Vipassana. 10 días de pensamientos y sensaciones.

No sabía bien en lo que me estaba metiendo, pero así quise que fuera.
El camino de tantos viajes nos puso frente a 1,2,3,4  personas que de alguna u otra forma terminaban por contarnos su experiencia sobre este milenario tipo de meditación.

Ni una sola vez me atreví a buscar en google la palabra “Vipassana” ni mucho menos leer blogs personales de experiencias ajenas, seguramente por miedo a encontrarme descripciones e historias que me desalentaran. Me bastaba con haber escuchado cosas positivas  de bocas de distintos colores, razas y aparentes estilos y con leer las reglas y la descripción básica y objetiva que proporcionan en la página oficial del centro de meditación al que pensábamos acudir (https://www.bhanu.dhamma.org/The-Kyoto-Centre.1121.0.html).

Tomé cada uno de esos encuentros furtivos e informativos como señales en el camino y decidí que todo esto y la emoción que la idea parecía provocarle a Anto  (cosa rara tratándose de cosas “de ese tipo”) era más que suficiente para darle y darnos una oportunidad de intentarlo.

Total, “son SOLO 10 DÍAS…”

El día martes 10 de enero por ahí de la 1pm, dejamos el hotel donde estábamos hospedados y agarramos rumbo hacia el destino. Nos encontrábamos en Kioto y el centro de meditación está unos 30 kilómetros a las afueras de la ciudad. Caminamos unos kilómetros, tomamos un tren durante 40 minutos, de ahí un camióncito de transporte público durante media hora y por fin encontramos la pequeña parada de autobuses dónde una camioneta que nos esperaba puntualmente nos conduciría durante unos 10 minutos hasta el centro Vipassana. Todo este trayecto y durante cada trasborde que realizábamos experimentamos minutos y minutos de suspenso en los que nos volteábamos a ver sin decir mucho, una que otra sonrisa, un apretón de manos y alguno que otro comentario aislado como “a ver cómo nos va…” , “espero que no haga mucho frío en el cuarto…”

Desde que nos subimos a la camioneta que nos esperaba, comenzó la división entre hombres y mujeres, Anto y yo solo nos miramos con una sonrisa y el resto de los pasajeros, todos aparentemente japoneses y desconocidos entre ellos continuaron estoicos y sentados derechitos como si fuera un día muy normal en sus vidas. Japoneses al fin. Finalmente llegamos.
Ni siquiera tuvimos tiempo de decirnos bien “ahí nos vemos!” porque la recepción y registro de las mujeres y los hombres estaba estrictamente separada (como TODO en la residencia). Sé que es inaceptable hacer una comparación de este tamaño pero los únicos ejemplos o imágenes que me venían a la mente en ese momento eran reportajes y libros que había visto sobre cárceles o centros de concentración.
Ya registrada, fui la primera de las mujeres en ser enviada a instalarme en mi cama, poner las fundas y desempacar. La casa era frillísima, helada. Las ventanas de mi cuarto, que era un dormitorio múltiple con 7 camas y únicamente 7 camas, seguían abiertas desde la última vez que fueron abiertas para hacer circular el aire helado del invierno japonés. Lo primero que hice fue cerrarlas y percatarme que el único calentón eléctrico de la planta baja, que se encontraba en el pasillo común fuera del cuarto, estaba apagado y tenía un anuncio pegado que decía en japonés y en inglés “Favor de dejar el manejo de este calentón al personal”. “Bueno, al parecer si hará frío.”

Más tarde se sirvió la cena, soba: una sopa de fideos típica japoneses hecha de harina de sarraceno con un poco de cebolla cambray picada y salsa de soya. Después de la cena, pasamos a una sala dónde vimos el video de bienvenida, para lo que afortunadamente, todos los que no hablábamos japones fuimos enviados separados del resto de los estudiantes; ahí pudimos vernos de nuevo, decirlos “teamo” rapidito y darnos un beso. El día terminó abruptamente y así de la nada, comenzó el “silencio noble”.
Ahora todos a la cama que esto apenas fue el día 0.

