Vipassana. 10 días de pensamientos y sensaciones.

No sabía bien en lo que me estaba metiendo, pero así quise que fuera.
El camino de tantos viajes nos puso frente a 1,2,3,4  personas que de alguna u otra forma terminaban por contarnos su experiencia sobre este milenario tipo de meditación.

Ni una sola vez me atreví a buscar en google la palabra “Vipassana” ni mucho menos leer blogs personales de experiencias ajenas, seguramente por miedo a encontrarme descripciones e historias que me desalentaran. Me bastaba con haber escuchado cosas positivas  de bocas de distintos colores, razas y aparentes estilos y con leer las reglas y la descripción básica y objetiva que proporcionan en la página oficial del centro de meditación al que pensábamos acudir (https://www.bhanu.dhamma.org/The-Kyoto-Centre.1121.0.html).

Tomé cada uno de esos encuentros furtivos e informativos como señales en el camino y decidí que todo esto y la emoción que la idea parecía provocarle a Anto  (cosa rara tratándose de cosas “de ese tipo”) era más que suficiente para darle y darnos una oportunidad de intentarlo.

Total, “son SOLO 10 DÍAS…”

El día martes 10 de enero por ahí de la 1pm, dejamos el hotel donde estábamos hospedados y agarramos rumbo hacia el destino. Nos encontrábamos en Kioto y el centro de meditación está unos 30 kilómetros a las afueras de la ciudad. Caminamos unos kilómetros, tomamos un tren durante 40 minutos, de ahí un camióncito de transporte público durante media hora y por fin encontramos la pequeña parada de autobuses dónde una camioneta que nos esperaba puntualmente nos conduciría durante unos 10 minutos hasta el centro Vipassana. Todo este trayecto y durante cada trasborde que realizábamos experimentamos minutos y minutos de suspenso en los que nos volteábamos a ver sin decir mucho, una que otra sonrisa, un apretón de manos y alguno que otro comentario aislado como “a ver cómo nos va…” , “espero que no haga mucho frío en el cuarto…”

Desde que nos subimos a la camioneta que nos esperaba, comenzó la división entre hombres y mujeres, Anto y yo solo nos miramos con una sonrisa y el resto de los pasajeros, todos aparentemente japoneses y desconocidos entre ellos continuaron estoicos y sentados derechitos como si fuera un día muy normal en sus vidas. Japoneses al fin. Finalmente llegamos.
Ni siquiera tuvimos tiempo de decirnos bien “ahí nos vemos!” porque la recepción y registro de las mujeres y los hombres estaba estrictamente separada (como TODO en la residencia). Sé que es inaceptable hacer una comparación de este tamaño pero los únicos ejemplos o imágenes que me venían a la mente en ese momento eran reportajes y libros que había visto sobre cárceles o centros de concentración.
Ya registrada, fui la primera de las mujeres en ser enviada a instalarme en mi cama, poner las fundas y desempacar. La casa era frillísima, helada. Las ventanas de mi cuarto, que era un dormitorio múltiple con 7 camas y únicamente 7 camas, seguían abiertas desde la última vez que fueron abiertas para hacer circular el aire helado del invierno japonés. Lo primero que hice fue cerrarlas y percatarme que el único calentón eléctrico de la planta baja, que se encontraba en el pasillo común fuera del cuarto, estaba apagado y tenía un anuncio pegado que decía en japonés y en inglés “Favor de dejar el manejo de este calentón al personal”. “Bueno, al parecer si hará frío.”

Más tarde se sirvió la cena, soba: una sopa de fideos típica japoneses hecha de harina de sarraceno con un poco de cebolla cambray picada y salsa de soya. Después de la cena, pasamos a una sala dónde vimos el video de bienvenida, para lo que afortunadamente, todos los que no hablábamos japones fuimos enviados separados del resto de los estudiantes; ahí pudimos vernos de nuevo, decirlos “teamo” rapidito y darnos un beso. El día terminó abruptamente y así de la nada, comenzó el “silencio noble”.
Ahora todos a la cama que esto apenas fue el día 0.

Dias 1, 2 y 3. Reconociendo el terreno.
Para ser sincera, ni el primero ni el segundo día los recuerdo con claridad. No recuerdo que hayan sido particularmente difíciles. El día comenzaba con el sonido del gong siendo golpeado por uno de los voluntarios encargados del manejo de la cocina. A las 4:00 am puntualmente, sonaba unas 4 o 5 veces para lograr que los 67 estudiantes lo escucháramos claramente y comenzáramos actividades. Salir de la cama, cambiarse…o no, porque el frío convertía en una tortura el cambiar la ropa tibia por la fría, dirigirse al baño, lavarse los dientes, una lavadita de cara o lo que cada quién considerara necesario para estar listos estrictamente a las 4:30am en la sala de meditación general para comenzar.
Esta sala era el único lugar dónde sabíamos con certeza y puntualidad que nos veríamos el uno al otro, incluso cuando de acuerdo a las reglas estaba estrictamente prohibido establecer el mínimo contacto y eso incluía obviamente el contacto verbal, físico, escrito y supuesta mente incluso visual. Sólo nos quedaba la telepatía pero no logramos desarrollarla satisfactoriamente así que delinquíamos volteándonos a ver al menos una vez por sesión de meditación. La buena y dura noticia es que había varias al día. Era lindo vernos a lo lejos; le daba a todo esto un toque romántico que no se suponía que debería de tener, un sentimiento de estar de nuevo en la secundaria y jugar a buscar con la mirada al niño que te gusta y contentarte con mirarlo caminar, sentarse en su mesa banco y ya en casos de mucha suerte, si la atracción era recíproca, hacer contacto visual. Para mi suerte, la atracción era recíproca y fue lindo al principio, pero tengo que aceptar que a partir del 4to día se convirtió en algo más erótico que tierno y en un tormento más que una relajación. Lo cual tampoco era malo entre tanta abstención; con algo tenía que entretenerse mi pobre mente mundana. Otro de los pocos sentimientos que recuerdo claramente de estos días es la sensación de estar dentro de Orange is the new black (sin el componenete omnipresentemente lésbico). Desde el hecho de haberme “entregado por mi propia voluntad”, el hacer fila para recibir cada comida (sorpresa), de forma completamente ordenada y silenciosa, hasta el evitar cualquier tipos de contacto visual, el aprender a reconocer el terreno, los baños, la cama, las caras serias a mi alrededor. Obviamente el componente violento e inhumano no estaba presente pero si me llegué a sentir como Mei Chang en la misma serie (lo cual es irónico siendo ella la única asiática de la prisión y yo la única occidental entre las 33 mujeres en esta residencia) específicamente al momento de comer. Tuve que poner en práctica técnicas personalizadas para hacer de mi desayuno algo más dulce que salado. Personalmente el sabor a caldo de algas a las 6:30am no es algo que me emocione y aunque el desayuno estaba pensando para alimentar y no para darme placer, a partir del segundo día decidí que el arroz blanco o integral que había cada mañana se convertiría en mi avena. No se que habrán pensado de mí las japonesitas cuándo me veían poniéndole leche de soya, azúcar morena y pedazos de plátano y manzana picada a mi tazón de arroz, pero lo que si se es que la menos dos comenzaron a adoptar mi técnica unas mañanas después.

