Myanmar: no eres tu, soy yo.

Me temo que mi experiencia contigo fue completamente circunstancial, y por lo mismo hasta hace una semana estaba decidida a no escribirte un blog, porque no me parecía justo divulgar mi velada impresión sobre ti, sobre todo después de lo bien que nos trataste. Sería descortés y mal educado… aunque sincero. Estos últimos días fueron los mejores de todo el mes que viví contigo y solo por esto, inspirada nuevamente, decidí dejar los protocolos hipócritas y contar mi versión completa.

Tal vez debo comenzar por describirte muy somera y objetivamente, ya que hasta hace algunos meses ignoraba tu existencia y tal vez a alguien más le podría pasar igual.

Myanmar es un país situado en el sudeste asiático. Limitado por China, Laos, Tailandia, India y Bangladesh. Su ciudad mas poblada y activa es Rangún/Yangon aunque la verdadera capital es Naipyidó/Naypyidaw, una ciudad hasta la fecha casi fantasma, fundada en el 2005 por la dictadura militar que gobernó al país de 1962-2011 (y que al parecer sigue ocultamente bastante activa). El país obtuvo su independencia del Reino Unido en el 1948. Cuenta con 54 millones de habitantes. Existe una controversia respecto a su nombre, ya que Birmania sigue siendo reconocido por algunos gobiernos, mientras que la ONU y la Unión Europea aceptan el de Myanmar, nombre dado por el gobierno militar que tomó el poder en el 1989 gracias a un golpe de estado. Hasta hace algunos días que nos encontrábamos en el país, la represión militar seguía estando presente en la vida diaria de la gente y sobre todo hacia las minorías étnicas de las zonas más apartadas. A pesar de esto jamás sentimos la más mínima inseguridad o peligro y fue solo a través del dialogo con algunas de las personas que conocimos, capaces de hablar en inglés, que logramos entender un poco más al respecto. El 89% de la población es budista. En grandes rasgos, nombres, fechas y cifras, esta es Myanmar. Es por todo este trasfondo político-militar y cultural que decidimos que teníamos que ver este mágico país que hasta hace 6 años tuvo sus puertas cerradas al mundo y que se encuentra (supuestamente) en pleno despertar a la modernidad, antes de que fuera “demasiado tarde”. Era algo así como ir a conocer a un bebé que aún conserva su inocencia intacta. Suena un poco a circo, ahora que lo escribo. Las personas que habían estado hace meses o años nos contaban maravillas y nos llenamos la cabeza de ilusiones e imágenes utópicas.

Hasta aquí la realidad de wikipedia y de otros viajeros. Ahora viene la mía.

El primer día que puse los pies en tu capital ya estaba cansada. Me ahogó  el calor y la humedad que hace 9 meses no recuerdo me hubiera  pesado tanto en la costa oeste de África. Tus calles capitalinas polulantes de mendicidad religiosa y no religiosa, la suciedad y algunas otras imágenes sociales me hicieron de inmediato recordar una de las caras de India que menos aprecié. Después de Tailandia, tu comida ahogada en aceite y llena de sabores fuertes, aunque servida con un sin fin de platitos acompañantes, me saturó de inmediato y me hizo extrañar por primera vez en casi un año, la comida de mi casa. Hubieron días en los que extrañé incluso todo aquello que hace un año hubiera repudiado por bajo en fibra y alto en grasas saturadas y carbohidratos.

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Comencé a sentir una necesidad de comerme un sandwich, una hamburguesa, una pizza, cualquier cosa que no fuera arroz y aceite. Toqué fondo pues. Desde hace unas semanas las comidas familiares, fiestas o reuniones de amigos que me voy perdiendo me comienza a calar un poquito. Me llama mi gente, mi cultura, mi música. Jamás pensé sentir escalofríos al caminar por la calle bajo el sol escuchando una cumbia de Celso Piña. Jamás pensé que se me saliera una lágrima frente al Buda no. 2764 por tener un recuerdo aleatorio de mí regresando a nuestra última casa después de un día de trabajo, abrir la reja y ver a Kila y Gali recibiéndome; poder ir a la cocina, abrir el refrigerador, cocinar y comer rico. Sí, la comida es muy importante en mi vida, pero no es solo eso; los abuelos comienzan a resentir los años y por primera vez  lloré de imaginármelos cansados y no estando ahí.

