12 meses de papás a la francesa.

Dentro de 7 días hará un año que llegamos aquí y poco a poco la vida ha ido tomando un color distinto.

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Las calles ya no parecen las mismas, los olores son más familiares, los paisajes han cambiado día a día y lentamente parecen irme siguiendo el paso. O yo a ellos.

El plan de vida sigue siendo cambiante, irregular y secreto, como nos gusta.

La casa sigue siendo la misma. Pequeña, fresca durante el verano, húmeda en invierno, impráctica en sus espacios. Pero las paredes parecen escuchar menos y hablar más. Los tantos escalones que separan un piso del otro ya no parecen esconder frases melancólicas ni frío del invierno gris en el que llegamos, ahora son cálidas gracias al sol que pegó fuerte durante el verano y parece haberlas transformado. Ahora los escalones parecen tener historias hechas tapete. Todo parece respirar más y mejor.

Me siento en casa. Una casa más, distinta a todas las demás. Tengo un jardín frontal eternamente verde (a excepción de cuando se cubre de nieve) y denso que no me pertenece, pero me da los buenos días y las buenas noches sin que parezca importarle.

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De no ser por Jazmín no estaría escribiendo todo eso (cabe mencionar que estas líneas llevan escritas más de un mes, esperándome a que les dedique unas horas). Tal vez lo habría escrito después y distinto. El artículo que Jaz me envió me hizo sentir acompañada por esa americana desconocida con la que parezco compartir mi vida en la distancia, separadas por algunos kilómetros y bastos campos de lavanda.

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Me pareció un buen detalle para con ustedes y divertido para mí, el prestarles mis ojos, traérmelos de visita, dejarlos pasar en nuestra pequeña sala, acomodarlos y brindarles café después de haber hecho a un lado la caja de juguetes de Fabio. Espero estén cómodos. Esta es nuestra vida en Francia.

Mis días aquí son ensayos. Intentos de perfeccionar, por pura convicción y amor, una técnica de vivir que no es la mía por naturaleza. Formas de hacer las cosas que me siguen impresionando, sorprendiendo, molestando, alterando y agradando. Todo al mismo tiempo. La cultura francesa comienza a ser ante mis ojos, esa amiga querida a la que le tienes tanta confianza y amor que te atreves sin titubear a criticarla a sus espaldas, porque todo esto ella ya lo sabe, ya se lo has dicho y no pasa nada. Sigue siendo una de las mejores.
Fracia ya sabe todo esto que les voy a contar.

Nuestra relación de amistad comenzó hace 9 años.

Los tonos con los que la vida se pinta de este lado del mundo me han ido pareciendo más y más familiares a lo largo de mi última década de vida. Pero este último año ha sido especial. Este último año ha sido de inmersión completa, de “integración” total. A los franceses les encanta usar la palabra “integración” para describir el reto que consideran casi inalcanzable cuando hablan de nosotros los migrantes y nuestra forma de adaptarnos a su cultura.
Me halaga y me apena que a mucha gente le incomode el hecho de llamarme migrante, sobre todo a la vieja generación que tiene tendencia a sentir esa palabra como un concepto muy cercano a una ofensa. Yo, por mi parte trato de presumir mi “migrantitud” a donde sea que voy (tampoco es como que lo puedo esconder mucho….).
Me divierte y me enorgullece recordarles de dónde vengo, cómo una forma de aferrarme a mis raíces que a veces se entrelazan delicadamente con mis nuevas costumbres y rituales, y como todas las mezclas, se transforman y me transforman poco a poco.

Claro que la vida aquí es distinta a lo que conocí hasta mis 20 años y no me es difícil el entender por que todo me parece tan distinto cuando hasta las noches lo son.