Dias 1, 2 y 3. Reconociendo el terreno.
Para ser sincera, ni el primero ni el segundo día los recuerdo con claridad. No recuerdo que hayan sido particularmente difíciles. El día comenzaba con el sonido del gong siendo golpeado por uno de los voluntarios encargados del manejo de la cocina. A las 4:00 am puntualmente, sonaba unas 4 o 5 veces para lograr que los 67 estudiantes lo escucháramos claramente y comenzáramos actividades. Salir de la cama, cambiarse…o no, porque el frío convertía en una tortura el cambiar la ropa tibia por la fría, dirigirse al baño, lavarse los dientes, una lavadita de cara o lo que cada quién considerara necesario para estar listos estrictamente a las 4:30am en la sala de meditación general para comenzar.
Esta sala era el único lugar dónde sabíamos con certeza y puntualidad que nos veríamos el uno al otro, incluso cuando de acuerdo a las reglas estaba estrictamente prohibido establecer el mínimo contacto y eso incluía obviamente el contacto verbal, físico, escrito y supuesta mente incluso visual. Sólo nos quedaba la telepatía pero no logramos desarrollarla satisfactoriamente así que delinquíamos volteándonos a ver al menos una vez por sesión de meditación. La buena y dura noticia es que había varias al día. Era lindo vernos a lo lejos; le daba a todo esto un toque romántico que no se suponía que debería de tener, un sentimiento de estar de nuevo en la secundaria y jugar a buscar con la mirada al niño que te gusta y contentarte con mirarlo caminar, sentarse en su mesa banco y ya en casos de mucha suerte, si la atracción era recíproca, hacer contacto visual. Para mi suerte, la atracción era recíproca y fue lindo al principio, pero tengo que aceptar que a partir del 4to día se convirtió en algo más erótico que tierno y en un tormento más que una relajación. Lo cual tampoco era malo entre tanta abstención; con algo tenía que entretenerse mi pobre mente mundana. Otro de los pocos sentimientos que recuerdo claramente de estos días es la sensación de estar dentro de Orange is the new black (sin el componenete omnipresentemente lésbico). Desde el hecho de haberme “entregado por mi propia voluntad”, el hacer fila para recibir cada comida (sorpresa), de forma completamente ordenada y silenciosa, hasta el evitar cualquier tipos de contacto visual, el aprender a reconocer el terreno, los baños, la cama, las caras serias a mi alrededor. Obviamente el componente violento e inhumano no estaba presente pero si me llegué a sentir como Mei Chang en la misma serie (lo cual es irónico siendo ella la única asiática de la prisión y yo la única occidental entre las 33 mujeres en esta residencia) específicamente al momento de comer. Tuve que poner en práctica técnicas personalizadas para hacer de mi desayuno algo más dulce que salado. Personalmente el sabor a caldo de algas a las 6:30am no es algo que me emocione y aunque el desayuno estaba pensando para alimentar y no para darme placer, a partir del segundo día decidí que el arroz blanco o integral que había cada mañana se convertiría en mi avena. No se que habrán pensado de mí las japonesitas cuándo me veían poniéndole leche de soya, azúcar morena y pedazos de plátano y manzana picada a mi tazón de arroz, pero lo que si se es que la menos dos comenzaron a adoptar mi técnica unas mañanas después.