Por eso te digo Myanmar que no eres tu, soy yo.

Volviendo a ti, desde las primeras noches nos dimos cuenta que nuestro presupuesto diario de viaje sería ocupado en gran parte por los discordantes precios de las habitaciones(20-30dlls), hasta ahora las más caras que hemos pagado en todo el viaje, sobre todo tomando en cuenta el valor de tu moneda ( 1 dólar = 1,285) y el costo promedio de una buena comida callejera (1000-1500). Tal vez sean los impuestos al recibir extranjeros, las infraestructuras públicas deficientes  o tal vez sea una forma efímera tuya de aprovechar del turismo que es la nueva principal actividad económica de varias de tus regiones. Hasta el momento no lo sé.

Llegué muy tarde a ti o llegaste muy tarde a mi. Supongo que fui yo, tu nunca te has movido de aquí. Cometí el error de compararte con todo lo demás que he visto en un año, ¿Pero qué quieres que haga? Es lo que se hacer con los recuerdos; relacionarlos, copiarlos, pegarlos y  observarlos. Confieso que a estas alturas de nuestro viaje no me siento tan exploradora, innovadora o arriesgada. Muy seguido me encuentro feliz en los silencios, sin mucha gente que me rodee y con los ojos bien abiertos; es por eso que esperaba menos de ti.

Menos de todo. Me doy cuenta de lo absurdo que es esto. Esperaba menos turistas. Te imaginaba virgen, inédita, en blanco y negro (¿más a la africana?). Egoísta visión de algunos turistas que parezco compartir el día de hoy, conquistadores frustrados que deseamos ser los primeros en pisar un suelo sin que nos importe mucho quién o qué pase después de nosotros. Tristemente me vendieron una imagen tuya tímida  y retraída y la compré. Pensaba infantilmente que al llegar a ti sería yo la que te sorprendería.

Llegué tarde. Me demostraste que en pocos años los turistas te encontraron y aprendiste rápido sobre la invasión de las cámaras y las mochilas en masa, la prostitución de algunos de los lugares más visitados y el pago de piso por ver una montaña, un lago, un amanecer y un pescador que ya no pesca mas que billetes.

También acepto que todo esto se lleva mal con mi innata falta de asombro ante lo majestuoso y mi crónica afición por enrollarme en las pequeñeces, que seguido me deja sin temas reales o espontáneos entre los otros turistas armados de guías viajeras, nombres, cifras, datos y cámaras con lentes imponentes y roba-almas. Me compré la expectativa narrada y dibujada por otros pero se me olvidó que me tocaba colorearla a mi y nomás no me salió. Fuiste un país amable, sonriente, lleno de historias, pero no eres tu, fui yo la que no supe acomodarme.

Creo que todo tiene uno o varios tiempos ideales en esta vida, momentos de alineación, de magia, de chispa. Te hubiera amado en otro momento. Así como se aman con nostalgia esos amores que nunca llegaron a serlo por culpa de relojes mal sincronizados. Conocerte fue como ver una muy buena película… después de haber visto otras 12 seguidas. El cansancio diluyó el impacto y la impresión.

Pero me debo y te debo el hablar de los momentos que más disfruté. Claro que también hubo cosas buenas, afortunadamente tengo a mi cuaderno que me las recuerdas una por una al final del mes. Los niños fueron una de las chispas que iluminaron el viaje, nada espectacular, risas. Más que suficiente.

También notamos desde los primeros días que la gente canta mucho más que en otros país, extraña generalización pero una y otra vez descubrimos una cancioncita por aquí y por allá que nos transmitía una cierta ligereza de corazón y nos hacía sonreírnos el uno al otro. Varias veces se nos fueron rechazadas las propinas aún cuando creíamos ofrecerlas respetuosamente agradeciendo con señas el buen servicio; nos sorprendió y enterneció la humildad y  nos reconfortó el alma  comprobar que la amabilidad era totalmente desinteresada.

A diferencia de muchos otros países, los precios fueron justos desde el principio y con excepción de los taxistas, la negociación no se acepta fácilmente lo cual es completamente comprensible dada la sinceridad inicial. Nos divertimos jugando a hacer señas para obtener información, indicaciones, comidas y permiso para tomar fotos; un juego divertido que Anto sabe jugar perfectamente bien consiguiendo no solo la respuesta a la interrogante, sino también risas y sonrisas de los presentes por sus histriónicos desempeños.