Lo que más recuerdo del segundo día fue la emoción que sentí al ver caer ilusamente dos o tres copitos de nieve en una de las pausas que tuve para ir al baño; la niña dentro de la adulta se sintió emocionada, la adulta silenciosa, siguió su camino como si nada estuviera pasando.
El día 3 marcó el final de este primer mini periodo, recuerdo este día por haber comenzado a sentir un cansancio mental combinado con aburrimiento por estar siguiendo los mismos pasos de la técnica hora tras hora.
Después de las primeras dos horas de meditación del día (4:30-6:30 am) venía el desayuno de 6:30-8:00 am. La siguiente hora de meditación era de 8:00-8:55 am, pausa de 5 minutos para ir al baño, siguiente meditación de 9:00-11:00 am, Comida de 11:00-1:00 pm, siguiente meditación de 1:00-2:25 pm, pausa de 5 minutos, meditación de 2:30-3:25, pausa de 5 minutos, meditación de 3:30-5:00 pm, “cena” de 5:00-6:00 pm, la cual consistía en té y fruta para nosotros los nuevos estudiantes y únicamente té para los estudiantes que ya habían hecho al menos una vez este curso. Esto fue uno de los puntos difíciles para mi cuerpo en estos primeros días porque a las 10 de la noche mi estómago me reclamaba algo, lo que fuera, una fruta, un pedazo de pan, leche. Así que como desde el principio sabía que estaba ahí para hacer un esfuerzo por aprender una técnica pero jamás para martirizarme, decidí comenzar a adoptar la técnica de robar pan en la mañana y fruta a medio día, así que todo el tiempo logré traer en la bolsa de mi chamarra al menos medio plátano y una rebanada de pan. Y no me arrepiento de ello.
Después de la pausa de té, el día continuaba, meditación de 6:00-6:55 pm.
De las 7:00-8:30 pm era uno de mis momentos favoritos del día; me daban un ipod con una grabación en la que me hablaba un argentino con un acento muy simpático que me sacaba una que otra sonrisa en la soledad de mi cuarto o sentada en el piso del pasillo frente al calentón. La plática tenía explicaciones sobre la técnica que habíamos practicado durante el día, una que otra historia e indicaciones generales sobre las actividades del día siguiente. Para terminar, de 8:30-9:00 pm última meditación del día.

Cómo pueden ver, eran muchas horas de meditación (10.5 para ser exactos) y por supuesto que fue difícil pasar de 0 a 10.5.
Estos primeros tres días luché bastante con mi mente, luchar no es el objetivo pero es como tratar de controlar a un niño caprichoso que te reta y te ignora; mientras no tengas una buena técnica o un buen plan para llegar a un acuerdo, la desesperación te hará usar la fuerza o la autoridad de alguna manera. Traté de pedirles a mis pensamientos que me esperaran un momento, que me permitieran desarrollar la técnica pero mi mente se convirtió en un cruce peatonal al estilo africano. Todos pasaban cuando se les antojaba, ninguno parecía respetar mis deseos de concentración, yo desesperada corría tras ellos explicándoles mis motivos, diciéndoles que necesitaba espacio, tiempo, silencio… No hubo mucho resultado. Había momentos en los que el sueño salía al rescate y proponía dormir en lugar de tratar de arreglar el caos, entonces ahora mi lucha era contra ambos: tráfico y sueño. Se me caía la cabeza, sentía los golpes en el cuello que me avisaban que estábamos perdiendo la batalla y la concentración en mi respiración seguía pareciendo imposible. Así se terminó el 3er día.

Dias 4 y 5. emoción de principiante.
Después de tanto caos y lucha me convencí de que mi plan no estaba siendo adecuado. Decidí que tratar de controlar el tráfico era imposible, que los automóviles que pasaban por ahí, alguna razón tendrían y que yo no era nadie para impedirles el paso; decidí dejar de gritarles y jalarme los pelos y decidí solo sentarme a observarlos, tratar de escuchar sus ruidos, ver sus colores y esperar a que las horas pico me dejaran un espacio libre y silencioso para poder respirar en tranquilidad. Y comenzó a funcionar muchísimo mejor. Afortunadamente, justo en este momento, la técnica también dio un salto importante el 4to día y eso me ayudó a luchar con el aburrimiento y a agregarle algo nuevo a las 10.5 horas diarias. No quiero hablar de magia, porque nada de lo que pasó en esos 10 días lo fue, todo estuvo lleno de tanta realidad y de una manera tan hermosa y tan tangible que no había espacio para la magia, pero el 4to fue el primer día especial. Sentí, percibí, comprendí, descubrí cosas que me hicieron sonreír en medio de tantas prohibiciones y cansancio físico postural. Logré comenzar a divertirme un poco y me dieron un empujón de energía que me motivó para las horas y días siguientes. Además de las sensaciones de ese día, tuve un regalo hermoso de la naturaleza. A las 4:15 am, cuando abrimos la puerta de la residencia para ir al baño, al menos 15 cm de nieve cubrían todo lo que alcanzábamos a ver y era hermoso. Hasta ese momento no había comenzado a contar realmente los días que faltaban para salir, pero eso comenzaría a cambiar pronto. Pronto es pronto, la noche del 4to día fue muy mala. Todos nos recluíamos en nuestros cuartos y camas al rededor de las 9:15pm, ni una sola luz y muy poco ruidos quedaban vivos a esa hora, excepto por los ronquidos de mis 3 compañeras de cuarto. Era como si las 3 quisieran hacer una sinfonía nocturna para compensar la falta de habla de todo el día, mi mente seguía tan activa cómo durante la meditación, mis propias palpitaciones temporales (anatómicamente hablando, no en términos de tiempo) me impedían conseguir dormir, el frío estaba bajo control después de encerrarme en mi sleepingbag y otras 4 capas de cobijas y ropa pero además de todo mi cuerpo decidió que el frío era una buena excusa para levantarse a orinar a las 11:00pm (increíblemente tarde en mi escala de horarios). Al día siguiente pagué las consecuencias y el sueño trató de arruinarme el ánimo y la meditación al principio del día, pero a pesar de eso, logré reponerme. el 5to día siguió siendo fuerte para el cuerpo, experimenté los dolores más fuertes y desagradables de los 10 días, ahora no eran solo mis pensamientos los que pasaban desfilando frente a mi, era además el dolor que llegaba y se quedaba mirándome a los ojos, retando mi umbral, mi paciencia y mi masoquismo. Ese es el punto. Así es como se supone que funcione una parte de esta hermosa técnica de meditación, las sensaciones son el personaje principal y sabía que tenía que encontrar una forma de establecer una comunicación sana con todas ellas, primero que nadie con el Dolor.
Se me pasa agregar un detalle importante y es que a partir del 5to día, 3 de las 10.5 horas de meditación comenzaron a ser lo que llamaban en inglés “sittings of strong determination” lo que literalmente significa sentarse con mucha determinación… ya que todo movimiento estaba prohibido. No movimiento de piernas, no movimiento de brazos y no apertura de ojos. Puede sonar fácil. No lo es. Las primeras horas la desesperación de no caer en la tentación corporal de re acomodarse por aquí o por allá, es intensa, sientes que te vuelves loco, el dolor jala, quema, aprieta, palpita, la tensión sube, los dientes se aprietan, la cabeza grita “Qué chingados estás haciendo?!?!?!?” y el cuerpo, obediente, responde con silenciosa inmovilidad, con hermosa ecuanimidad. O al menos así dice la técnica… La primera sesión no lo logré, la autocompasión puede llegar a ser tan fuerte que nos protegemos de todo por miedo a rompernos, por falta de confianza en nuestro poder y fuerza. Y a pesar de todo esto, el 5to día volvió a ser hermoso.