La cultura francesa es rica en rituales, en costumbres respetadas por generaciones, en silenciosos sobreentendidos sociales que no me dejan de sorprender.
Como una orquesta esparcida en una ciudad, que toca la misma pieza musical al mismo tiempo y sin necesidad de inter comunicación o director. Un vals en el que los instrumentos, las faldas y los pies parecen respetar un ritmo natural, lógico, único, sin profesor. Los rituales comienzan a existir desde antes que los franceses mismos lo hagan. Los niños nacen y crecen envueltos por “les savoir faire” de todos los que lo rodean. Y el resultado es exquisito.

La noche, por ejemplo, comienza con el ritual de “les volets”. Esas hermosas y coloridas pestañas de madera, aluminio o plástico, que protegen las ventanas de casi cada casa en este país.

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Porque la noche debe de ser oscura, secreta y sagrada.

Les volets son una forma de controlar la luz, el tiempo y el entorno sin por eso agredirlo. Hay que tenerles mucho respeto ya que pueden llegar a poner en jaque el ciclo circadiano de algún turista distraido, jetalgueado y sin despertador.

Estoy feliz de empezar a aprender a vivir la vida de aquí al mismo tiempo que Fabio comienza a vivir la suya.

Todos dicen que no hay manuales para educar a los hijos, pero en esta sociedad he encontrado lo más parecido a un manual discreto, silencioso y a la vez estricto sobre las cosas que se deben, se pueden y no se pueden hacer con un niño.

No voy a mentir, al inicio, recién llegada y apenas remojada en una nueva cultura, puede llegarse a sentirse como una agresión el que la gente asuma que hay una sola y correcta manera de criar a un hijo. La francesa.
Desde el “liniment” (esa crema que todas las nalgas de Francia menores de 2 años deben de traer embarrada por decreto de Dios y tal vez ¿los pediatras…?), hasta la forma en la que hay que alimentar y llevar a dormir al “bout de choux”.
Pero llega un momento en el que toda esta aparente osadía y entromisión se logra aceptar humildemente. El momento en el que, habiéndolos puesto a prueba, algunos de los consejos parecen funcionar mágicamente. A partir de ese momento se gana la batalla contra el orgullo, el método se adopta con fervor y el ritual se convierte en religión.
Un buen ejemplo de esto son las noches de Fabio que aunque lejos de ser perfectas parecen mejorar de noche en noche. El ritual nocturno no falta y no falla. Es un momento que nos tranquiliza a ambos, igual que a todos los niños franceses que conozco. Fabio sabe que más a o menos a las 9:00 de la noche, cuando su lámpara de gato se prende, yo tomo el libro en la manos y él tiene su Doudou en brazos, no hay mucho que hacer más que rendirse ante el sueño.
Para mí es un placer delicioso el acostarlo en su cuna aún con los ojos bien abiertos y poder cerrar la puerta sin escuchar un solo llanto.

No todas las noches son así pero es hermoso llegar a tener ese dialogo sin palabras que marca el cierre de nuestros días juntos.

El Doudou fue un tema que a lo largo de estos últimos años me ha hecho experimentar muchos sentimientos encontrados. El doudou es ese monito al que el niño se aferra apasionadamente como si su vida dependiera de él. Y de una forma psicológica y emocional parece ser así. La dependencia entre niños y pedazos de tela me causaba un poco de incomodidad, sobre todo al toparme en las calles con imágenes de niños de 6 años que parecían no poder dar un paso sin chupón en boca y doudou bajo el brazo. El chupón también es otro tema muy francés, tanto que hasta la guardería les dedica una parte del cuestionario de inscripción. Pero como para todo hay un límite, me parece sano y tierno cuando el doudou se convierte más en un amigo que nos ayuda a todos en el momento en el que más lo necesitamos.

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Nuestro Doudou (algunos lo reconocerán) vive en la cuna y en la pañalera y le recuerda a Fabio que si están juntos es porque hay que dormir.

Después de una buena noche de sueño reparador, comienza el día. Como es cierto en cualquier lugar del mundo, los días no comienzan igual. Un lunes no comenzará de la misma manera que un sábado, ni mucho menos que un domingo. Tal vez lo único que en realidad cambia aquí es el olor a mantequilla y lavanda mezclados en el aire en diferentes proporciones según el día de la semana.

