Nos comimos el mundo.

 

Conté hasta el día 353.

Casi un año entero. Entre las idas y venidas, entre las pausas y las visitas familiares de los dos lados se cumplieron los 14 meses, de diciembre del 2015 a finales de enero del 2017.

Todo me parece un sueño. 

Estoy en mi cama, en la recámara de siempre, dónde crecí y viví tantos años. Me parece imposible haberme ido.

 Tal vez si lo soñé.

Pero tal vez no lo haya sido porque  a la gente lo sabe y nos pregunta al respecto. Nos han preguntado de todo: que si que país no gustó más, y menos. La mejor y peor comida. La mejor y peor gente. Que si tuvimos miedo. Que sí que fue lo que más extrañamos. Alguien nos pidió incluso que resumiéramos todo ese año en una sola palabra, interesante ejercicio. Nos preguntaron que si que aprendimos. 

Que si ¿para qué nos sirvió?

Y nos sirvió para más de lo que se imaginan y sobre todo para más de lo que nosotros nos imaginábamos.
Siempre supimos que no teníamos un plan fijo y que era un misterio como terminaría escrita esta historia porque cada día era un lienzo en blanco que rayoneabamos a nuestro antojo.
A mí me sirvió para ver a la gente de forma distinta. Para tenerle menos miedo a lo diferente, a lo incomprensible, a lo indescifrable.
Sirvió para ir dicipando ese temor a los diferentes sabores que tiene el mundo, para comenzar a erradicar la aversión que los diferentes olores, aveces desagradables,  puede llegar a provocar; esos sudores de distintos cuerpos, tan penetrados y combinados pero con el solo objetivo de ayudarme y conocerme. Ayuda para juzgar menos a todas esas bocas sin lavar que pronunciaron palabras amables y bondadosas. 

Me ayudó a convertir en mantras esos ronquidos interminables durante las noches en las que el sueño parecía más sagrado que de costumbre. Sirvió para comenzar a dejar de temerle a la piel diferente, a las pieles cargadas de tantos tonos y prejuicios, para dejar eso a un lado. Para comenzar a darle la espalda a la pinche ignorancia que ciega. Para  venerar como se debe las vestimentas que antes veía únicamente bordadas de generalizaciones aprendidas estúpidamente en la tele y el cine.

Sirvió para darle a todas y cada cosa, la oportunidad de inspirarnos, de recordarnos un lugar, un sabor. Sirvió para darnos ganas de entender mejor y de conocer más. Nos dió ganas de tener un hogar dónde sentirnos abrazados por una paz cálida, así como en las casas en las que tantas familias nos recibieron.

Me sirvió para sentir que viajar es solo un tipo de meditación, que sirve para entender que las cosas, los lugares y la gente, seguido son como desearíamos que no fueran. Que las cosas son como son, y están donde deben de estar. Y suceden. Y seguirán sucediendo estés o no estés para verlo, quieras o no quieras aceptarlo. 

No es que la vida de viaje sea fatalista e inmutable, ni que el “destino”, el “karma” o el “universo” así lo hayan decidido para darte una lección. Ni tu ni yo somos tan relevantes en este mapa estelar e infinito. Es solo que la vida ya es, ya fue y seguirá siendo, contigo y conmigo presentes, o incluso aunque ambos desaparezcamos.

Viajar es aceptar lo divino en un compromiso completamente terrenal. Es aceptar la grandeza del todo y la pequeñez de la unidad cuando esta pretende separarse del todo.
Es dejar de intelectualizar frases, dejar de ponerlas de fondo de pantalla, dejar de comprar camisetas que lo digan. Es comenzar a vivir todos esos sentimientos y darse cuenta que en la realidad nacen, duelen, apestan, cansan, se saborean, llegan a su clímax, toman sentido, se desploman y mueren. Y así es perfecto. Es probar el dolor que causa lo que no podemos cambiar y la belleza de esa paz que inunda el cuerpo y el alma cuando esto se acepta y se observa simplemente ser.

Viajar tantos días juntos nos sirvió a fundirnos como pareja, a ser una sola pieza cuando debíamos ser fuertes y a disociarnos pacíficamente cuando cada uno necesitaba un respiro. A amarnos cómo jamás imaginamos, a desear tocarnos como la primera vez, a soldar de por vida la complicidad que mantiene nuestro binomio. Viajar como lo hicimos fue comernos el mundo con las manos, compartiendo el mismo plato y dejando espacio para el postre.

Y ese mundo que nos comimos, parece haber encontrado en mí el ambiente ideal, el calor, el amor y el alimento que le faltaba para continuar floreciendo. Ese mundo que nos comimos, que me comí, lleva exactamente 35 semanas en expansión. Y se mueve tanto como nosotros por los caminos de tierra llenos de irregularidades de Camerún, más que los autobuses de Madagascar y más que los japoneses en los cruces peatonales de Tokio.
Ese mundo que me comí parece haber entendido perfectamente lo que nosotros vivimos: que todo es movimiento y que todo pasa ¡Justo ahora se MUEVE, como diciéndome que está de acuerdo!
Y con su movimiento, disminuyó mi ritmo, y el nuestro.
A ese mundo que me comí, lo esperamos paciente y amorosamente, como al siguiente viaje que deseamos hacer, a 3.
Lo esperamos y a la vez, ya no hay nada que esperar, porque como todo, ya está siendo. Ya es.  

Independiente, impermanente, único, libre y mágico, como todo.

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