Dias 6 y 7. Dialogando con mis órganos.
En la vida la sensación de dolor nos hace hacer muchas cosas. Afortunadamente en estos dos días el único dolor que experimenté fue físico, del que pasa más fácil, de ese dolor caprichoso que lo único que quiere es que cambies de posición, que le des lo que pide, que sigas sus caprichos, de ese dolor que grita como si midiera 2 metros pero en realidad es pequeñito y con micrófono. Estos días fueron fuertes en emociones e intensos para la mente y el cuerpo, ambos tratando de entender desesperadamente que clase de juego masoquista estábamos jugando. Lo interesante de estos días fue que logramos llegar a un diálogo en el que ambos, y yo como mediadora, entendimos que no podíamos evitar este encuentro. El dolor estaba ahí y nos dijo claramente que no pensaba irse jamás, que cuando no era una rodilla, sería la cabeza, y cuándo no, la parte alta de la espalda, y si no encontraría algo digestivo para molestarnos y si a caso lo físico dejaba de funcionar, tenía algo de material mental de dónde jalar… porque ese era su deber, recordarnos la impermanencia de su localización y con ella la impermanencia de todo, la asaroso de sus decisiones y de la vida misma. Le dijo a la mente que incluso cuando el cuerpo no doliera, encontraría una forma de atormentarla a ella, o al menos intentaría. La mente sufrió mucho, lloró, pataleó emberrinchada por saber que por mucho que odiara esas palabras, eran ciertas. Sintió miedo de perder, de perder a sus amores, sus sueños, su vida misma. Yo los observaba de cerca, sentada, cruzada de piernas y con mis brazos inmóviles y mis ojos cerrados. Me gustaba verlos acercarse, ver como cada uno sacaba sus demonios más oscuros, como cada uno se trataba de defender en vano del otro, cómo el otro cedía de vez en cuando y como al final terminaron por hablarse pacíficamente. Fuer hermoso ver como la mente logró hablar con el dolor, haciéndolo entrar en razón, calmando su ira, aceptando su condición. Vi bajar ese dolor que días atrás había alcanzado un 6-7 de intensidad, hasta tocar el 1, casi desapareciendo, sin luchar. El cuerpo habló, la mente habló y yo los escuché. Todo esto sucedía a cuentagotas durante los días, no dejaba de ser difícil mantenerse despierta, evitar escapar a recordar el pasado y planear futuro, todo esto con momentos de hambre y a veces de frío.
A partir del 6to día definitivamente contaba los días; las horas ya no parecían pasar tan lentamente pero los días seguían faltando. Cómo dice Anto, 10-6=4, pero cuando estábamos ahí las matemáticas engañaban, porque el día 6 aún contaba igual que el 7 y el 8 y el 9 y el 10 y esos sumados, dan 5. Un día más, un día más.

Día 8. Rebeldía mental.
Dado lo intenso y lo satisfactorio de los días anteriores, el octavo día fue ligeramente infructuoso. Me vi a mi misma escaparme en mente porque en cuerpo era imposible, con esa arrogancia de los estudiantes casi graduados que se creen intocables, invencibles y ya con un pie fuera. La nieve seguía cubriendo todo el paisaje porque durante 3 días seguidos (días 4,5 y 6) no paró de nevar un solo minuto, así que en mis ratos libres después de las comidas me dediqué a limpiar un área común en el patio paleando la nieve hacia los lados con todas mis fuerzas, cómo si mi cuerpo necesitara sentirse activo, cansado y útil para alguien más que mí misma. Funcionó a la perfección porque bajo el sol, comencé a luchar contra el frío, a sentir mi propio calor generarse, sonreía mientras lo hacía y dos o tres chicas me observaban en silencio desde el otro lado del patio, cuándo terminé y entré a mi cuarto vi por la ventana que había dos de ellas que disfrutaban del espacio limpio y tomaban el sol como lagartijas, una inmensa satisfacción me invadió y el día continúo. En la noche después de escuchar a mi amigo el argentino me dí cuenta que no había sido una buena decisión hacerme la rebelde y desaprovechar algunas de las horas de meditación durante el día solo para abandonarme a la diversión de imaginar y volar por el tiempo y los planes, y retomé un poco mi concentración para poner toda mi determinación en esos dos últimos días. Solo dos días más, era todo lo que estaba en mi mente antes de lograr dormir.

