Tailandia. Entre el luto y las sonrisas.

No nos tomó más de unos cuantos días entender lo fácil que sería viajar un mes a través de Tailandia. La primera impresión que la capital proyectó sobre nosotros fue imponente, moderna, organizada y la gente no tardó en demostrarnos que su sonrisa no es ni falsa ni comprada.

Esperábamos a mis papás para pasar la segunda mitad del viaje, así que decidimos utilizar las primeras dos semanas para descubrir un poco el sur, conocido principalmente por sus playas, islas y por supuesto TURISTAS. Con toda premeditación nos dejamos llevar por la tentación y facilidad de ser un turista más, en una playa más, sin mucho trasfondo ni filosofía. Aunque tratamos constantemente y en vano de escapar de nuestra condición de “turistas” y preferimos que nos llamen “viajeros”, al final de cuentas cuando llegas a algunos lugares del mundo, hay que aceptar que solo eres uno más y de vez en cuando, se siente bastante bien. A pesar de ver pasar a un extranjero tras otro, Ko Tao nos recibió con las playas abiertas y se tragó nuestra primera semana en el país. Fuimos felices de dejarnos llevar por la isla y por la agradable compañía de Michel y María (aquí para leerlos), una pareja Franco-Española que conocimos en el barco rumbo a la isla y con quienes emprendimos caminata para buscar, como siempre, la mejor opción vista-calidad-precio. Al parecer 4 turistas piensan mejor que 1 porque unos minutos después y gracias a la amable ayuda de un local logramos encontrar la que sería nuestra residencia frente al mar con vecinos integrados. Finalmente, después de 5 días, los vecinos levaron las anclas para continuar su viaje al rededor del mundo, no sin antes echarnos unas ultimas cervecitas, contarnos un poco más de nuestras respectivas vidas y ponernos de acuerdo para encontrarnos algún día en algún lugar del mundo, cita tan vaga que será casi imposible no poder cumplir.

ko-tao

Seguramente muchas cosas importantes pasaron en el mundo durante nuestra estancia en la isla, mundo del cual nos sentíamos completamente ajenos gracias al silencio interrumpido de vez en cuando por el canto muy matutino o muy nocturno de un gecko (si como nosotros ignorabas el canto del geko, helo aquí), pero sin duda uno de los acontecimientos más importantes, cuando menos para este país, sucedió el 13 de octubre cuando su Majestad el Rey Bhumibol Adulyadej falleció dejando el trono vacío, al país de luto y los bares sin fiestas.

Me tomó un buen rato, casi todo el mes, comprender la magnitud del evento social, político e histórico que estábamos viviendo en compañía de millones y millones de tailandeses que lloraban la muerte de su rey y mostraban su luto de todas las maneras posibles. La idea más clara en la que ellos lo expresaban y nosotros lo entendimos fue el color negro; jamás en mi vida había visto tanta gente de negro reunida, jamás había visto tantas veces la misma foto de una persona en tantos edificios oficiales, bancos, escuelas, transportes públicos, casas, restaurantes, jamás había visto a todo un mercado efervescente petrificarse al escuchar e himno nacional, ni la minuciosa y autoritaria organización policíaca en una gran avenida para despejarle el paso a la caravana Real. Tal parece que la unidad que le rey promovió iba y va más allá del miedo a la represión y la obligación de obedecer. Otro aspecto real pero menos flagrante a la vista de todos y mucho menos de los turistas, es, según nos explicaron, la represión que al parecer las autoridades han intensificado hacia todo tipo de muestra contra la realeza; casos de linchamientos por posts inapropiados en las redes sociales, agresiones, investigaciones y rondas por policías y militares a partir de la caída de la noche para asegurarse que nadie “celebre” la muerte del Rey tan idolatrado incluso a nivel de Dios por muchos de sus fieles ciudadanos. Pero tan contrastante y hermosa es la vida que mientras aquí todos se pintaban de negro, en Ensenada algún cuarto ya estaba pintado de azul bebé esperando el gran día. La vida que terminó y que termina día a día sigue resurgiendo en su ciclo interminable de renacimiento y esta vez le tocó a Mateo. Con todo mi amor le doy la bienvenida a este su mundo y a esta su vida.

Y de regreso a Tailandia y dejando a Mateo dormir, podría parecer contradictorio y absurdo pero a pesar de todo este negro y luto, las sonrisas de la gente y sobre todo la amabilidad, no parecen haberse visto afectadas. A pesar de haber comenzado por el sur, jamás tuvimos la sensación de ser engañados respecto a los precios, especialmente porque en casi todas partes se muestran claramente escritos, lo cual puede parecer irrelevante pero da tranquilidad, ahorra tiempo y evita negociaciones engorrosas y desconfiadas. Si eres un turista como Anto y sientes que si no regateas, la vida no es vida, entonces puede ser que tus días en este país sean un poco frustrantes. Si eres como yo, una inmensa paz y gratitud te invadirán.