Para mí, iniciar el día es sinónimo de comer. Desde hace años mi visión y mi relación con la comida ha ido evolucionando. Desde un punto de vista personal, después de mi periodo de sobrepeso y depresión, y en paralelo a mi transformación de paradigmas profesionales hacia una medicina preventiva y enfocada en la nutrición como mi piedra angular y mi brújula.

Gracias a la importancia que tiene en mi vida el tema de la comida, en este último año he podido comenzar a entender no solo cómo ve el pueblo francés la comida sino también cómo lo hace la comunidad médica especializada en el tema, y me he enamorado aún más.

La comida en Francia es una religión. La cocina, sus ingredientes y sus reglas son más respetados aquí que la misa del domingo en mi México norteño. Aquí TODAS las familias parecen respetar las reglas no escritas de este ritual ancestral que se encargar de nutrir el cuerpo y alimentar el alma. Respeto enormemente este detalle de la cotidianidad que como Astrid y cómo médico me parece esencial y poderoso.

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En Francia los adultos comemos 3 veces, con opción a una cuarta en situaciones especiales. Los niños comen 4.

Desde que comencé a conocer la cultura francesa me fascinó lo precisos y predecibles que podían llegar a ser los momentos en la mesa sin por esto restarles magia y sinceridad. Esta precisión se puede sentir en los horario de comidas e incluso en el ritmo al que baila esta misma.

El desayuno es en general, como su nombre lo dice, “petit” y más o menos solitario. No amerita gran fesitvidad a menos que la noche anterior haya estado cargada de alcohol y fiesta, en ese caso es seguro que les croissants et les pains aux chocolat (chocolatine pour les rebels…) serán obligatorios la mañana siguiente. Podemos verlo como la versión chic de nuestro menudo y birria.
En cualquier otra mañana “normal” es más común encontrar sobre la mesa una rebanada de buen pan, mantequilla, miel, mermelada, café… et c´est fini!

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Pronta y sin retardo alguno (dependiendo la casa o el lugar en el que nos encuentremos) llega la comida.

Entre las 12h y las 14h todo Francia come.

A esta hora no se llama a las casas, no se pasa a saludar (a menos que hayas recibido una invitación a comer, en ese caso el protocolo es otro), a los restaurantes se llega puntual para poder ser servido.

En Francia un restaurante está lejos de ser ese del que habla tu mamá cuando te dice que su cocina no es uno de ellos.

La cuarta comida a la que todos los niños tienen derecho (u obligación) y al que alguno que otro adultos se cuela es “le goûter”. A las 16h todos los niños de Francia comen algo casi siempre dulce, los adultos preferirán acopañarlo tal vez de un café.
Los jugos gástricos comienzan a secretarse de nuevo a las 19h para los que saben que hay un “apéro” (apertivo) que los espera o a las 20h para los que decidieron cenar en casa o en restaurante.

El apéro es con lo que comienzan casi todas las invitaciones a cenar o las salidas entre amigos. Es esa hora en la que todos parecemos olvidar la densidad calórica de los alcoholes, la charcutería y cuanta chuchería se le antoje al anfitrión y a los invitados. Entre el concepto de apero y “ le dinner” (la cena) se encuentra el “apero dinnatoire” (aperitivo cenatorio…) socorrido por los anfitriones que le temen al protocolo de una cena formal y prefieren, en pocas palabras, llenar a sus invitados con un chingo de botanas.

La cena, a diferencia de lo que yo siempre había acostumbrado, es una de las comidas más pesadas y formales, sobre todo si se trata de un momento social o festivo. Según yo tanto en la comida como en la vida misma, lo importante es la diversidad, y para eso los franceses se pintan solos.

Dentro de tanto ritual y respeto los franceses logran mantener una danza de ingredientes, de conversaciones, de olores, tendencias políticas, colores, historias de aquí y de allá y muchos sabores, que le recuerdan al cuerpo que comer es vivir y que el placer es aún mayor cuando se comparte.

