India: Ni muy muy ॐ ni tan tan.

“…creo en la relatividad de todo lo que existe…los eternos cambios en la naturaleza y lo impermanente de todas las cosas en el fluir de la ilimitada existencia” SGB  o lo que vendría siendo “que caso tiene escupir juicios  si todo es tan subjetivo y cambiante”. A pesar de este mar de subjetividad en el que creo que vivimos todos, mi conclusión al final de este mes en India: me gustó. Me gustó y la disfruté mucho pero esperaba más de todo. Más de lo malo y más de lo bueno.

Había escuchado tantas historias “iba en el tren y un hombre comenzó a masturbarse frente a mí y no supe que hacer…”, “ la comida es riquísima”, “a un chilango le robaron todo en el tren, dice que ni en el DF”,  “el hijo de fulanita estuvo un mes y se enfermó tan feo que bajo no se cuantos kilos y casi ni la cuenta”, “la gente es TAAAN amable”, “en las calles te encuentras animales, excremento, niños mendigando, incluso cadáveres”, “el ruido es insoportable”.

Había visto tantas películas que mitificaban incluso las ciudades más caóticas y leído libros que llenaron mi cabeza de mucha expectativa y creo que no soy la única porque es uno de los pocos países de las cuales las opiniones de la gente son tan polarizadas. También puedo decir que de todos los países que hemos visitado, es uno de los que más hace soñar (cuando menos a mis conocidos y contactos de FB). Me gustaría saber exactamente ¿por qué? Creo que tengo una idea porque entre las palabras que he escuchado ser usadas para describir a este enorme pedazo de tierra están: mágico, maravilloso, la-cuna-de,  asqueroso, demasiado-para-los-sentidos, lleno de espiritualidad, impresionante, místico, enorme, un infierno, riquísimo, húmedo, caliente, sucio, pobre, peligroso, represión, crímenes femeninos, violadores.

Finalmente, después de tanto preámbulo imaginario, nos aventamos a la realidad. Debo aceptar que los primeros días me sentí más preocupada que emocionada; un tanto como cuándo preguntas una dirección, alguien te la indica y en cuando comienzas a caminar sabes perfectamente que te diriges  al lugar incorrecto. Y sigues caminando. Sí, un tanto fatalista. Ahí les va, por ustedes y por mí.

Una vez más, como hago para la redacción de cada blog, hojeo mi diario para traducir un mes de viaje en unas páginas de word.  CONTRASTANTE es la palabra que se lleva las palmas.

Aterrizamos a Mumbai el 12 de agosto, fue un buen lugar para comenzar; un lugar caóticamente agradable, una primera experiencia guiada por una local acerca del funcionamiento de los trenes separados por género; primera vez que durante el viaje Anto y yo viajamos a un mismo destino, separados y en contra de nuestra voluntad por “seguridad mía”, el solo concepto de tener que separar a los géneros para evitar agresiones me produjo una cierta inseguridad aunque al final fue una experiencia diferente. Ishmeet nos introdujo también a las principales religiones del país, un poco de historia, un mucho de cultura y un resumen rápido de como los padres arreglan los matrimonios de sus hijos en 12 horas máximo. Excelente inmersión en unos cuantos días. Conocimos gente amable, servicial, sincera y desinteresada. Ya de inicio todo esto ayudó a bajar esa guardia que inevitablemente traía puesta por ignorante y miedosa. Los prejuicios se continuaron disolviendo y purificando a medida que nos fuimos dirigiendo hacia el sur y posteriormente al sur este. Una mujer en un pueblo me regaló un pedazo de cúrcuma fresco como mascarilla de belleza, una familia india con influencias francesas nos abrió las puertas de su casa, destapó el especiero en la cocina, prendió el altar de sus dioses y nos compartió el álbum de fotos familiar de lo que parece ser lo más parecido a los XV años en México. Los paseos en moto bajo la lluvia y los vendedores que, por la razón que sea, recordaban mi nombre y me gritaban “Im waiting for you Mexico..!” me hicieron sentir que todo era mejor de lo que había temido días atrás. Goa, Kerala y sobre todo Pondicherry nos hicieron pensar que la gente que había vivido un infierno en India, tal vez era porque ellos mismos lo había echado en la mochila. Presuntuoso de nuestra parte ya que aún nos esperaba el norte.

Comenzaré por el verbo del que más me gusta hablar y el que más me gusta poner en práctica: comer.