Esta misma gratitud, que como tantos otros valores, cada  cultura tiene su forma muy única de expresar en Tailandia parece tener una conexión especial con los polímeros. En otras palabras, a los tailandeses les encanta el plástico. Es IMPRESIONANTE la cantidad de plástico que usan y la satisfacción que su cara refleja cuando se logran deshacer de él. Bolsas, bolsitas, cajas, cajitas, popotes, popotitos, todos ellos usados por minutos o incluso segundos. Incluso es posible que si te descuidas, como yo, buscando monedas para pagar, te entreguen una botella de agua de plástico, en una bolsa de plástico con dos popotes de plástico. Mi corazón ecológico sufrió enormemente todo este mes y aunque debo aceptar que es uno de los países más limpios que hemos visitado, estoy completamente segura que hay un lugar escondido en dónde todo este plástico es la decoración principal.  Me dí cuenta que no soy la única en haber notado esta fijación enfermiza por la sobre utilización de esta sustancia  cuando conocimos a Kirk Gillock en Prachuap Khiri Kahn. Kirk es el creador de The Plastic Bottle Boat, un proyecto que busca concientizar a los locales de la cantidad, uso y re-uso de los desechos que generan y que contaminan los litorales del  país. Pasamos una tarde excelente en compañía de este soñador gringo al estilo de Amélie, conociendo su historia, sus proyectos y su barco. Si quieren conocer a Kirk y seguirle los pasos a este magnífico ser humano y activista, los invito a visitar la página oficial del barquito.

kirk

Y así entre una cosa y otra, las primeras dos semanas pasaron volando ¡y los pollos llegaron por la misma vía! Esos padres maravillosos que me regaló la vida y que me han seguido las locuras desde que llegué a este mundo. Decidimos que las siguientes dos semanas las pasaríamos en la parte norte del país donde consideramos que su experiencia tailandensa sería más novedosa, porque para playas paradisíacas, mi México.

Y así, dejamos la capital un día después de su llegada y comenzamos a recorrer kilómetros hacia el norte. Las siguientes 2 semanas estuvieron llenas de comidas (los más recomendados el típico Patthai o Pad Thai, Khao Soi y el Green Curry), cervecitas, templos, changos y sobre todo mucho amor. Viajar con mis padres varias veces me ha dado la oportunidad de conocerlos aún más, comprenderlos mejor, agradecerles todo el tiempo y el amor que me han dado y sobre todo verlos cada vez mas humanos, mas reales y mas imperfectos. Puede sonar poco romántico, pero al igual que las relaciones amorosas, no se ama completamente hasta que se conocen y se abrazan los defectos del otro. Poco a poco, con los años, la sinceridad, la cercanía, la distancia y el amor que fluye en todas las direcciones, estoy logrando amar cada vez más cada una de las cosas que puedo no compartir o no entender de ellos y de la misma forma  siento ese amor rebotar de ellos hacia mí, independientemente de lo que yo haga o deje de hacer.

changos

Durante estas dos semanas disfrute de poder conocer un país más en esta lista que estamos escribiendo y descubriendo, le dí gracias a la vida, una vez más, por tener un amigo y esposo que me ama como yo a él y que ama a mis padres casi casi como si fueran suyos y eso es un regalo que no se encuentra en todas partes; disfruté de tener a mi padre de colega y compañero de clase en un doloroso e intensivo curso de masaje tailandés, de perderme en los callejones de chinatown con mi madre sin prisas ni remordimientos por las compras que hicimos; tuvimos también el honor de experimentar la honestidad de los ciudadanos en muchas ocasiones, de disfrutar de la facilidad con la que se come en las calles sin ni siquiera poder esperar a sentir hambre ni tener que buscar opciones; agradecimos la seguridad que sentimos en cada calle, callejón, mercado y transporte público, tanto así que hasta mi padre (el desconfiado) se sintió relajado. Los únicos que lograron hacerle subir la guardia fueron los changos colgados de su mochila y al acecho de sus plátanos.

Y como buen ciclo, el mes llegó a su fin, los pollos volaron de regreso cargados de kilos y kilos de souvenirs tangibles e intangibles y nosotros volamos horas después a nuestro siguiente destino en el mapa: Yangon en Myanmar.

Pero esa, será otra historia.

 

 

 

 

 

 

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