Lo que más recuerdo del segundo día fue la emoción que sentí al ver caer ilusamente dos o tres copitos de nieve en una de las pausas que tuve para ir al baño; la niña dentro de la adulta se sintió emocionada, la adulta silenciosa, siguió su camino como si nada estuviera pasando.
El día 3 marcó el final de este primer mini periodo, recuerdo este día por haber comenzado a sentir un cansancio mental combinado con aburrimiento por estar siguiendo los mismos pasos de la técnica hora tras hora.
Después de las primeras dos horas de meditación del día (4:30-6:30 am) venía el desayuno de 6:30-8:00 am. La siguiente hora de meditación era de 8:00-8:55 am, pausa de 5 minutos para ir al baño, siguiente meditación de 9:00-11:00 am, Comida de 11:00-1:00 pm, siguiente meditación de 1:00-2:25 pm, pausa de 5 minutos, meditación de 2:30-3:25, pausa de 5 minutos, meditación de 3:30-5:00 pm, “cena” de 5:00-6:00 pm, la cual consistía en té y fruta para nosotros los nuevos estudiantes y únicamente té para los estudiantes que ya habían hecho al menos una vez este curso. Esto fue uno de los puntos difíciles para mi cuerpo en estos primeros días porque a las 10 de la noche mi estómago me reclamaba algo, lo que fuera, una fruta, un pedazo de pan, leche. Así que como desde el principio sabía que estaba ahí para hacer un esfuerzo por aprender una técnica pero jamás para martirizarme, decidí comenzar a adoptar la técnica de robar pan en la mañana y fruta a medio día, así que todo el tiempo logré traer en la bolsa de mi chamarra al menos medio plátano y una rebanada de pan. Y no me arrepiento de ello.
Después de la pausa de té, el día continuaba, meditación de 6:00-6:55 pm.
De las 7:00-8:30 pm era uno de mis momentos favoritos del día; me daban un ipod con una grabación en la que me hablaba un argentino con un acento muy simpático que me sacaba una que otra sonrisa en la soledad de mi cuarto o sentada en el piso del pasillo frente al calentón. La plática tenía explicaciones sobre la técnica que habíamos practicado durante el día, una que otra historia e indicaciones generales sobre las actividades del día siguiente. Para terminar, de 8:30-9:00 pm última meditación del día.

Cómo pueden ver, eran muchas horas de meditación (10.5 para ser exactos) y por supuesto que fue difícil pasar de 0 a 10.5.
Estos primeros tres días luché bastante con mi mente, luchar no es el objetivo pero es como tratar de controlar a un niño caprichoso que te reta y te ignora; mientras no tengas una buena técnica o un buen plan para llegar a un acuerdo, la desesperación te hará usar la fuerza o la autoridad de alguna manera. Traté de pedirles a mis pensamientos que me esperaran un momento, que me permitieran desarrollar la técnica pero mi mente se convirtió en un cruce peatonal al estilo africano. Todos pasaban cuando se les antojaba, ninguno parecía respetar mis deseos de concentración, yo desesperada corría tras ellos explicándoles mis motivos, diciéndoles que necesitaba espacio, tiempo, silencio… No hubo mucho resultado. Había momentos en los que el sueño salía al rescate y proponía dormir en lugar de tratar de arreglar el caos, entonces ahora mi lucha era contra ambos: tráfico y sueño. Se me caía la cabeza, sentía los golpes en el cuello que me avisaban que estábamos perdiendo la batalla y la concentración en mi respiración seguía pareciendo imposible. Así se terminó el 3er día.