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No me esperaré a que me pregunten que fue lo que más me gustó de este gran país, la comida ha hecho feliz a todo mi ser. Cuerpo, alma y mente. Mi cuerpo se enamoró profundamente de las combinaciones tradicionalmente sabias de esta cocina milenaria. Tantas verduras, frutas, tantas semillas, granos y leguminosas, tanta fibra, tanto antihipertensivo, pro-digestivo y antioxidante natural, tanto estimulante inmunológico, tanto antiinflamatorio sistémico,  tantas especies, tanto sabor y tan poca proteína animal me produjeron no solo un estómago lleno y satisfecho sino también una conciencia nutricional plena y en paz. India me comenzó a conquistar cuando me demostró que casi todo en su vida social y religiosa tiene relación con la comida. En medio y al final de una ceremonia Sikh, a la salida de un templo Hindú, al comenzar una consulta médica ayurvédica o mientras esperaba a que terminen de limpiar nuestro cuarto de hotel. Y no solo es que la comida sea omnipresente, también está bien pensada, saludablemente y económicamente bien pensada. Granos frescos, frutas, verduras, comidas vegetarianas completas preparadas en los trenes, cenas ligeras dónde el plato principal es SALUDABLE! Y no frito como en los últimos 7 meses de mi vida. Tal vez  parezca que estoy sobrevaluando este aspecto pero espero puedan imaginar la dicha de comer lo que te gusta y no solo “lo que hay”.

Como si esto fuera poco, después de las primeras dos semanas, comencé a sentir los pantalones sueltos, a verme distinta en el espejo, a tener más energía, ¡a ir mejor al baño! Jamás he necesitado que haya carne en un plato para ser feliz pero hasta hace algunos meses tampoco me había informado sobre el efecto real de la proteína animal sobre nuestros organismos. A la India le debo este experimento exitoso en el que decidí saltar de lleno y sin planearlo ni darme cuenta, al flexitarianismo  como algunos autores le llaman, o sea comer de todo, equilibrar el plato (consejos típicos) pero sobre todo preferir la proteína vegetal ante la animal, simplemente por que comer carne te hace vivir menos años (La explicación aquí). Llevo un mes sin probar carne de cuatro ni dos patas, si hubiera más pescado lo hubiera aceptado con gusto pero los platos típicos no lo utilizan mucho, los huevos y los productos lácteos han sido parte importante. Para mi buena suerte, en los últimos meses llegaron  a mis manos varios libros y herramientas que me fueron instruyendo sobre diversos enfoques nutricionales por lo que aterrizar aquí fue la perfecta transición de la lectura a la realidad.

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Y ya que estamos hablando de salud y bienestar, me voy a permitir contarles en que va mi vida profesional imaginaria. Imaginaria porque creo ya todos se dieron cuenta que tengo mas de medio año sin trabajar.

He tenido la suerte de darme cuenta que dentro de las profesiones de los viajeros que nos hemos topado, los profesionales de la salud ocupa el primer lugar. Les prometo que no los busco ni utilizo mi CV como inicio de conversación, pero creo que hay algo en estas profesiones humanizadas que nos motivan a salir a descubrir más del mundo. Hasta ahora lo que más me he encontrado son médicos, sobre todo en etapa estudiante, enfermeras y una que otra kinesioterapeuta.

Un poco emocionada por esto y motivada por otras muchas razones, hace dos meses comencé los tramites necesarios para formar parte del equipo de Médicos sin Fronteras, una institución francesa presente internacionalmente en intervenciones puntuales sobre sitios de problemática en temas de salud pública. La idea me comenzó a convencer y todo avanzó perfectamente hasta que Ignacio me avisó que “tenía cita en el DF dentro de 3 días”. Al final el proceso obviamente se atoró ahí por mi incapacidad de presentarme, pero me aseguró que sin importar la fecha, cuando volviera a México me comunicara para agendar una nueva cita. Creo que Nacho no entendió el plan de vida que le platiqué en mi carta de motivación. Bueno, la intención ahí estaba.