Ya con la panza bien llena hablemos de las estaciones del año.

Hasta hace algunos meses para mí las estaciones sólo significaban vientos de Santana previos a Navidad, una que otra granizada en mi cumpleaños y sol, mucho sol el resto del año.

Conocer una verdadera primavera con colores y olores moviéndose al ritmo del sol y la luna ha sido algo totalmente nuevo y mágico. Y con estas estaciones han ido llegando los productos de la tierra.

No creo poder olvidar algún día en que mes maduran los duraznos, los chabacanos, las cerezas, los ejotes, los higos, las papas, las berenjenas, los tomates, las calabazas.

Hasta hace unos meses no conocía el sabor verdadero de un chícharo. Ignoraba que las lechugas daban semillas y jamás había acarreado tanta agua en baldes para mantener viva una planta.

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Caminar entre los puestos del mercado que viene al pueblo cada miércoles y sábado, e ir observada semana a semana la metamorfosis de los colores y formas de los que contienen las canastas, me hace sentir conectada con la tierra que piso. Tierra que aunque no sea la mía por nacimiento, me recibe y me alimenta.

Fabio ignora que tiene la inmensa suerte de estar pasando sus primeros y tan decisivos meses de vida en la Biovallée, el departamento de Francia considerado como el número 1 en producción orgánica. No tiene precio conocer el jardín en el que crecen nuestras papas y cada semana ir a ayudar a deshierbar la tierra y pizcar ejotes, ajos, calabazas y cebollas. Formamos parte de una de tantas asociaciones que viven en esta región.

Les Jardins Nourriciers son un grupo de personas que conjuntan el esfuerzo de terratenientes solidarios, trabajadores comprometidos y muchos voluntarios como yo que dan sus horas de trabajo a cambio de una hermosa canasta de frutas y verduras totalmente locales y responsables.

Lo que contiene la canasta es un misterio, lo rige la tierra, el sol, la lluvia y las manos trabajadoras que donan su tiempo para hacer realidad un sueño colectivo. Coincido con Anto cuando dice que el comenzar a ser parte de esta comunidad finamente interconectada hace que crezca la confianza que tenemos en la vida, la tierra, el sol, el agua y la gente.

Ahh la gente! Ese tema podría llevarse otro blog completo…

Cuándo se pasan 12 meses en una comunidad de 4mil y tantas personas, andando por las mismas calles, viendo pasar más o menos las mismas caras y se crea una rutina cotidiana, comienza a surgir la magia. Salir a la calle en el pueblo es una delicia porque tengo la certeza que me voy a encontrar a alguien que me dará los buenos días o reconocerá a Fabio antes que a mí.

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Evento Die-cyclette 2018

El comenzar a conocer a la gente que me rodea le ha dado vida y alma a esta ciudad que hasta hace algunos meses me era desconocida e indiferente.

Sé que Julio es un vecino encantador y respetuoso y no logro entender porque siempre se estaciona en el lugar de los discapacitados. Conozco a Bastista, el vecino que solo da un beso en lugar de tres y que prefiere seguir sufriendo de sus dolores de hernia cervical antes que dejar de hacer conciertos clandestinos en su patio mágico. Me llena el corazón sentir como evoluciona mi relación con André, nuestro vecino gay de 86 años a quien rescaté de una caída un día lluvioso y desde ese día parece tenerme un aprecio especial. Me encanta salir al mercado los miércoles o sábados sin tener nada que comprar y únicamente por el placer de ver a Polo, Nadine y sus hermosos panes; a Enemon y su mirada siempre tierna y atenta, muy al tanto de que el día de la independencia mexicana acaba de pasar y se toma tequila. Ir al mercado significa platicar con Lionel y que me cierre el ojo cuando me vende la fruta más barata. Ir al mercado hace unos días me permitió encontrarme a un señora en la fila que me dijo: “yo conozco a tu madre” y descubrir que fue ella quien platicó con mi mamá hace semanas en un café del centro.