Dias 4 y 5. emoción de principiante.
Después de tanto caos y lucha me convencí de que mi plan no estaba siendo adecuado. Decidí que tratar de controlar el tráfico era imposible, que los automóviles que pasaban por ahí, alguna razón tendrían y que yo no era nadie para impedirles el paso; decidí dejar de gritarles y jalarme los pelos y decidí solo sentarme a observarlos, tratar de escuchar sus ruidos, ver sus colores y esperar a que las horas pico me dejaran un espacio libre y silencioso para poder respirar en tranquilidad. Y comenzó a funcionar muchísimo mejor. Afortunadamente, justo en este momento, la técnica también dio un salto importante el 4to día y eso me ayudó a luchar con el aburrimiento y a agregarle algo nuevo a las 10.5 horas diarias. No quiero hablar de magia, porque nada de lo que pasó en esos 10 días lo fue, todo estuvo lleno de tanta realidad y de una manera tan hermosa y tan tangible que no había espacio para la magia, pero el 4to fue el primer día especial. Sentí, percibí, comprendí, descubrí cosas que me hicieron sonreír en medio de tantas prohibiciones y cansancio físico postural. Logré comenzar a divertirme un poco y me dieron un empujón de energía que me motivó para las horas y días siguientes. Además de las sensaciones de ese día, tuve un regalo hermoso de la naturaleza. A las 4:15 am, cuando abrimos la puerta de la residencia para ir al baño, al menos 15 cm de nieve cubrían todo lo que alcanzábamos a ver y era hermoso. Hasta ese momento no había comenzado a contar realmente los días que faltaban para salir, pero eso comenzaría a cambiar pronto. Pronto es pronto, la noche del 4to día fue muy mala. Todos nos recluíamos en nuestros cuartos y camas al rededor de las 9:15pm, ni una sola luz y muy poco ruidos quedaban vivos a esa hora, excepto por los ronquidos de mis 3 compañeras de cuarto. Era como si las 3 quisieran hacer una sinfonía nocturna para compensar la falta de habla de todo el día, mi mente seguía tan activa cómo durante la meditación, mis propias palpitaciones temporales (anatómicamente hablando, no en términos de tiempo) me impedían conseguir dormir, el frío estaba bajo control después de encerrarme en mi sleepingbag y otras 4 capas de cobijas y ropa pero además de todo mi cuerpo decidió que el frío era una buena excusa para levantarse a orinar a las 11:00pm (increíblemente tarde en mi escala de horarios). Al día siguiente pagué las consecuencias y el sueño trató de arruinarme el ánimo y la meditación al principio del día, pero a pesar de eso, logré reponerme. el 5to día siguió siendo fuerte para el cuerpo, experimenté los dolores más fuertes y desagradables de los 10 días, ahora no eran solo mis pensamientos los que pasaban desfilando frente a mi, era además el dolor que llegaba y se quedaba mirándome a los ojos, retando mi umbral, mi paciencia y mi masoquismo. Ese es el punto. Así es como se supone que funcione una parte de esta hermosa técnica de meditación, las sensaciones son el personaje principal y sabía que tenía que encontrar una forma de establecer una comunicación sana con todas ellas, primero que nadie con el Dolor.
Se me pasa agregar un detalle importante y es que a partir del 5to día, 3 de las 10.5 horas de meditación comenzaron a ser lo que llamaban en inglés “sittings of strong determination” lo que literalmente significa sentarse con mucha determinación… ya que todo movimiento estaba prohibido. No movimiento de piernas, no movimiento de brazos y no apertura de ojos. Puede sonar fácil. No lo es. Las primeras horas la desesperación de no caer en la tentación corporal de re acomodarse por aquí o por allá, es intensa, sientes que te vuelves loco, el dolor jala, quema, aprieta, palpita, la tensión sube, los dientes se aprietan, la cabeza grita “Qué chingados estás haciendo?!?!?!?” y el cuerpo, obediente, responde con silenciosa inmovilidad, con hermosa ecuanimidad. O al menos así dice la técnica… La primera sesión no lo logré, la autocompasión puede llegar a ser tan fuerte que nos protegemos de todo por miedo a rompernos, por falta de confianza en nuestro poder y fuerza. Y a pesar de todo esto, el 5to día volvió a ser hermoso.

Dias 6 y 7. Dialogando con mis órganos.
En la vida la sensación de dolor nos hace hacer muchas cosas. Afortunadamente en estos dos días el único dolor que experimenté fue físico, del que pasa más fácil, de ese dolor caprichoso que lo único que quiere es que cambies de posición, que le des lo que pide, que sigas sus caprichos, de ese dolor que grita como si midiera 2 metros pero en realidad es pequeñito y con micrófono. Estos días fueron fuertes en emociones e intensos para la mente y el cuerpo, ambos tratando de entender desesperadamente que clase de juego masoquista estábamos jugando. Lo interesante de estos días fue que logramos llegar a un diálogo en el que ambos, y yo como mediadora, entendimos que no podíamos evitar este encuentro. El dolor estaba ahí y nos dijo claramente que no pensaba irse jamás, que cuando no era una rodilla, sería la cabeza, y cuándo no, la parte alta de la espalda, y si no encontraría algo digestivo para molestarnos y si a caso lo físico dejaba de funcionar, tenía algo de material mental de dónde jalar… porque ese era su deber, recordarnos la impermanencia de su localización y con ella la impermanencia de todo, la asaroso de sus decisiones y de la vida misma. Le dijo a la mente que incluso cuando el cuerpo no doliera, encontraría una forma de atormentarla a ella, o al menos intentaría. La mente sufrió mucho, lloró, pataleó emberrinchada por saber que por mucho que odiara esas palabras, eran ciertas. Sintió miedo de perder, de perder a sus amores, sus sueños, su vida misma. Yo los observaba de cerca, sentada, cruzada de piernas y con mis brazos inmóviles y mis ojos cerrados. Me gustaba verlos acercarse, ver como cada uno sacaba sus demonios más oscuros, como cada uno se trataba de defender en vano del otro, cómo el otro cedía de vez en cuando y como al final terminaron por hablarse pacíficamente. Fuer hermoso ver como la mente logró hablar con el dolor, haciéndolo entrar en razón, calmando su ira, aceptando su condición. Vi bajar ese dolor que días atrás había alcanzado un 6-7 de intensidad, hasta tocar el 1, casi desapareciendo, sin luchar. El cuerpo habló, la mente habló y yo los escuché. Todo esto sucedía a cuentagotas durante los días, no dejaba de ser difícil mantenerse despierta, evitar escapar a recordar el pasado y planear futuro, todo esto con momentos de hambre y a veces de frío.
A partir del 6to día definitivamente contaba los días; las horas ya no parecían pasar tan lentamente pero los días seguían faltando. Cómo dice Anto, 10-6=4, pero cuando estábamos ahí las matemáticas engañaban, porque el día 6 aún contaba igual que el 7 y el 8 y el 9 y el 10 y esos sumados, dan 5. Un día más, un día más.