Quise aprovechar nuestra ruta de viaje para alimentar un poquito mi visión holística de la medicina y motivados por eso, nos dirigíamos a Kerala, la cuna de la medicina Ayurvédica. Por un rato, comencé a considerar seriamente la idea de investigar sobre una formación al respecto e incluso volver posteriormente por algunos meses para adentrarme en la práctica. El Ayurveda es una práctica milenaria de medicina “alternativa”, reconocida por la OMS, y tan ampliamente utilizada en la sociedad india que la que termina pareciendo alternativa es la alopática. En muchos aspectos, esta corriente me parecía muy concordante con mi concepto personal sobre lo que debería de ser la medicina y la salud, al menos eso pensaba hasta antes de tomar una cita con el Dr. Mathath Vijesh en la ciudad de Kochi. Mathath me explicó amablemente los conceptos generales de este tipo de práctica, me habló sobre los 3 doshas, sobre como el tiempo y tipo de estudio es muy similar al de la medicina alopática, las subespecialidades y lo difícil que es acceder a ella por la gran competencia, los abordajes terapéuticos que difieren enormemente respecto a los que nosotros conocemos tanto que un tratamiento completo se lleva a cabo por partes durante un mes completo de hospitalización y va desde embalsamar al paciente en aceites, provocar vómitos y realizar enemas; me explicó cómo parte de su primer año de estudios está dirigido al estudio de todos y cada uno de los diagnósticos alopáticos en sánscrito, y alguna que otra anécdota de hospital. Fue una excelente sesión informativa que al final esclareció varios conceptos en mi mente y me hizo entender y sentir porque a pesar de entender y respetar los principios, mi visión no funcionaría bajo este enfoque (si les interesa saber, con gusto les explico). A pesar de eso, decidí volver al día siguiente para probar el famoso masaje ayurvédico de las manos de Puja, una señora de al rededor 50 años que pasó poco más de una hora a bañarme en aceites tibios, masajeándome desde el  pelo hasta los pies lo cual me llevó a un estado de introspección profunda que me concentró en todo y nada y me hizo salir del lugar sintiéndome como nueva.

Hasta aquí el yang. Afortunadamente esta primera etapa tan positiva fue también la más larga del viaje, pero como todo lo que sube tiene que bajar, pues ahí les va el yin.

Pasamos los últimos 10 días en la parte norte del país, más específicamente en Agra, Varanasi y Amristar y puedo decir con certeza que fue más hostil, más seco y menos agradable que el sur. No puedo decir que no me lo advirtieron. Con excepción de Amristar que nos mostró su mejor cara para despedirnos en nuestro último día en el país.

Hace algunos meses les describí las miradas de la gente que nos íbamos cruzando en los diferentes países de África, pues les diré que en esta zona de India, las miradas no son iguales; se perciben menos llenas de curiosidad, menos coquetas, menos sensuales, aquí la mirada (sobre todo la masculina) es fija, acomodada en la parte alta de una cara sin expresión, ahumada de una energía  poco respetuosa, conlleva una cierta cosificación dirían las feministas, una amenaza imaginaria, una mirada descarada que me sigue por las calles, que viene desde otros vagones del tren y se detiene frente a mi asiento, sin importarles la presencia de Anto, solo para mirarme fija y secamente y las miradas de 10 hombres parados en la estación del tren rodeándome para presenciar abiertamente el espectáculo de nosotros-escribiendo, nosotros-hablando, nosotros-sentados y nosotros-sudando fue más allá de lo cómico y agradable. Asumo completamente mi estatus de ser humano intruso y exótico en esta y todas las culturas que vamos visitando, pero en ningún otro país había sentido esto. No parece existir un valor equivalente al pudor, a la mirada disimulada, a la vergüenza de ser descubierto mirando; y no, no es algo infantil o inocente porque los niños de aquí no lo hacen de la misma forma, los niños sonríen se esconden, nos huyen, como en todas partes; son los hombres crecidos lo que se degeneraron. No parece existir tampoco la intimidad de mi espacio personal o de mi campo visual, son intrusivos y al mismo tiempo inertes, si algo sucede y se requiere su intervención son solo espectadores del caos ajeno, incluso los policías, un morbo que personalmente me opacó un poco los paseos por las calles en los últimos días. Siddharta estaría decepcionado de leer esto, mi juicio tajante contra sus prójimos.