Desde hace unos días mantengo una relación secreta con alguien que decidió agregarle una sábila a mi jardín callejero.

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El mensaje dice: Somos los “aloe vera”. La fraternidad numerosa desea emanciparse para tener más espacio…

Siento que vivo en una comunidad utópica e inocente, y me encanta. Algunas de las fotos que verán aquí las recuperé de un USB colgado en un tendedero que Morgane, otra vecina, me dejó traviesamente.

Todos, o muchos, parecemos estar más o menos inter conectados. Hasta los más gruñones, como el que atiende el “café internet” en la calle Camille Buffardel, parecen encajar bien en este cuadro pintado al estilo de Toulouse Lautrec.

Pero por más placentero que sea el vivir comiendo, durmiendo y socializando…. no hay solo eso en vida y tal vez se pregunten ¿Qué hago de mis días?, ¿En que va mi profesión?, ¿Cómo pinta el futuro? ¿Cómo le hacen para vivir? Todas estas preguntas tienen respuestas y me interesa compartirlas porque son parte de mi cotidianidad.

No estoy orgullosa de lo que voy a confesar, pero es la verdad: gran parte de mi día me la paso sentada.

Dentro de nuestra pequeña casa de treinta y pico metros cuadrados (divididos en 3 pisos) me hice un rincón de estudio en el que me sumerjo cada vez que puedo. Recuerdo que alguna vez, alguno de mis tantos profesores dijo que 3 horas de estudio diario debía de ser nuestro objetivo. Tengo vivo el recuerdo de lo que esa frase despertó en mí: rotundo desacuerdo. En el fondo me burlé y negué la posibilidad de que su insinuación tuviera una pizca de factibilidad.

Ahora entiendo a qué se refería. Desde hace varios meses se ha vuelto mi objetivo profesional el pasar un concurso a nivel nacional especialmente para los médicos extranjeros que desean trabajar en Francia. Más de 2000 aspirantes, menos de 200 puestos en todo el país y 3 años de internado/residencia de medicina familiar para tener el derecho de ejercer en el territorio de la baguette, el vino y los quesos.

Siento que estoy llegando al límite de mi paciencia profesional y comienzo a cansarme de ser la eterna estudiante. Sé que esto es consecuencia de mis decisiones de vida y no me arrepiendo de ninguna de ellas y por ello abrazo con todo mi ser esta sed de crecer trabajando, creando y participando con lo que se hacer. Sé que soy capaz de hacerlo aquí, pero debo aceptar que me da miedo el salto. Sobre todo el salto en otra cultura y en otra realidad a la que me formó personal y académicamente. Sé que la vida profesional en Francia será un reto. Sé que será un gran reto el adaptar esta mi identidad médica, hecha de una mezcla imperfecta de guías clínicas gringas adaptadas a presupuestos mexicanos, pero el reto me motiva. Anto por su parte tiene meses trabajando en un proyecto propio que emprendió con un amigo y cada día lo veo más emocionado. En pocas palabras eso, su trabajo de siempre y el gobierno social francés, son los que nos dan de comer.

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Vista desde el estacionamiento trasero del trabajo de Anto 🙂

Me emociona tener fechas decisivas en el calendario y octubre parece anunciarse decisivo. En la primera semana de ese mes se decidirán los próximos años de nuestras vidas, el lugar en donde va a seguir creciendo Fabio, y el giro que tomará mi vida profesional y obviamente personal y familiar.

En octubre también, Fabio comenzará a ir a la guardería (también asociativa) y no solo a la niñera como hasta ahora.

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Los amigos de Fabio deseandole Feliz cumpleaños con espantasuegras mexicanos.