Día 8. Rebeldía mental.
Dado lo intenso y lo satisfactorio de los días anteriores, el octavo día fue ligeramente infructuoso. Me vi a mi misma escaparme en mente porque en cuerpo era imposible, con esa arrogancia de los estudiantes casi graduados que se creen intocables, invencibles y ya con un pie fuera. La nieve seguía cubriendo todo el paisaje porque durante 3 días seguidos (días 4,5 y 6) no paró de nevar un solo minuto, así que en mis ratos libres después de las comidas me dediqué a limpiar un área común en el patio paleando la nieve hacia los lados con todas mis fuerzas, cómo si mi cuerpo necesitara sentirse activo, cansado y útil para alguien más que mí misma. Funcionó a la perfección porque bajo el sol, comencé a luchar contra el frío, a sentir mi propio calor generarse, sonreía mientras lo hacía y dos o tres chicas me observaban en silencio desde el otro lado del patio, cuándo terminé y entré a mi cuarto vi por la ventana que había dos de ellas que disfrutaban del espacio limpio y tomaban el sol como lagartijas, una inmensa satisfacción me invadió y el día continúo. En la noche después de escuchar a mi amigo el argentino me dí cuenta que no había sido una buena decisión hacerme la rebelde y desaprovechar algunas de las horas de meditación durante el día solo para abandonarme a la diversión de imaginar y volar por el tiempo y los planes, y retomé un poco mi concentración para poner toda mi determinación en esos dos últimos días. Solo dos días más, era todo lo que estaba en mi mente antes de lograr dormir.