Tal vez los mejores momentos los logré encontrar gracias a haber dejado por unas horas mis nostalgias en la mochila o tal vez simplemente porque la noche anterior tuvimos la suerte de dormir en un buen colchón y al día siguiente, con la cabeza y el cuerpo descansados,  todo parecía más fácil; o tal vez fueron los días en los que la comida me había hecho más feliz y mi día se iluminaba con esa energía. No sé.

Por lo que haya sido, disfruté como niña el festival de las luces y los globos en Pyin Oo Lwin, la feria, la rueda de la fortuna, la gente buscando su lugar entre la muchedumbre, las palomitas, el peligro de los fuegos pirotécnicos cayéndonos en la cabeza y haciéndonos correr a todos en direcciones caóticas, dándome una ligera idea de lo que ha de ser vivir un desastre natural en dónde la primera reacción humana es perder la calma.

Me encantó Mindat, un pequeño pueblito perdido entre las montañas del estado Chin al oeste del país. El camino para llegar ahí fue horrible, 6 horas de baches, vueltas, saltos y un deseo loco de estar en otro lugar y de poner en duda el costo beneficio de este destino. Llegamos con el frío y tres días después nos fuimos aún con más frío. En teoría esto debería de ser una agravante siendo yo una de las personas más friolentas que conozco, pero contrariamente, el frío parece haber despertado algunos de mis receptores atrofiados y respondí con una buena sonrisa, congelada pero sincera. Conocimos gente que nos hizo hablar, reír, comer y tomar y compensé rápidamente ,y por mucho, las otras impresiones que el país había ido dejando en mi a través de las semanas.

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La última parada fue Pakokku y como si Myanmar, amable, humilde y sin rencor alguno me dijera “quiéreme por favor” uno tras otro cayeron momentos mágicos, encuentros aleatorios y regalos inesperados que me hicieron pensar que finalmente no era ni ella, ni yo, si no que simplemente había estado en los lugares equivocados. Un monje filósofo, un padre católico afrancesado, una abuelita local, tierna y sorprendentemente bilingüe, una familia, una pelota y una sábana después, y todo parecía haber terminado de la manera correcta.

Myanmar nos despidió con su mejor cara y me subí al avión aún cansada pero feliz de haber estado. Sin arrepentimiento alguno y dándole las gracias por eso. Y para los que aún no se han cansado, ¡Nos vemos en Bali, Indonesia!

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Tailandia. Entre el luto y las sonrisas.

No nos tomó más de unos cuantos días entender lo fácil que sería viajar un mes a través de Tailandia. La primera impresión que la capital proyectó sobre nosotros fue imponente, moderna, organizada y la gente no tardó en demostrarnos que su sonrisa no es ni falsa ni comprada.

Esperábamos a mis papás para pasar la segunda mitad del viaje, así que decidimos utilizar las primeras dos semanas para descubrir un poco el sur, conocido principalmente por sus playas, islas y por supuesto TURISTAS. Con toda premeditación nos dejamos llevar por la tentación y facilidad de ser un turista más, en una playa más, sin mucho trasfondo ni filosofía. Aunque tratamos constantemente y en vano de escapar de nuestra condición de “turistas” y preferimos que nos llamen “viajeros”, al final de cuentas cuando llegas a algunos lugares del mundo, hay que aceptar que solo eres uno más y de vez en cuando, se siente bastante bien. A pesar de ver pasar a un extranjero tras otro, Ko Tao nos recibió con las playas abiertas y se tragó nuestra primera semana en el país. Fuimos felices de dejarnos llevar por la isla y por la agradable compañía de Michel y María (aquí para leerlos), una pareja Franco-Española que conocimos en el barco rumbo a la isla y con quienes emprendimos caminata para buscar, como siempre, la mejor opción vista-calidad-precio. Al parecer 4 turistas piensan mejor que 1 porque unos minutos después y gracias a la amable ayuda de un local logramos encontrar la que sería nuestra residencia frente al mar con vecinos integrados. Finalmente, después de 5 días, los vecinos levaron las anclas para continuar su viaje al rededor del mundo, no sin antes echarnos unas ultimas cervecitas, contarnos un poco más de nuestras respectivas vidas y ponernos de acuerdo para encontrarnos algún día en algún lugar del mundo, cita tan vaga que será casi imposible no poder cumplir.