Día 9 y 10. uno más, uno más…
El noveno día fue en realidad el último día de trabajo intenso. El décimo día comenzó de la misma manera que los otros pero al rededor de las 9 am cuando salimos de la sala común de meditación, la regla del silencio absoluto se había terminado. Fue un momento lindo el salir al paisaje nevado y por unos segundos no saber que hacer, primero porque no hablo japonés y todas mis compañeras eran japonesas (la separación entre hombres y mujeres seguía conservándose estrictamente hasta la mañana del día siguiente por lo que hablar con Anto no era una opción) y segundo porque es extraño pasar 9 días rodeada de personas desconocidas de las cuales inevitablemente te haces una idea infantilmente dibujada, por la forma en la que se mueven, comen, por sus horarios, sus hábitos, especialmente las japonesas que parecen experimentar real placer al tener control y orden total. Era impresionante verlas levantarse a las 4:00 am con el sonido del primer gong, sin titubear, ver a todas dirigirse como robotsitos hacia el baño, algunas incluso bañarse para comenzar inmediatamente el día, cepillarse los dientes durante minutos y minutos interminables, secarse el pelo minuciosamente, limpiar cada gota de agua, jabón o sustancia extraña que tocara la superficie del lugar dónde se encontraban. Obviamente mi cama era la menos ordenada y siempre era la primera en terminar de cepillarme los dientes. Sentí junto con otras 4-5, ser una de las pocas que realmente disfutaba el hecho de ver nevar, mi mochila de un año de viaje y mi ropa de vagabunda patrocinada por todos los colores existentes contrastaba con sus prendas sobrias, sus maletas de rueditas completamente preparadas para todo: secadora de pelo, estructura plástica con ganchitos para colgar su ropa lavada, colchonetas eléctricas para calentar nuestras camas frías, su propia sal para las comidas, cremas de todos tipos para evitar las arrugas y la pigmentación de la piel. En fin, me sentía como un niño entre las niñas, diario vestida de la misma forma debido a la ausencia de ropa caliente en nuestro amplio guardaropa de trotamundos. Todo esto me hizo pensar que el permiso de hablar no cambiaría mucho el ambiente del último día, que habría más de 5 que preferirían mantenerse en silencio y meditar a platicar (como mi vecina de cama quién se dedicó los últimos días a ayunar a escondidas y utilizaba las pausas libres para meditar) . Pero la realidad fue otra y me dio gusto sentirme mal de haberlas imaginado menos humanas, unos segundos después de haber salido de la residencia comencé a escuchar risas y conversaciones en japonés por todas partes, cuchicheos femeninos que parecían haberse quedado en pausa el día 0 en la noche. Lo lindo de no entender lo que se dice es poder apreciar la forma en la que se dice y no se si fue eso, o simplemente la abstinencia de voces pero las lágrimas me comenzaron a brotar en medio de sonrisas y me sentí vulnerablemente feliz, y me fui por unos minutos a esconder en el patio de atrás antes de que alguien tomara mis lágrimas de manera demasiado seria. Disfrute de mis sollozos incontrolables y me sequé las lagrimas para ir a presentarme con las mujeres con las que había pasado mis últimos días de intensa vida.

No se si después de todo sea aún necesario dar un veredicto o decirles que me gustó. Por si a alguien le queda la duda o se pregunta si el dolor y los sufrimientos mentales y la desesperación y ansias superaron a las satisfacciones, la respuesta es no. Nada de lo poco agradable o fuerte o triste pudo superar la satisfacción que sentía al final de algunas de las sesiones de meditación, ni el precio de haberme dado de cuenta de muchas cosas sucediendo dentro de mi, ni el precio del sabor de salir a la vida de nuevo, ni la fuerza que se siente de haber logrado algo como esto, por voluntad propia. Es indescriptible, es fresco, es como sentir que tu misma te das una segunda oportunidad sin necesidad de estar a la borde de la muerte, sin necesidad de haber perdido a un ser amado, de haber tocado fondo. Es hermoso sentir paz y saber que la mereces porque al menos durante los últimos 10 días, trabajaste duro por mantener la ecuanimidad mental, por conciliar mente y cuerpo. Este camino apenas va comenzando, no pienso buscar iluminarme ni alcanzar ningún pedestal glorioso, solo quiero poder mantener este sentimiento el mayor tiempo posible, quiero compartirlo, desparramarlo, multiplicarlo, cuidarlo, crecerlo y cosechar más y más de lo mismo. Sé que deben de haber muchas técnicas y formas en la vida para alcanzar sentimientos de este tipo, y doy gracias a la vida por la diversidad. Sé que este no es EL único camino y se que cada quien camina distinto pero igual que en el amor fui afortunada de encontrar un buen complemento de mi vida en esta etapa tan bella que estoy viviendo, incluso sabiendo que en el mundo deben de haber varias almas compatibles, estoy agradecida y feliz de haber encontrado una técnica que me haya permitido experimentar todo esto y por el momento aquí me quedo. Me siento bendecida por la vida y no me da pena aceptar el regalo, no creo debérselo a nadie más a que a la vida misma, no me siento culpable por saborearlo y abrazarlo, sobre todo cuando me complace el compartirlo con quién sea que desee compartirlo. Esta felicidad que siento me alcanza a mi y a cualquiera que me rodee y espero que nunca cese de fluir como lo ha hecho hasta hoy.

Con este recuento y con este agradecimiento infinito, me despido de Japón y a ustedes les digo: Nos vemos en el siguiente.

Myanmar: no eres tu, soy yo.

Me temo que mi experiencia contigo fue completamente circunstancial, y por lo mismo hasta hace una semana estaba decidida a no escribirte un blog, porque no me parecía justo divulgar mi velada impresión sobre ti, sobre todo después de lo bien que nos trataste. Sería descortés y mal educado… aunque sincero. Estos últimos días fueron los mejores de todo el mes que viví contigo y solo por esto, inspirada nuevamente, decidí dejar los protocolos hipócritas y contar mi versión completa.

Tal vez debo comenzar por describirte muy somera y objetivamente, ya que hasta hace algunos meses ignoraba tu existencia y tal vez a alguien más le podría pasar igual.

Myanmar es un país situado en el sudeste asiático. Limitado por China, Laos, Tailandia, India y Bangladesh. Su ciudad mas poblada y activa es Rangún/Yangon aunque la verdadera capital es Naipyidó/Naypyidaw, una ciudad hasta la fecha casi fantasma, fundada en el 2005 por la dictadura militar que gobernó al país de 1962-2011 (y que al parecer sigue ocultamente bastante activa). El país obtuvo su independencia del Reino Unido en el 1948. Cuenta con 54 millones de habitantes. Existe una controversia respecto a su nombre, ya que Birmania sigue siendo reconocido por algunos gobiernos, mientras que la ONU y la Unión Europea aceptan el de Myanmar, nombre dado por el gobierno militar que tomó el poder en el 1989 gracias a un golpe de estado. Hasta hace algunos días que nos encontrábamos en el país, la represión militar seguía estando presente en la vida diaria de la gente y sobre todo hacia las minorías étnicas de las zonas más apartadas. A pesar de esto jamás sentimos la más mínima inseguridad o peligro y fue solo a través del dialogo con algunas de las personas que conocimos, capaces de hablar en inglés, que logramos entender un poco más al respecto. El 89% de la población es budista. En grandes rasgos, nombres, fechas y cifras, esta es Myanmar. Es por todo este trasfondo político-militar y cultural que decidimos que teníamos que ver este mágico país que hasta hace 6 años tuvo sus puertas cerradas al mundo y que se encuentra (supuestamente) en pleno despertar a la modernidad, antes de que fuera “demasiado tarde”. Era algo así como ir a conocer a un bebé que aún conserva su inocencia intacta. Suena un poco a circo, ahora que lo escribo. Las personas que habían estado hace meses o años nos contaban maravillas y nos llenamos la cabeza de ilusiones e imágenes utópicas.

