Myanmar: no eres tu, soy yo.

Me temo que mi experiencia contigo fue completamente circunstancial, y por lo mismo hasta hace una semana estaba decidida a no escribirte un blog, porque no me parecía justo divulgar mi velada impresión sobre ti, sobre todo después de lo bien que nos trataste. Sería descortés y mal educado… aunque sincero. Estos últimos días fueron los mejores de todo el mes que viví contigo y solo por esto, inspirada nuevamente, decidí dejar los protocolos hipócritas y contar mi versión completa.

Tal vez debo comenzar por describirte muy somera y objetivamente, ya que hasta hace algunos meses ignoraba tu existencia y tal vez a alguien más le podría pasar igual.

Myanmar es un país situado en el sudeste asiático. Limitado por China, Laos, Tailandia, India y Bangladesh. Su ciudad mas poblada y activa es Rangún/Yangon aunque la verdadera capital es Naipyidó/Naypyidaw, una ciudad hasta la fecha casi fantasma, fundada en el 2005 por la dictadura militar que gobernó al país de 1962-2011 (y que al parecer sigue ocultamente bastante activa). El país obtuvo su independencia del Reino Unido en el 1948. Cuenta con 54 millones de habitantes. Existe una controversia respecto a su nombre, ya que Birmania sigue siendo reconocido por algunos gobiernos, mientras que la ONU y la Unión Europea aceptan el de Myanmar, nombre dado por el gobierno militar que tomó el poder en el 1989 gracias a un golpe de estado. Hasta hace algunos días que nos encontrábamos en el país, la represión militar seguía estando presente en la vida diaria de la gente y sobre todo hacia las minorías étnicas de las zonas más apartadas. A pesar de esto jamás sentimos la más mínima inseguridad o peligro y fue solo a través del dialogo con algunas de las personas que conocimos, capaces de hablar en inglés, que logramos entender un poco más al respecto. El 89% de la población es budista. En grandes rasgos, nombres, fechas y cifras, esta es Myanmar. Es por todo este trasfondo político-militar y cultural que decidimos que teníamos que ver este mágico país que hasta hace 6 años tuvo sus puertas cerradas al mundo y que se encuentra (supuestamente) en pleno despertar a la modernidad, antes de que fuera “demasiado tarde”. Era algo así como ir a conocer a un bebé que aún conserva su inocencia intacta. Suena un poco a circo, ahora que lo escribo. Las personas que habían estado hace meses o años nos contaban maravillas y nos llenamos la cabeza de ilusiones e imágenes utópicas.

Hasta aquí la realidad de wikipedia y de otros viajeros. Ahora viene la mía.

El primer día que puse los pies en tu capital ya estaba cansada. Me ahogó  el calor y la humedad que hace 9 meses no recuerdo me hubiera  pesado tanto en la costa oeste de África. Tus calles capitalinas polulantes de mendicidad religiosa y no religiosa, la suciedad y algunas otras imágenes sociales me hicieron de inmediato recordar una de las caras de India que menos aprecié. Después de Tailandia, tu comida ahogada en aceite y llena de sabores fuertes, aunque servida con un sin fin de platitos acompañantes, me saturó de inmediato y me hizo extrañar por primera vez en casi un año, la comida de mi casa. Hubieron días en los que extrañé incluso todo aquello que hace un año hubiera repudiado por bajo en fibra y alto en grasas saturadas y carbohidratos.

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Comencé a sentir una necesidad de comerme un sandwich, una hamburguesa, una pizza, cualquier cosa que no fuera arroz y aceite. Toqué fondo pues. Desde hace unas semanas las comidas familiares, fiestas o reuniones de amigos que me voy perdiendo me comienza a calar un poquito. Me llama mi gente, mi cultura, mi música. Jamás pensé sentir escalofríos al caminar por la calle bajo el sol escuchando una cumbia de Celso Piña. Jamás pensé que se me saliera una lágrima frente al Buda no. 2764 por tener un recuerdo aleatorio de mí regresando a nuestra última casa después de un día de trabajo, abrir la reja y ver a Kila y Gali recibiéndome; poder ir a la cocina, abrir el refrigerador, cocinar y comer rico. Sí, la comida es muy importante en mi vida, pero no es solo eso; los abuelos comienzan a resentir los años y por primera vez  lloré de imaginármelos cansados y no estando ahí.

Por eso te digo Myanmar que no eres tu, soy yo.

Volviendo a ti, desde las primeras noches nos dimos cuenta que nuestro presupuesto diario de viaje sería ocupado en gran parte por los discordantes precios de las habitaciones(20-30dlls), hasta ahora las más caras que hemos pagado en todo el viaje, sobre todo tomando en cuenta el valor de tu moneda ( 1 dólar = 1,285) y el costo promedio de una buena comida callejera (1000-1500). Tal vez sean los impuestos al recibir extranjeros, las infraestructuras públicas deficientes  o tal vez sea una forma efímera tuya de aprovechar del turismo que es la nueva principal actividad económica de varias de tus regiones. Hasta el momento no lo sé.

Llegué muy tarde a ti o llegaste muy tarde a mi. Supongo que fui yo, tu nunca te has movido de aquí. Cometí el error de compararte con todo lo demás que he visto en un año, ¿Pero qué quieres que haga? Es lo que se hacer con los recuerdos; relacionarlos, copiarlos, pegarlos y  observarlos. Confieso que a estas alturas de nuestro viaje no me siento tan exploradora, innovadora o arriesgada. Muy seguido me encuentro feliz en los silencios, sin mucha gente que me rodee y con los ojos bien abiertos; es por eso que esperaba menos de ti.