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Seguramente muchas cosas importantes pasaron en el mundo durante nuestra estancia en la isla, mundo del cual nos sentíamos completamente ajenos gracias al silencio interrumpido de vez en cuando por el canto muy matutino o muy nocturno de un gecko (si como nosotros ignorabas el canto del geko, helo aquí), pero sin duda uno de los acontecimientos más importantes, cuando menos para este país, sucedió el 13 de octubre cuando su Majestad el Rey Bhumibol Adulyadej falleció dejando el trono vacío, al país de luto y los bares sin fiestas.

Me tomó un buen rato, casi todo el mes, comprender la magnitud del evento social, político e histórico que estábamos viviendo en compañía de millones y millones de tailandeses que lloraban la muerte de su rey y mostraban su luto de todas las maneras posibles. La idea más clara en la que ellos lo expresaban y nosotros lo entendimos fue el color negro; jamás en mi vida había visto tanta gente de negro reunida, jamás había visto tantas veces la misma foto de una persona en tantos edificios oficiales, bancos, escuelas, transportes públicos, casas, restaurantes, jamás había visto a todo un mercado efervescente petrificarse al escuchar e himno nacional, ni la minuciosa y autoritaria organización policíaca en una gran avenida para despejarle el paso a la caravana Real. Tal parece que la unidad que le rey promovió iba y va más allá del miedo a la represión y la obligación de obedecer. Otro aspecto real pero menos flagrante a la vista de todos y mucho menos de los turistas, es, según nos explicaron, la represión que al parecer las autoridades han intensificado hacia todo tipo de muestra contra la realeza; casos de linchamientos por posts inapropiados en las redes sociales, agresiones, investigaciones y rondas por policías y militares a partir de la caída de la noche para asegurarse que nadie “celebre” la muerte del Rey tan idolatrado incluso a nivel de Dios por muchos de sus fieles ciudadanos. Pero tan contrastante y hermosa es la vida que mientras aquí todos se pintaban de negro, en Ensenada algún cuarto ya estaba pintado de azul bebé esperando el gran día. La vida que terminó y que termina día a día sigue resurgiendo en su ciclo interminable de renacimiento y esta vez le tocó a Mateo. Con todo mi amor le doy la bienvenida a este su mundo y a esta su vida.

Y de regreso a Tailandia y dejando a Mateo dormir, podría parecer contradictorio y absurdo pero a pesar de todo este negro y luto, las sonrisas de la gente y sobre todo la amabilidad, no parecen haberse visto afectadas. A pesar de haber comenzado por el sur, jamás tuvimos la sensación de ser engañados respecto a los precios, especialmente porque en casi todas partes se muestran claramente escritos, lo cual puede parecer irrelevante pero da tranquilidad, ahorra tiempo y evita negociaciones engorrosas y desconfiadas. Si eres un turista como Anto y sientes que si no regateas, la vida no es vida, entonces puede ser que tus días en este país sean un poco frustrantes. Si eres como yo, una inmensa paz y gratitud te invadirán.

Esta misma gratitud, que como tantos otros valores, cada  cultura tiene su forma muy única de expresar en Tailandia parece tener una conexión especial con los polímeros. En otras palabras, a los tailandeses les encanta el plástico. Es IMPRESIONANTE la cantidad de plástico que usan y la satisfacción que su cara refleja cuando se logran deshacer de él. Bolsas, bolsitas, cajas, cajitas, popotes, popotitos, todos ellos usados por minutos o incluso segundos. Incluso es posible que si te descuidas, como yo, buscando monedas para pagar, te entreguen una botella de agua de plástico, en una bolsa de plástico con dos popotes de plástico. Mi corazón ecológico sufrió enormemente todo este mes y aunque debo aceptar que es uno de los países más limpios que hemos visitado, estoy completamente segura que hay un lugar escondido en dónde todo este plástico es la decoración principal.  Me dí cuenta que no soy la única en haber notado esta fijación enfermiza por la sobre utilización de esta sustancia  cuando conocimos a Kirk Gillock en Prachuap Khiri Kahn. Kirk es el creador de The Plastic Bottle Boat, un proyecto que busca concientizar a los locales de la cantidad, uso y re-uso de los desechos que generan y que contaminan los litorales del  país. Pasamos una tarde excelente en compañía de este soñador gringo al estilo de Amélie, conociendo su historia, sus proyectos y su barco. Si quieren conocer a Kirk y seguirle los pasos a este magnífico ser humano y activista, los invito a visitar la página oficial del barquito.