Hasta aquí la realidad de wikipedia y de otros viajeros. Ahora viene la mía.

El primer día que puse los pies en tu capital ya estaba cansada. Me ahogó  el calor y la humedad que hace 9 meses no recuerdo me hubiera  pesado tanto en la costa oeste de África. Tus calles capitalinas polulantes de mendicidad religiosa y no religiosa, la suciedad y algunas otras imágenes sociales me hicieron de inmediato recordar una de las caras de India que menos aprecié. Después de Tailandia, tu comida ahogada en aceite y llena de sabores fuertes, aunque servida con un sin fin de platitos acompañantes, me saturó de inmediato y me hizo extrañar por primera vez en casi un año, la comida de mi casa. Hubieron días en los que extrañé incluso todo aquello que hace un año hubiera repudiado por bajo en fibra y alto en grasas saturadas y carbohidratos.

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Comencé a sentir una necesidad de comerme un sandwich, una hamburguesa, una pizza, cualquier cosa que no fuera arroz y aceite. Toqué fondo pues. Desde hace unas semanas las comidas familiares, fiestas o reuniones de amigos que me voy perdiendo me comienza a calar un poquito. Me llama mi gente, mi cultura, mi música. Jamás pensé sentir escalofríos al caminar por la calle bajo el sol escuchando una cumbia de Celso Piña. Jamás pensé que se me saliera una lágrima frente al Buda no. 2764 por tener un recuerdo aleatorio de mí regresando a nuestra última casa después de un día de trabajo, abrir la reja y ver a Kila y Gali recibiéndome; poder ir a la cocina, abrir el refrigerador, cocinar y comer rico. Sí, la comida es muy importante en mi vida, pero no es solo eso; los abuelos comienzan a resentir los años y por primera vez  lloré de imaginármelos cansados y no estando ahí.

Por eso te digo Myanmar que no eres tu, soy yo.

Volviendo a ti, desde las primeras noches nos dimos cuenta que nuestro presupuesto diario de viaje sería ocupado en gran parte por los discordantes precios de las habitaciones(20-30dlls), hasta ahora las más caras que hemos pagado en todo el viaje, sobre todo tomando en cuenta el valor de tu moneda ( 1 dólar = 1,285) y el costo promedio de una buena comida callejera (1000-1500). Tal vez sean los impuestos al recibir extranjeros, las infraestructuras públicas deficientes  o tal vez sea una forma efímera tuya de aprovechar del turismo que es la nueva principal actividad económica de varias de tus regiones. Hasta el momento no lo sé.

Llegué muy tarde a ti o llegaste muy tarde a mi. Supongo que fui yo, tu nunca te has movido de aquí. Cometí el error de compararte con todo lo demás que he visto en un año, ¿Pero qué quieres que haga? Es lo que se hacer con los recuerdos; relacionarlos, copiarlos, pegarlos y  observarlos. Confieso que a estas alturas de nuestro viaje no me siento tan exploradora, innovadora o arriesgada. Muy seguido me encuentro feliz en los silencios, sin mucha gente que me rodee y con los ojos bien abiertos; es por eso que esperaba menos de ti.

Menos de todo. Me doy cuenta de lo absurdo que es esto. Esperaba menos turistas. Te imaginaba virgen, inédita, en blanco y negro (¿más a la africana?). Egoísta visión de algunos turistas que parezco compartir el día de hoy, conquistadores frustrados que deseamos ser los primeros en pisar un suelo sin que nos importe mucho quién o qué pase después de nosotros. Tristemente me vendieron una imagen tuya tímida  y retraída y la compré. Pensaba infantilmente que al llegar a ti sería yo la que te sorprendería.

Llegué tarde. Me demostraste que en pocos años los turistas te encontraron y aprendiste rápido sobre la invasión de las cámaras y las mochilas en masa, la prostitución de algunos de los lugares más visitados y el pago de piso por ver una montaña, un lago, un amanecer y un pescador que ya no pesca mas que billetes.

También acepto que todo esto se lleva mal con mi innata falta de asombro ante lo majestuoso y mi crónica afición por enrollarme en las pequeñeces, que seguido me deja sin temas reales o espontáneos entre los otros turistas armados de guías viajeras, nombres, cifras, datos y cámaras con lentes imponentes y roba-almas. Me compré la expectativa narrada y dibujada por otros pero se me olvidó que me tocaba colorearla a mi y nomás no me salió. Fuiste un país amable, sonriente, lleno de historias, pero no eres tu, fui yo la que no supe acomodarme.

Creo que todo tiene uno o varios tiempos ideales en esta vida, momentos de alineación, de magia, de chispa. Te hubiera amado en otro momento. Así como se aman con nostalgia esos amores que nunca llegaron a serlo por culpa de relojes mal sincronizados. Conocerte fue como ver una muy buena película… después de haber visto otras 12 seguidas. El cansancio diluyó el impacto y la impresión.

Pero me debo y te debo el hablar de los momentos que más disfruté. Claro que también hubo cosas buenas, afortunadamente tengo a mi cuaderno que me las recuerdas una por una al final del mes. Los niños fueron una de las chispas que iluminaron el viaje, nada espectacular, risas. Más que suficiente.

También notamos desde los primeros días que la gente canta mucho más que en otros país, extraña generalización pero una y otra vez descubrimos una cancioncita por aquí y por allá que nos transmitía una cierta ligereza de corazón y nos hacía sonreírnos el uno al otro. Varias veces se nos fueron rechazadas las propinas aún cuando creíamos ofrecerlas respetuosamente agradeciendo con señas el buen servicio; nos sorprendió y enterneció la humildad y  nos reconfortó el alma  comprobar que la amabilidad era totalmente desinteresada.

A diferencia de muchos otros países, los precios fueron justos desde el principio y con excepción de los taxistas, la negociación no se acepta fácilmente lo cual es completamente comprensible dada la sinceridad inicial. Nos divertimos jugando a hacer señas para obtener información, indicaciones, comidas y permiso para tomar fotos; un juego divertido que Anto sabe jugar perfectamente bien consiguiendo no solo la respuesta a la interrogante, sino también risas y sonrisas de los presentes por sus histriónicos desempeños.

Tal vez los mejores momentos los logré encontrar gracias a haber dejado por unas horas mis nostalgias en la mochila o tal vez simplemente porque la noche anterior tuvimos la suerte de dormir en un buen colchón y al día siguiente, con la cabeza y el cuerpo descansados,  todo parecía más fácil; o tal vez fueron los días en los que la comida me había hecho más feliz y mi día se iluminaba con esa energía. No sé.