Día 9 y 10. uno más, uno más…
El noveno día fue en realidad el último día de trabajo intenso. El décimo día comenzó de la misma manera que los otros pero al rededor de las 9 am cuando salimos de la sala común de meditación, la regla del silencio absoluto se había terminado. Fue un momento lindo el salir al paisaje nevado y por unos segundos no saber que hacer, primero porque no hablo japonés y todas mis compañeras eran japonesas (la separación entre hombres y mujeres seguía conservándose estrictamente hasta la mañana del día siguiente por lo que hablar con Anto no era una opción) y segundo porque es extraño pasar 9 días rodeada de personas desconocidas de las cuales inevitablemente te haces una idea infantilmente dibujada, por la forma en la que se mueven, comen, por sus horarios, sus hábitos, especialmente las japonesas que parecen experimentar real placer al tener control y orden total. Era impresionante verlas levantarse a las 4:00 am con el sonido del primer gong, sin titubear, ver a todas dirigirse como robotsitos hacia el baño, algunas incluso bañarse para comenzar inmediatamente el día, cepillarse los dientes durante minutos y minutos interminables, secarse el pelo minuciosamente, limpiar cada gota de agua, jabón o sustancia extraña que tocara la superficie del lugar dónde se encontraban. Obviamente mi cama era la menos ordenada y siempre era la primera en terminar de cepillarme los dientes. Sentí junto con otras 4-5, ser una de las pocas que realmente disfutaba el hecho de ver nevar, mi mochila de un año de viaje y mi ropa de vagabunda patrocinada por todos los colores existentes contrastaba con sus prendas sobrias, sus maletas de rueditas completamente preparadas para todo: secadora de pelo, estructura plástica con ganchitos para colgar su ropa lavada, colchonetas eléctricas para calentar nuestras camas frías, su propia sal para las comidas, cremas de todos tipos para evitar las arrugas y la pigmentación de la piel. En fin, me sentía como un niño entre las niñas, diario vestida de la misma forma debido a la ausencia de ropa caliente en nuestro amplio guardaropa de trotamundos. Todo esto me hizo pensar que el permiso de hablar no cambiaría mucho el ambiente del último día, que habría más de 5 que preferirían mantenerse en silencio y meditar a platicar (como mi vecina de cama quién se dedicó los últimos días a ayunar a escondidas y utilizaba las pausas libres para meditar) . Pero la realidad fue otra y me dio gusto sentirme mal de haberlas imaginado menos humanas, unos segundos después de haber salido de la residencia comencé a escuchar risas y conversaciones en japonés por todas partes, cuchicheos femeninos que parecían haberse quedado en pausa el día 0 en la noche. Lo lindo de no entender lo que se dice es poder apreciar la forma en la que se dice y no se si fue eso, o simplemente la abstinencia de voces pero las lágrimas me comenzaron a brotar en medio de sonrisas y me sentí vulnerablemente feliz, y me fui por unos minutos a esconder en el patio de atrás antes de que alguien tomara mis lágrimas de manera demasiado seria. Disfrute de mis sollozos incontrolables y me sequé las lagrimas para ir a presentarme con las mujeres con las que había pasado mis últimos días de intensa vida.

No se si después de todo sea aún necesario dar un veredicto o decirles que me gustó. Por si a alguien le queda la duda o se pregunta si el dolor y los sufrimientos mentales y la desesperación y ansias superaron a las satisfacciones, la respuesta es no. Nada de lo poco agradable o fuerte o triste pudo superar la satisfacción que sentía al final de algunas de las sesiones de meditación, ni el precio de haberme dado de cuenta de muchas cosas sucediendo dentro de mi, ni el precio del sabor de salir a la vida de nuevo, ni la fuerza que se siente de haber logrado algo como esto, por voluntad propia. Es indescriptible, es fresco, es como sentir que tu misma te das una segunda oportunidad sin necesidad de estar a la borde de la muerte, sin necesidad de haber perdido a un ser amado, de haber tocado fondo. Es hermoso sentir paz y saber que la mereces porque al menos durante los últimos 10 días, trabajaste duro por mantener la ecuanimidad mental, por conciliar mente y cuerpo. Este camino apenas va comenzando, no pienso buscar iluminarme ni alcanzar ningún pedestal glorioso, solo quiero poder mantener este sentimiento el mayor tiempo posible, quiero compartirlo, desparramarlo, multiplicarlo, cuidarlo, crecerlo y cosechar más y más de lo mismo. Sé que deben de haber muchas técnicas y formas en la vida para alcanzar sentimientos de este tipo, y doy gracias a la vida por la diversidad. Sé que este no es EL único camino y se que cada quien camina distinto pero igual que en el amor fui afortunada de encontrar un buen complemento de mi vida en esta etapa tan bella que estoy viviendo, incluso sabiendo que en el mundo deben de haber varias almas compatibles, estoy agradecida y feliz de haber encontrado una técnica que me haya permitido experimentar todo esto y por el momento aquí me quedo. Me siento bendecida por la vida y no me da pena aceptar el regalo, no creo debérselo a nadie más a que a la vida misma, no me siento culpable por saborearlo y abrazarlo, sobre todo cuando me complace el compartirlo con quién sea que desee compartirlo. Esta felicidad que siento me alcanza a mi y a cualquiera que me rodee y espero que nunca cese de fluir como lo ha hecho hasta hoy.

Con este recuento y con este agradecimiento infinito, me despido de Japón y a ustedes les digo: Nos vemos en el siguiente.