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Y así entre una cosa y otra, las primeras dos semanas pasaron volando ¡y los pollos llegaron por la misma vía! Esos padres maravillosos que me regaló la vida y que me han seguido las locuras desde que llegué a este mundo. Decidimos que las siguientes dos semanas las pasaríamos en la parte norte del país donde consideramos que su experiencia tailandensa sería más novedosa, porque para playas paradisíacas, mi México.

Y así, dejamos la capital un día después de su llegada y comenzamos a recorrer kilómetros hacia el norte. Las siguientes 2 semanas estuvieron llenas de comidas (los más recomendados el típico Patthai o Pad Thai, Khao Soi y el Green Curry), cervecitas, templos, changos y sobre todo mucho amor. Viajar con mis padres varias veces me ha dado la oportunidad de conocerlos aún más, comprenderlos mejor, agradecerles todo el tiempo y el amor que me han dado y sobre todo verlos cada vez mas humanos, mas reales y mas imperfectos. Puede sonar poco romántico, pero al igual que las relaciones amorosas, no se ama completamente hasta que se conocen y se abrazan los defectos del otro. Poco a poco, con los años, la sinceridad, la cercanía, la distancia y el amor que fluye en todas las direcciones, estoy logrando amar cada vez más cada una de las cosas que puedo no compartir o no entender de ellos y de la misma forma  siento ese amor rebotar de ellos hacia mí, independientemente de lo que yo haga o deje de hacer.

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Durante estas dos semanas disfrute de poder conocer un país más en esta lista que estamos escribiendo y descubriendo, le dí gracias a la vida, una vez más, por tener un amigo y esposo que me ama como yo a él y que ama a mis padres casi casi como si fueran suyos y eso es un regalo que no se encuentra en todas partes; disfruté de tener a mi padre de colega y compañero de clase en un doloroso e intensivo curso de masaje tailandés, de perderme en los callejones de chinatown con mi madre sin prisas ni remordimientos por las compras que hicimos; tuvimos también el honor de experimentar la honestidad de los ciudadanos en muchas ocasiones, de disfrutar de la facilidad con la que se come en las calles sin ni siquiera poder esperar a sentir hambre ni tener que buscar opciones; agradecimos la seguridad que sentimos en cada calle, callejón, mercado y transporte público, tanto así que hasta mi padre (el desconfiado) se sintió relajado. Los únicos que lograron hacerle subir la guardia fueron los changos colgados de su mochila y al acecho de sus plátanos.

Y como buen ciclo, el mes llegó a su fin, los pollos volaron de regreso cargados de kilos y kilos de souvenirs tangibles e intangibles y nosotros volamos horas después a nuestro siguiente destino en el mapa: Yangon en Myanmar.

Pero esa, será otra historia.

 

 

 

 

 

 

Nepal. La vida y su ciclo mágico.

Un recordatorio de veintitantos días de que pase lo que pase, estamos juntos, el tiempo vuela, las cosas pasan, la vida sigue y nosotros seguimos… en el camino. Nepal nos regaló sensaciones lindas y fuertes; lugares, caras y emociones que no creo olvidar jamás; nos prestó a dos compañeros de viaje (que reencontramos después de India, Anne y Matthieu)  que nos hicieron sentir por un momento en un cierto lugar que semejaba una casa, un grupo de amigos; Anne, sin saberlo se convirtió por unos días en la representación virtual de todas mis amigas en una y me hizo bien, muy bien.