Pero dejo las miradas y paso a otro estímulo sensorial. En India, los olores son una mezcla de nuevo, CONTRASTANTE; la mayoría de las mujeres huelen a flores a veces porque realmente adornan su pelo con ellas, a veces por algún aceite en la piel, no recuerdo una sola ocasión en la que alguien haya olido mal en el transporte público ni en las calles repletas de almas sudorosas, las calles huelen a comida condimentada con toda clase de especies que se entrelazan y bailan juntas sin dejarte saber cuantas ni cuales son, también huele a basura en descomposición, a aguas residuales, a muchos animales vivos conviviendo en armonía y alguno que otro que se ha tenido que morir, cada tren que pasa en la estación deja una brisa con olor a excremento y orina. Pero además de tantos olores, también entra en juego el comportamiento cívico y social. Muy distinto a África pero con un toque, también, primitivo.

Caminamos en las calles angostas de Varanasi: ciudad madre, antigua, sagrada para los Hindúes, sitio de nirvana, de espiritualidad al máximo, el lugar para decir “basta” a la reencarnación, ciudad de cláxones retumbantes, chillantes, enervantes, de policías abundantes (nunca una buena señal), ciudad de peregrinos incansables, de muertos interminables, de vivos moribundos que desde hace miles de años dirigen sus últimos pasos hasta aquí para alcanzar por una buena vez, y bien merecido después de vivir en este país, la paz eterna. Caminamos entre escupitajos, caca de varios orígenes intestinales emplastados en las calles angostas y por lo tanto en los zapatos, caminamos en esta ciudad que además de muertos tiene hongos alucinógenos, LSD, marihuana y opio que son ofrecidos a las 8:30 de la mañana entre las calles que cantan mantras de amor y paz para dejar a las almas partir en paz, entre flores, perros lastimados por la vida, vacas sagradas, golpes al caminar y agresiones sonoras tan continuas que hasta se les pierde el respecto. Todo esto bajo el sol que quema y hace sudar toditito el cuerpo. Aquí comenzamos a entender que tal vez no todos traían el infierno en la mochila, basta levantarse con menos paciencia y sabiduría que el día anterior para que esto llegue a simularlo.

Los contrastes continúan. El contraste entre el cielo, el no nirvana, el karma y la reencarnación, el contraste entre lo que se cuenta y lo que se vive; entre el Kamasutra y la mujer tabú. Entre la sexualidad sagrada de los dioses, las hermosas mujeres enredadas en velos, colores, joyas, entre  el juego del apareamiento social y el pudor, la decencia, la prohibición, el tabú, el castigo, el juicio (solo contra el género femenino), los matrimonios arreglados entre dos profesionistas en pleno año 2016. Amu me explicaba que los hermosos anillos de plata que llevan las mujeres en los dedos de los pies no son solo adornos, son una señal de la mujer casada; antiguamente los hombres no miraban a los ojos a las mujeres, la única forma de saber si estaban disponibles era a través de los pies; las pulseras en los tobillos que me puse desde los primeros días tienen cascabeles que le anuncian al hombre dónde se encuentra su mujer dentro de la casa; tanta sumisión adornada de sensualidad. Las calles rebosan de niñas en uniforme (10-14 años) cubiertas de pies a cabeza, solo se observan los ojos o los lentes. Y al lado de todo esto, LA VACA: símbolo sagrado por ser dadora de vida y de alimento (¿Qué no la mujer también hace eso?) Matar a una vaca representa al menos 6 meses de cárcel. Matar a una mujer, puede justificarse como crimen de honor si se explican correctamente las “razones” y sobre todo si el crimen es cometido por un miembro de la familia.

Por el yin y por el yang estoy en paz. Por haber descubierto mis propias razones para amar y para desear abandonar la India. No quería amarla por las razones compradas en Pinterest, ni porque las mujeres se vistan de colores,  o porque la ropa es barata, ni porque el yoga,  el Ayurveda o la espiritualidad tengan efectivamente raíces fuertes metidas en esta tierra; no quería que fuera porque el es una imagen que adorna casas, banquetas y carros, tampoco quería que fuera por el Taj Mahal (a pesar de lo imponente que puede ser pararse frente a él), ni porque por fin la gente te salude con नमस्ते (namasthe) sin necesidad de esperar al final de una clase de yoga. Todas esas cosas son ciertas, pero no es necesario un mes en India para reafirmar esos pre conceptos un tanto comercializados. Tampoco quería irme de India por prejuicios y miedos infundados. La realidad es que la dejamos porque la visa se acabó y porque al igual que los muertos buscan la paz eterna y saben decir “basta”, nosotros también creemos merecer un poco de silencio y una que otra montaña después de este mes de CONTRASTES.

Nos vemos en Nepal.

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