Menos de todo. Me doy cuenta de lo absurdo que es esto. Esperaba menos turistas. Te imaginaba virgen, inédita, en blanco y negro (¿más a la africana?). Egoísta visión de algunos turistas que parezco compartir el día de hoy, conquistadores frustrados que deseamos ser los primeros en pisar un suelo sin que nos importe mucho quién o qué pase después de nosotros. Tristemente me vendieron una imagen tuya tímida  y retraída y la compré. Pensaba infantilmente que al llegar a ti sería yo la que te sorprendería.

Llegué tarde. Me demostraste que en pocos años los turistas te encontraron y aprendiste rápido sobre la invasión de las cámaras y las mochilas en masa, la prostitución de algunos de los lugares más visitados y el pago de piso por ver una montaña, un lago, un amanecer y un pescador que ya no pesca mas que billetes.

También acepto que todo esto se lleva mal con mi innata falta de asombro ante lo majestuoso y mi crónica afición por enrollarme en las pequeñeces, que seguido me deja sin temas reales o espontáneos entre los otros turistas armados de guías viajeras, nombres, cifras, datos y cámaras con lentes imponentes y roba-almas. Me compré la expectativa narrada y dibujada por otros pero se me olvidó que me tocaba colorearla a mi y nomás no me salió. Fuiste un país amable, sonriente, lleno de historias, pero no eres tu, fui yo la que no supe acomodarme.

Creo que todo tiene uno o varios tiempos ideales en esta vida, momentos de alineación, de magia, de chispa. Te hubiera amado en otro momento. Así como se aman con nostalgia esos amores que nunca llegaron a serlo por culpa de relojes mal sincronizados. Conocerte fue como ver una muy buena película… después de haber visto otras 12 seguidas. El cansancio diluyó el impacto y la impresión.

Pero me debo y te debo el hablar de los momentos que más disfruté. Claro que también hubo cosas buenas, afortunadamente tengo a mi cuaderno que me las recuerdas una por una al final del mes. Los niños fueron una de las chispas que iluminaron el viaje, nada espectacular, risas. Más que suficiente.

También notamos desde los primeros días que la gente canta mucho más que en otros país, extraña generalización pero una y otra vez descubrimos una cancioncita por aquí y por allá que nos transmitía una cierta ligereza de corazón y nos hacía sonreírnos el uno al otro. Varias veces se nos fueron rechazadas las propinas aún cuando creíamos ofrecerlas respetuosamente agradeciendo con señas el buen servicio; nos sorprendió y enterneció la humildad y  nos reconfortó el alma  comprobar que la amabilidad era totalmente desinteresada.

A diferencia de muchos otros países, los precios fueron justos desde el principio y con excepción de los taxistas, la negociación no se acepta fácilmente lo cual es completamente comprensible dada la sinceridad inicial. Nos divertimos jugando a hacer señas para obtener información, indicaciones, comidas y permiso para tomar fotos; un juego divertido que Anto sabe jugar perfectamente bien consiguiendo no solo la respuesta a la interrogante, sino también risas y sonrisas de los presentes por sus histriónicos desempeños.

Tal vez los mejores momentos los logré encontrar gracias a haber dejado por unas horas mis nostalgias en la mochila o tal vez simplemente porque la noche anterior tuvimos la suerte de dormir en un buen colchón y al día siguiente, con la cabeza y el cuerpo descansados,  todo parecía más fácil; o tal vez fueron los días en los que la comida me había hecho más feliz y mi día se iluminaba con esa energía. No sé.

Por lo que haya sido, disfruté como niña el festival de las luces y los globos en Pyin Oo Lwin, la feria, la rueda de la fortuna, la gente buscando su lugar entre la muchedumbre, las palomitas, el peligro de los fuegos pirotécnicos cayéndonos en la cabeza y haciéndonos correr a todos en direcciones caóticas, dándome una ligera idea de lo que ha de ser vivir un desastre natural en dónde la primera reacción humana es perder la calma.

Me encantó Mindat, un pequeño pueblito perdido entre las montañas del estado Chin al oeste del país. El camino para llegar ahí fue horrible, 6 horas de baches, vueltas, saltos y un deseo loco de estar en otro lugar y de poner en duda el costo beneficio de este destino. Llegamos con el frío y tres días después nos fuimos aún con más frío. En teoría esto debería de ser una agravante siendo yo una de las personas más friolentas que conozco, pero contrariamente, el frío parece haber despertado algunos de mis receptores atrofiados y respondí con una buena sonrisa, congelada pero sincera. Conocimos gente que nos hizo hablar, reír, comer y tomar y compensé rápidamente ,y por mucho, las otras impresiones que el país había ido dejando en mi a través de las semanas.

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La última parada fue Pakokku y como si Myanmar, amable, humilde y sin rencor alguno me dijera “quiéreme por favor” uno tras otro cayeron momentos mágicos, encuentros aleatorios y regalos inesperados que me hicieron pensar que finalmente no era ni ella, ni yo, si no que simplemente había estado en los lugares equivocados. Un monje filósofo, un padre católico afrancesado, una abuelita local, tierna y sorprendentemente bilingüe, una familia, una pelota y una sábana después, y todo parecía haber terminado de la manera correcta.

Myanmar nos despidió con su mejor cara y me subí al avión aún cansada pero feliz de haber estado. Sin arrepentimiento alguno y dándole las gracias por eso. Y para los que aún no se han cansado, ¡Nos vemos en Bali, Indonesia!