Por lo que haya sido, disfruté como niña el festival de las luces y los globos en Pyin Oo Lwin, la feria, la rueda de la fortuna, la gente buscando su lugar entre la muchedumbre, las palomitas, el peligro de los fuegos pirotécnicos cayéndonos en la cabeza y haciéndonos correr a todos en direcciones caóticas, dándome una ligera idea de lo que ha de ser vivir un desastre natural en dónde la primera reacción humana es perder la calma.

Me encantó Mindat, un pequeño pueblito perdido entre las montañas del estado Chin al oeste del país. El camino para llegar ahí fue horrible, 6 horas de baches, vueltas, saltos y un deseo loco de estar en otro lugar y de poner en duda el costo beneficio de este destino. Llegamos con el frío y tres días después nos fuimos aún con más frío. En teoría esto debería de ser una agravante siendo yo una de las personas más friolentas que conozco, pero contrariamente, el frío parece haber despertado algunos de mis receptores atrofiados y respondí con una buena sonrisa, congelada pero sincera. Conocimos gente que nos hizo hablar, reír, comer y tomar y compensé rápidamente ,y por mucho, las otras impresiones que el país había ido dejando en mi a través de las semanas.

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La última parada fue Pakokku y como si Myanmar, amable, humilde y sin rencor alguno me dijera “quiéreme por favor” uno tras otro cayeron momentos mágicos, encuentros aleatorios y regalos inesperados que me hicieron pensar que finalmente no era ni ella, ni yo, si no que simplemente había estado en los lugares equivocados. Un monje filósofo, un padre católico afrancesado, una abuelita local, tierna y sorprendentemente bilingüe, una familia, una pelota y una sábana después, y todo parecía haber terminado de la manera correcta.

Myanmar nos despidió con su mejor cara y me subí al avión aún cansada pero feliz de haber estado. Sin arrepentimiento alguno y dándole las gracias por eso. Y para los que aún no se han cansado, ¡Nos vemos en Bali, Indonesia!

Tailandia. Entre el luto y las sonrisas.

No nos tomó más de unos cuantos días entender lo fácil que sería viajar un mes a través de Tailandia. La primera impresión que la capital proyectó sobre nosotros fue imponente, moderna, organizada y la gente no tardó en demostrarnos que su sonrisa no es ni falsa ni comprada.

Esperábamos a mis papás para pasar la segunda mitad del viaje, así que decidimos utilizar las primeras dos semanas para descubrir un poco el sur, conocido principalmente por sus playas, islas y por supuesto TURISTAS. Con toda premeditación nos dejamos llevar por la tentación y facilidad de ser un turista más, en una playa más, sin mucho trasfondo ni filosofía. Aunque tratamos constantemente y en vano de escapar de nuestra condición de “turistas” y preferimos que nos llamen “viajeros”, al final de cuentas cuando llegas a algunos lugares del mundo, hay que aceptar que solo eres uno más y de vez en cuando, se siente bastante bien. A pesar de ver pasar a un extranjero tras otro, Ko Tao nos recibió con las playas abiertas y se tragó nuestra primera semana en el país. Fuimos felices de dejarnos llevar por la isla y por la agradable compañía de Michel y María (aquí para leerlos), una pareja Franco-Española que conocimos en el barco rumbo a la isla y con quienes emprendimos caminata para buscar, como siempre, la mejor opción vista-calidad-precio. Al parecer 4 turistas piensan mejor que 1 porque unos minutos después y gracias a la amable ayuda de un local logramos encontrar la que sería nuestra residencia frente al mar con vecinos integrados. Finalmente, después de 5 días, los vecinos levaron las anclas para continuar su viaje al rededor del mundo, no sin antes echarnos unas ultimas cervecitas, contarnos un poco más de nuestras respectivas vidas y ponernos de acuerdo para encontrarnos algún día en algún lugar del mundo, cita tan vaga que será casi imposible no poder cumplir.

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Seguramente muchas cosas importantes pasaron en el mundo durante nuestra estancia en la isla, mundo del cual nos sentíamos completamente ajenos gracias al silencio interrumpido de vez en cuando por el canto muy matutino o muy nocturno de un gecko (si como nosotros ignorabas el canto del geko, helo aquí), pero sin duda uno de los acontecimientos más importantes, cuando menos para este país, sucedió el 13 de octubre cuando su Majestad el Rey Bhumibol Adulyadej falleció dejando el trono vacío, al país de luto y los bares sin fiestas.

Me tomó un buen rato, casi todo el mes, comprender la magnitud del evento social, político e histórico que estábamos viviendo en compañía de millones y millones de tailandeses que lloraban la muerte de su rey y mostraban su luto de todas las maneras posibles. La idea más clara en la que ellos lo expresaban y nosotros lo entendimos fue el color negro; jamás en mi vida había visto tanta gente de negro reunida, jamás había visto tantas veces la misma foto de una persona en tantos edificios oficiales, bancos, escuelas, transportes públicos, casas, restaurantes, jamás había visto a todo un mercado efervescente petrificarse al escuchar e himno nacional, ni la minuciosa y autoritaria organización policíaca en una gran avenida para despejarle el paso a la caravana Real. Tal parece que la unidad que le rey promovió iba y va más allá del miedo a la represión y la obligación de obedecer. Otro aspecto real pero menos flagrante a la vista de todos y mucho menos de los turistas, es, según nos explicaron, la represión que al parecer las autoridades han intensificado hacia todo tipo de muestra contra la realeza; casos de linchamientos por posts inapropiados en las redes sociales, agresiones, investigaciones y rondas por policías y militares a partir de la caída de la noche para asegurarse que nadie “celebre” la muerte del Rey tan idolatrado incluso a nivel de Dios por muchos de sus fieles ciudadanos. Pero tan contrastante y hermosa es la vida que mientras aquí todos se pintaban de negro, en Ensenada algún cuarto ya estaba pintado de azul bebé esperando el gran día. La vida que terminó y que termina día a día sigue resurgiendo en su ciclo interminable de renacimiento y esta vez le tocó a Mateo. Con todo mi amor le doy la bienvenida a este su mundo y a esta su vida.

Y de regreso a Tailandia y dejando a Mateo dormir, podría parecer contradictorio y absurdo pero a pesar de todo este negro y luto, las sonrisas de la gente y sobre todo la amabilidad, no parecen haberse visto afectadas. A pesar de haber comenzado por el sur, jamás tuvimos la sensación de ser engañados respecto a los precios, especialmente porque en casi todas partes se muestran claramente escritos, lo cual puede parecer irrelevante pero da tranquilidad, ahorra tiempo y evita negociaciones engorrosas y desconfiadas. Si eres un turista como Anto y sientes que si no regateas, la vida no es vida, entonces puede ser que tus días en este país sean un poco frustrantes. Si eres como yo, una inmensa paz y gratitud te invadirán.

