su mano derecha varias mujeres con todos los colores posibles se hincan mientras cantan con una voz que ya quisieran en America´s got talent. Los rezos comienzan, se siguen unos a otros. Nuestro guía nos traduce, nada fuera de lo normal en una iglesia, se habla de espíritus, de la luz, del amor al prójimo, el amor, siempre presente. El templo por dentro aún no está terminado, la textura del cemento y el olor a obra en construcción aún está en el aire, pero eso no impide que todos logremos sumergirnos en el momento, más allá de la decoración. El vudú tiene su base en el animismo, no muy lejos de las culturas sudamericanas en donde la pacha mama, la tierra, la vida y básicamente todo ente presente en la naturaleza son las deidades veneradas. Aquí los dioses cambian de nombre, de forma y de color. Es difícil entender, no he logrado acomodar todos los conceptos ni ideas, pero me queda claro el fondo. En ocasiones es un árbol, a veces una serpiente, otras veces un camaleón, una pantera, un búfalo. En todo caso no es una imagen de hombre, y eso me genera tranquilidad. La misa continúa, las palabras se me escapan, no entiendo mucho, pero mis ojos comprenden todo lo que ven. Las mujeres cantan con voz fuerte y tranquila, los niños bailan de una forma mágica, desarticulando y articulando varias partes del cuerpo a la vez. Una niña se para de su banca a la señal del “padre” y pega un grito intenso con el que comienza a caminar lentamente y con un ritmo pegajoso; canta y baila a la vez. Se ve hermosa, se ve orgullosa de estar ahí y de conocer el ritmo y las palabras precisas, la energía en el lugar es increíble. El padre se aleja en segundo plano para tomar unas hojas con texto y en su camino no puede evitar mover su cuerpo al ritmo del canto que resuena en la cavidad torácica de este camaleón gigante. Seguro estamos a la altura del corazón, no hay duda. (ver video en mi muro FB)
La ciencia da tregua al mito para encontrar la salud.

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Entre tanto contraste, a veces casi logro olvidar lo que creo saber. Toda esa ciencia cuantificada en gramos por decilitro, todas esas guías internacionales que rigurosamente diagnostican y condenan. Todo eso se ve tan lejano. ¿Por dónde empezar si al llegar al mercado y a los pequeños puestos de comida, el menú es el mismo? ¿Cómo instalar una realidad tan alterna en estas sociedades tan opuestas? Me consuelo pensando que alguien ya debe de estar trabajando sobre eso… por mi parte, mi lucha consiste en buscar un poco más de vegetales y un poco menos de azúcar y grasa en cada plato.

Tuve un encuentro rápido pero intenso con una cara integrativa de la medicina en Porto Novo, la capital política del país. Un concepto muy interesante y que me plantó ideas y sueños en toda la corteza cerebral. En el segundo piso de un edificio color verde y rodeado de plantas tropicales, me recibió el Dr. Homer Dossou Yovo, médico internista de unos 45 años quién se encarga de consulta a sus pacientes y dar un diagnóstico inicial, realizar estudios sanguíneos básicos para conocer función renal, hepática y medular y una vez que el paciente conoce su situación y diagnóstico se le otorga la opción de continuar con el tratamiento “moderno” o bajar el primer piso dónde se encuentra el área de medicina tradicional. En este primer piso, una mujer en un cuarto lleno de papeles acumulados por años, botellas llenas y vacías sin etiqueta y revistas apiladas me recibe y me explica su función. Me regala unas copias con nombres de plantas y sustancias organizados en dos columnas, a la derecha se leen sus funciones. Me mantengo escéptica sobre todo al identificar el tratamiento curativo del VIH; aun así, le agradezco y me retiro. Por un momento me preocupo, pero inmediatamente me tranquiliza el concepto de Integración que resuena en todas las paredes de ésta clínica.

 

Justo ahora, estoy sentada y no tengo idea de qué lado queda el este ni el sur ni el norte ni el oeste. A pesar de esto no me siento perdida, al contrario, se perfectamente dónde estoy y porque estoy. Viajar no solo me cambia el paisaje que me rodea también me está curando esa enfermedad crónica que hace criticar tu casa y tu patria con tanta severidad; estando tan lejos aprendo a amar cada vez más y de manera consciente cada uno de los recuerdos de los que estoy hecha; por más lastimado que también pueda estar mi pueblo, su economía, la política o por más que aumente el precio de la gasolina y el dólar ya no signifique solamente quitarle un 0 a los pesos. Viajar me está dando muchas cosas, pero sobre todo me da ganas de algún día regresar al núcleo, a mi pacha mama, a mi patria, a la sala de mi casa, a mi puesto de tacos, a la tienda de la esquina, a las noches de bohemia con los mismos borrachos.

Por el momento ese día aún se ve lejano, tan lejano como los 10mil y cacho km que me separan de esos tacos. Por el momento Anto y yo nos dormimos bañados por la luz de la luna, el  80% de la humedad ambiental y de vez en cuando por la luz mercurial del vecino, cuando la temperatura nos hace salir a dormir en la azotea y buscar un respiro. Por el momento el camino nos lo iluminan las estrellas y el GPS del iphone que compensa mi falta de orientación geográfica. Por el momento llevamos 4 países y en teoría mañana salimos hacia el quinto. Si nuestro vuelo con 48 horas de retraso, logra despegar.