Nepal me recordó y me mostró que “los sabios ceden”, desde el inicio. Me recibieron en el aeropuerto con una sonrisa y la noticia de que ser mexicana, no funciona en la aduana nepalesa. Mi pasaporte mexicano no se dejó reconocer hasta que fue calificado como “sospechoso” lo cual me obligó a entrar al país como estadounidense contra mi voluntad patriótica en pleno mes de septiembre. Definitivamente hay cosas peores en el mundo así que después de una hora de dimes, diretes e intentos fallidos de sostener mi nopal en lo alto de mi frente, decidí CEDER , y me rendí ante la facilidad de ser gringa: ¡Welcome to Kathmandu!.

El primer día en las calles fue una dulce sorpresa, recibimos un “thank you”,  un “sorry” y varias sonrisas que nos hicieron convencernos que habíamos dejado la India muy atrás. Hay que aceptar que la comida es menos orgasmica que toda la que probamos durante el mes previo, pero el silencio (relativo) y el trato humano que recibimos de todos los extraños, fue un precio justo a pagar. Desde mi muy humilde punto de vista, Nepal tuvo todo lo bueno que India nos quedó debiendo con unas pizcas extras de tranquilidad, civismo y amabilidad.  Las semanas se fueron un poco como agua entre comunicaciones intuitivas con la gente que no masticaba el inglés, pequeños paseos en las montañas nubladas y aveces lluviosas, entre niñas coquetas que me explicaban con ojos y señas dónde vivían y gente dándonos instrucciones complejas en las calles con un solo movimiento de manos. La educación moral, cívica y familiar nos pareció tener una fuerza que traspasa muros, instituciones y regiones. Wikipedia es gratis desde tu celular nepalés, dato curioso que se agrega a nuestra lista de causas/efectos de nuestra buena impresión sobre le país. La religión es principalmente el hinduismo aunque el budismo está fuertemente presente e incluso diría, entremezclado con el primero.

Nepal también fue el lugar dónde nos reencontramos con Núria!  una españolita hiperactiva y de risa y sonrisas contagiosas que conocimos (junto a Eli, Ana y Angie) en Zanzibar hace alguno meses. Todas ellas pertenecen a un grupo cibernético que reúne viajer@s español@s que agarran camino y no le tienen miedo a la convivencia viajera. Esta vez no pudimos ver a las 3 chicas que la acompañaban en Zanzibar pero eso nos valió la suerte de conocer a JuanJo, Juan, Montse y Silvia, su nuevo grupo de viaje. Pasamos poco mas de 24 horas con este lindo grupo de personalidades muy variadas, amable, escandaloso y dicharachero y por motivos de planes cada uno tomamos un bus distinto y nos dijimos de nuevo “Hasta la próxima!”. ¡Quién sabe dónde! Gracias por esas horas llenas de comida y risas. Esperamos verlos pronto ya sea en México, España, Francia o…?

Esta vez la descripción del país no me tomará tanto como otros. No sé si sea porque Nepal me gustó tanto que no tengo más que agregar a ese veredicto. Definitivamente volvería. Definitivamente lo pongo en mi Top 3 de este viaje (al lado de Madagascar y Benin). Pero por más que guste y por más feliz que algo nos haga, hay que recordar la premisa de ese que dijo que lo único real en este mundo es el cambio constante y permanente. Y por mucho bien que algo nos haga, el cambio sigue, los países esperan y los planes cambian como cada día desde hace ya algunos días…

Varios me han comenzado a preguntar, más de lo habitual, “¿Cuándo regresan?”.

¿Será que ya comienza a ser tiempo?. Mi hermano me confesó que por algunas semanas olvidó que seguíamos viajando y cuando lo volvió a asimilar sintió cansancio ajeno. Si, a veces me canso. Pero estas últimas semanas han sido un reconfort físico, mental, emocional, nutricional y climático importante. Justo hoy, nos sentimos de vacaciones y creemos estar listos para retomar fuerzas durante nuestra estadía en Tailandia, que además de ser un país fácil para los turistas, me va a regalar 2 semanas con mis padres!. Antes de salir de México, le conté a mi abuela el trayecto que seguiríamos (o que pensábamos seguir), y lo primero que se le escapó fue  un “hay que flojera mijita…” y entiendo que pueda comenzar a verse así desde lejos. Hay días que yo misma lo pienso y me pregunto cual es la razón exacta por la que estamos haciendo esto el día de hoy.  Hay días que me respondo muy acertadamente, hay días que simplemente hago que se me olvide la pregunta con una película o con una buena plática con mi admirable compañero de viaje.