Esta misma gratitud, que como tantos otros valores, cada  cultura tiene su forma muy única de expresar en Tailandia parece tener una conexión especial con los polímeros. En otras palabras, a los tailandeses les encanta el plástico. Es IMPRESIONANTE la cantidad de plástico que usan y la satisfacción que su cara refleja cuando se logran deshacer de él. Bolsas, bolsitas, cajas, cajitas, popotes, popotitos, todos ellos usados por minutos o incluso segundos. Incluso es posible que si te descuidas, como yo, buscando monedas para pagar, te entreguen una botella de agua de plástico, en una bolsa de plástico con dos popotes de plástico. Mi corazón ecológico sufrió enormemente todo este mes y aunque debo aceptar que es uno de los países más limpios que hemos visitado, estoy completamente segura que hay un lugar escondido en dónde todo este plástico es la decoración principal.  Me dí cuenta que no soy la única en haber notado esta fijación enfermiza por la sobre utilización de esta sustancia  cuando conocimos a Kirk Gillock en Prachuap Khiri Kahn. Kirk es el creador de The Plastic Bottle Boat, un proyecto que busca concientizar a los locales de la cantidad, uso y re-uso de los desechos que generan y que contaminan los litorales del  país. Pasamos una tarde excelente en compañía de este soñador gringo al estilo de Amélie, conociendo su historia, sus proyectos y su barco. Si quieren conocer a Kirk y seguirle los pasos a este magnífico ser humano y activista, los invito a visitar la página oficial del barquito.

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Y así entre una cosa y otra, las primeras dos semanas pasaron volando ¡y los pollos llegaron por la misma vía! Esos padres maravillosos que me regaló la vida y que me han seguido las locuras desde que llegué a este mundo. Decidimos que las siguientes dos semanas las pasaríamos en la parte norte del país donde consideramos que su experiencia tailandensa sería más novedosa, porque para playas paradisíacas, mi México.

Y así, dejamos la capital un día después de su llegada y comenzamos a recorrer kilómetros hacia el norte. Las siguientes 2 semanas estuvieron llenas de comidas (los más recomendados el típico Patthai o Pad Thai, Khao Soi y el Green Curry), cervecitas, templos, changos y sobre todo mucho amor. Viajar con mis padres varias veces me ha dado la oportunidad de conocerlos aún más, comprenderlos mejor, agradecerles todo el tiempo y el amor que me han dado y sobre todo verlos cada vez mas humanos, mas reales y mas imperfectos. Puede sonar poco romántico, pero al igual que las relaciones amorosas, no se ama completamente hasta que se conocen y se abrazan los defectos del otro. Poco a poco, con los años, la sinceridad, la cercanía, la distancia y el amor que fluye en todas las direcciones, estoy logrando amar cada vez más cada una de las cosas que puedo no compartir o no entender de ellos y de la misma forma  siento ese amor rebotar de ellos hacia mí, independientemente de lo que yo haga o deje de hacer.

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Durante estas dos semanas disfrute de poder conocer un país más en esta lista que estamos escribiendo y descubriendo, le dí gracias a la vida, una vez más, por tener un amigo y esposo que me ama como yo a él y que ama a mis padres casi casi como si fueran suyos y eso es un regalo que no se encuentra en todas partes; disfruté de tener a mi padre de colega y compañero de clase en un doloroso e intensivo curso de masaje tailandés, de perderme en los callejones de chinatown con mi madre sin prisas ni remordimientos por las compras que hicimos; tuvimos también el honor de experimentar la honestidad de los ciudadanos en muchas ocasiones, de disfrutar de la facilidad con la que se come en las calles sin ni siquiera poder esperar a sentir hambre ni tener que buscar opciones; agradecimos la seguridad que sentimos en cada calle, callejón, mercado y transporte público, tanto así que hasta mi padre (el desconfiado) se sintió relajado. Los únicos que lograron hacerle subir la guardia fueron los changos colgados de su mochila y al acecho de sus plátanos.

Y como buen ciclo, el mes llegó a su fin, los pollos volaron de regreso cargados de kilos y kilos de souvenirs tangibles e intangibles y nosotros volamos horas después a nuestro siguiente destino en el mapa: Yangon en Myanmar.

Pero esa, será otra historia.

 

 

 

 

 

 

Nepal. La vida y su ciclo mágico.

Un recordatorio de veintitantos días de que pase lo que pase, estamos juntos, el tiempo vuela, las cosas pasan, la vida sigue y nosotros seguimos… en el camino. Nepal nos regaló sensaciones lindas y fuertes; lugares, caras y emociones que no creo olvidar jamás; nos prestó a dos compañeros de viaje (que reencontramos después de India, Anne y Matthieu)  que nos hicieron sentir por un momento en un cierto lugar que semejaba una casa, un grupo de amigos; Anne, sin saberlo se convirtió por unos días en la representación virtual de todas mis amigas en una y me hizo bien, muy bien.

Nepal me recordó y me mostró que “los sabios ceden”, desde el inicio. Me recibieron en el aeropuerto con una sonrisa y la noticia de que ser mexicana, no funciona en la aduana nepalesa. Mi pasaporte mexicano no se dejó reconocer hasta que fue calificado como “sospechoso” lo cual me obligó a entrar al país como estadounidense contra mi voluntad patriótica en pleno mes de septiembre. Definitivamente hay cosas peores en el mundo así que después de una hora de dimes, diretes e intentos fallidos de sostener mi nopal en lo alto de mi frente, decidí CEDER , y me rendí ante la facilidad de ser gringa: ¡Welcome to Kathmandu!.

El primer día en las calles fue una dulce sorpresa, recibimos un “thank you”,  un “sorry” y varias sonrisas que nos hicieron convencernos que habíamos dejado la India muy atrás. Hay que aceptar que la comida es menos orgasmica que toda la que probamos durante el mes previo, pero el silencio (relativo) y el trato humano que recibimos de todos los extraños, fue un precio justo a pagar. Desde mi muy humilde punto de vista, Nepal tuvo todo lo bueno que India nos quedó debiendo con unas pizcas extras de tranquilidad, civismo y amabilidad.  Las semanas se fueron un poco como agua entre comunicaciones intuitivas con la gente que no masticaba el inglés, pequeños paseos en las montañas nubladas y aveces lluviosas, entre niñas coquetas que me explicaban con ojos y señas dónde vivían y gente dándonos instrucciones complejas en las calles con un solo movimiento de manos. La educación moral, cívica y familiar nos pareció tener una fuerza que traspasa muros, instituciones y regiones. Wikipedia es gratis desde tu celular nepalés, dato curioso que se agrega a nuestra lista de causas/efectos de nuestra buena impresión sobre le país. La religión es principalmente el hinduismo aunque el budismo está fuertemente presente e incluso diría, entremezclado con el primero.