Nepal fue un país de sueños. Me hizo soñar con muchas cosas, yo diría exactamente 27 días de sueños, eso duró para mí. La tranquilidad de su cultura y su gente me regaló el silencio que no había tenido en India, el silencio que me faltaba para escuchar con claridad algunos sueños que viven en voz baja. Y todo esto me hizo hacer esta lista, mía y de la gente que me he encontrado últimamente. No creo que sea solo de la gente que viaja, es de todos los que viven. Pero bueno, estos últimos meses no he tenido mucho contacto con gente sedentaria.

¿Con que sueñan (soñamos) los viajeros crónicos?

  • A veces con regresar a casa.
  • Con tener un jardín dónde cultivar verduras.
  • Con que nos dejen de dar bolsas de plástico en todas partes.
  • Con dejar el trabajo que no les/nos gusta.
  • Con la esperanza de lograr integrarse a la próxima cultura dónde nos tocará vivir.
  • Con encontrar un trabajo que haga feliz y al mismo tiempo deje tiempo y dinero para viajar (más!) de vez en cuando.
  • Con abrir el negocio de sus sueños.
  • Con cambiar drásticamente de profesión.
  • Con cambiar sutilmente el giro de la profesión.
  • Con volver a ahorrar.
  • Con restaurantes con menús ilustrados que nos permitan adivinar como se va a ver realmente lo que nos comeremos.
  • Con ser papás algún día.
  • Con nunca tener hijos.
  • Con hacer rendir el dinero sin necesidad de tener mucho.
  • Con hoteles en los que el wifi funcione.
  • Con volver a tener carro.
  • Con volver a tener casa.
  • Con que la aseguranza cubra y reembolse lo que sea que pueda llegar a pasar durante el viaje.
  • Con un baño que huela a limpio.
  • Con poder dejar todo en la regadera sin miedo a que te roben el jabón…
  • Con volver a “casa” y re descubrir los kilos y kilos de cosas que hemos mandado durante meses por paquetería!
  • Con volver a tener a mi Kila y a mi Gali de mascotas… aunque no sea en el mismo país.
  • Con no tener que negociar el precio de todo lo que se quiere/necesita/compra.
  • Con volver a tener el control de mi estilo de vida (deporte y comida).
  • Con volver a ver un día a la gente linda que se conoció en el camino.
  • Con volver a algunos lugares.
  • Con jamás tener que volver a algunos otros.
  • Con un futuro profesional gratificante económica y emocionalmente.
  • Con ver a esos amigos que tanta falta hacen.
  • Con conocer a los hijos de los amigos que están lejos.
  • Con que las familias no cambien demasiado en nuestras ausencias; que nadie muera, se enferme, nos olvide, sufra…
  • Con que nadie cercano se case en nuestra ausencia! (egoístamente)
  • Con poder transportar a gente con el puro pensamiento.
  • Con la desaparición de las visas.
  • Con la extinción de los vendedores que te ven la cara con alevosía.
  • Con un poco de soledad y silencio.
  • Con jabones que huelan bien.
  • Con sol adecuado para que la ropa se seque y a la vez se pueda tomar una siesta sin necesidad de ventilador.
  • Con agua caliente en la regadera (de vez en cuando).
  • Con atardeceres sin mosquitos.
  • Con camiones de noche con buen reclinado y un aire acondicionado sutil.
  • Con almohadas sin olores a vidas pasadas…
  • Con menos azúcar en los tés y cafés.
  • Con puestos de comida buena, bonita y barata.
  • Con playas con arena finita, no arena que deja heridas (superfluo, pero importante).
  • Con electricidad suficiente para que la cámara y el teléfono no mueran.
  • Con nunca olvidar todo lo que hemos vivido.
  • Con no volver a sufrir por cosas que ya se sufrieron una vez.
  • Con volver un día y poder vivir sedentariamente sin sufrir los síntomas del virus del nómada eternamente insatisfecho.

Soñamos despiertos, porque en las noches dormimos profundamente, abrazados, sin pensar en el despertador que no sonará. Me duermo feliz por tener la dicha de olvidar de vez en cuando en dónde estoy, me bastan unos segundos para reconocer las coordenadas. Seguro hay más sueños, pero dicen que algunos se deben de guardar en secreto para que se cumplan más rápido…