Nepal también fue el lugar dónde nos reencontramos con Núria!  una españolita hiperactiva y de risa y sonrisas contagiosas que conocimos (junto a Eli, Ana y Angie) en Zanzibar hace alguno meses. Todas ellas pertenecen a un grupo cibernético que reúne viajer@s español@s que agarran camino y no le tienen miedo a la convivencia viajera. Esta vez no pudimos ver a las 3 chicas que la acompañaban en Zanzibar pero eso nos valió la suerte de conocer a JuanJo, Juan, Montse y Silvia, su nuevo grupo de viaje. Pasamos poco mas de 24 horas con este lindo grupo de personalidades muy variadas, amable, escandaloso y dicharachero y por motivos de planes cada uno tomamos un bus distinto y nos dijimos de nuevo “Hasta la próxima!”. ¡Quién sabe dónde! Gracias por esas horas llenas de comida y risas. Esperamos verlos pronto ya sea en México, España, Francia o…?

Esta vez la descripción del país no me tomará tanto como otros. No sé si sea porque Nepal me gustó tanto que no tengo más que agregar a ese veredicto. Definitivamente volvería. Definitivamente lo pongo en mi Top 3 de este viaje (al lado de Madagascar y Benin). Pero por más que guste y por más feliz que algo nos haga, hay que recordar la premisa de ese que dijo que lo único real en este mundo es el cambio constante y permanente. Y por mucho bien que algo nos haga, el cambio sigue, los países esperan y los planes cambian como cada día desde hace ya algunos días…

Varios me han comenzado a preguntar, más de lo habitual, “¿Cuándo regresan?”.

¿Será que ya comienza a ser tiempo?. Mi hermano me confesó que por algunas semanas olvidó que seguíamos viajando y cuando lo volvió a asimilar sintió cansancio ajeno. Si, a veces me canso. Pero estas últimas semanas han sido un reconfort físico, mental, emocional, nutricional y climático importante. Justo hoy, nos sentimos de vacaciones y creemos estar listos para retomar fuerzas durante nuestra estadía en Tailandia, que además de ser un país fácil para los turistas, me va a regalar 2 semanas con mis padres!. Antes de salir de México, le conté a mi abuela el trayecto que seguiríamos (o que pensábamos seguir), y lo primero que se le escapó fue  un “hay que flojera mijita…” y entiendo que pueda comenzar a verse así desde lejos. Hay días que yo misma lo pienso y me pregunto cual es la razón exacta por la que estamos haciendo esto el día de hoy.  Hay días que me respondo muy acertadamente, hay días que simplemente hago que se me olvide la pregunta con una película o con una buena plática con mi admirable compañero de viaje.

Nepal fue un país de sueños. Me hizo soñar con muchas cosas, yo diría exactamente 27 días de sueños, eso duró para mí. La tranquilidad de su cultura y su gente me regaló el silencio que no había tenido en India, el silencio que me faltaba para escuchar con claridad algunos sueños que viven en voz baja. Y todo esto me hizo hacer esta lista, mía y de la gente que me he encontrado últimamente. No creo que sea solo de la gente que viaja, es de todos los que viven. Pero bueno, estos últimos meses no he tenido mucho contacto con gente sedentaria.

¿Con que sueñan (soñamos) los viajeros crónicos?

  • A veces con regresar a casa.
  • Con tener un jardín dónde cultivar verduras.
  • Con que nos dejen de dar bolsas de plástico en todas partes.
  • Con dejar el trabajo que no les/nos gusta.
  • Con la esperanza de lograr integrarse a la próxima cultura dónde nos tocará vivir.
  • Con encontrar un trabajo que haga feliz y al mismo tiempo deje tiempo y dinero para viajar (más!) de vez en cuando.
  • Con abrir el negocio de sus sueños.
  • Con cambiar drásticamente de profesión.
  • Con cambiar sutilmente el giro de la profesión.
  • Con volver a ahorrar.
  • Con restaurantes con menús ilustrados que nos permitan adivinar como se va a ver realmente lo que nos comeremos.
  • Con ser papás algún día.
  • Con nunca tener hijos.
  • Con hacer rendir el dinero sin necesidad de tener mucho.
  • Con hoteles en los que el wifi funcione.
  • Con volver a tener carro.
  • Con volver a tener casa.
  • Con que la aseguranza cubra y reembolse lo que sea que pueda llegar a pasar durante el viaje.
  • Con un baño que huela a limpio.
  • Con poder dejar todo en la regadera sin miedo a que te roben el jabón…
  • Con volver a “casa” y re descubrir los kilos y kilos de cosas que hemos mandado durante meses por paquetería!
  • Con volver a tener a mi Kila y a mi Gali de mascotas… aunque no sea en el mismo país.
  • Con no tener que negociar el precio de todo lo que se quiere/necesita/compra.
  • Con volver a tener el control de mi estilo de vida (deporte y comida).
  • Con volver a ver un día a la gente linda que se conoció en el camino.
  • Con volver a algunos lugares.
  • Con jamás tener que volver a algunos otros.
  • Con un futuro profesional gratificante económica y emocionalmente.
  • Con ver a esos amigos que tanta falta hacen.
  • Con conocer a los hijos de los amigos que están lejos.
  • Con que las familias no cambien demasiado en nuestras ausencias; que nadie muera, se enferme, nos olvide, sufra…
  • Con que nadie cercano se case en nuestra ausencia! (egoístamente)
  • Con poder transportar a gente con el puro pensamiento.
  • Con la desaparición de las visas.
  • Con la extinción de los vendedores que te ven la cara con alevosía.
  • Con un poco de soledad y silencio.
  • Con jabones que huelan bien.
  • Con sol adecuado para que la ropa se seque y a la vez se pueda tomar una siesta sin necesidad de ventilador.
  • Con agua caliente en la regadera (de vez en cuando).
  • Con atardeceres sin mosquitos.
  • Con camiones de noche con buen reclinado y un aire acondicionado sutil.
  • Con almohadas sin olores a vidas pasadas…
  • Con menos azúcar en los tés y cafés.
  • Con puestos de comida buena, bonita y barata.
  • Con playas con arena finita, no arena que deja heridas (superfluo, pero importante).
  • Con electricidad suficiente para que la cámara y el teléfono no mueran.
  • Con nunca olvidar todo lo que hemos vivido.
  • Con no volver a sufrir por cosas que ya se sufrieron una vez.
  • Con volver un día y poder vivir sedentariamente sin sufrir los síntomas del virus del nómada eternamente insatisfecho.

Soñamos despiertos, porque en las noches dormimos profundamente, abrazados, sin pensar en el despertador que no sonará. Me duermo feliz por tener la dicha de olvidar de vez en cuando en dónde estoy, me bastan unos segundos para reconocer las coordenadas. Seguro hay más sueños, pero dicen que algunos se deben de guardar en secreto para que se cumplan más rápido…