En Francia ser niñera es un trabajo más serio que el de muchos políticos en México. Me siento afortunada de poder experimentar esto aquí y ahora que somos padres. Nuestra niñera, Camille, es una chica de 25 años que tuvo que pasar por muchas certificaciones para poder demostrar que es capaz de cuidar hasta 4 niños en su casa y que esta tiene todas las medidas de seguridad necesarias para asegurar el bienestar de los chiquitines. Camille tiene 5 semanas de vacaciones pagadas al año y es parte de lo estipulado en el contrato que firmamos al comenzar a trabajar con ella.

Camille y su novio acaban de comprar una casa con la que muchos soñaríamos. He llegado a pensar que tal vez la explicación de la importancia del trabajo de niñera en Francia tenga una razón más histórica, social y cultural que económico-legal.

Las mujeres y hombres franceses siguen teniendo una vida independiente aún después de convertirse en padres. Los niños son motivados desde pequeños a descubrir una independencia social y emocional sin por eso dejar de lado los valores familiares que parecen ser constantes y fundamentales en la mayoría de las familias que conozco. Tal vez, al final de cuentas también el chupón y el Doudou tienen una razón más profunda de existir dentro de una sociedad tan centrada en los derechos individuales y la independencia.

Anto no me pagó por escribir todo esto. Me tomó muchos meses lograr sentir lo que están leyendo. Los primeros meses fueron de forma general fríos, grises y melancólicos pero un año parece ser el tiempo ideal para conocer un lugar y saber si, lugar e individuo, están hechos el uno para el otro.
Lejos de querer hacer una crítica indirecta de lo que no hay en México, me pareció justo convertir esto en una oda a lo que si hay en Francia, este país que comienzo a sentir como mi segundo hogar.

Podría escribir páginas y páginas de lo que amo de mi país, de nuestra gente, de nuestra comida y sus orígenes. Podría pasar horas hablando de como extraño la espontaneidad de mi pueblo, de la energía poderosa que generamos en cada fiesta, en cada baile, en cada carcajada. Podría tratar de vender mi país ante los ojos de cada francés, pero sería inútil porque mi México ya es amado por mucha gente incluso en este pequeño pueblo de 4 mil 500 personas. En estos meses he conocido más franco-mexicanos que, durante toda mi vida, he hablado español casi cada día con alguien en la calle o en alguna tienda; he conocido muchas personas que viven la mitad del año en Chiapas, Oaxaca, Nayarit y no dejan de halagar la dulzura y la calidez de nuestra tierra y su gente. Por esto y por muchas otras razones, no me siento mal de regresar el amor que recibo en francés, traducido al español.

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Uno de tantos ejemplos, el festival Mexicano y latino de Barcelonette. Para conocer mejor esta historia: https://www.bbc.com/mundo/noticias-40979695

Amo a mi México y eso no me impide amar cada día más a mi Francia. Con sus defectos, con sus excesos, con sus ataques de rigidez y exaltación inútil. Me siento afortunada de poder elegir la tierra en la que estamos creciendo como familia y deseamos que Fabio tenga lo mejor de dos o cuantos mundos decida descubrir.

Por el momento aquí vivimos, en una ciudad que comparte la fonética de la última sílaba de la palabra paraíso en francés: Die.

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PD. por favor eviten pronunciarla en inglés por que pierde el encanto.

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Primera primavera.

Mi papá me pidió que no dejara de escribir, que por más exámenes que tuviera que preparar no abandonara este espacio que parece disfrutar casi tanto como yo.

No recuerdo cuando fue la última vez que me senté a hacerlo. Creo que fue el día que conocí la boca de Fabio entre abierta pintada en blanco y negro en uno de sus ultrasonidos. Ha corrido algo de tiempo desde entonces.

Julie y Javiera  me prestaron un libro en el que la autora comparte su teoría sobre los primeros 9 meses de vida extra uterina. De forma muy burda dice que 9 meses de vida fuera del vientre es el tiempo que le toma al niñ@ para darse cuenta que la separación entre él y su madre es inevitable e inminente. El final de un segundo embarazo y por lo tanto el tiempo de un segundo nacimiento. Una separación que describe no como triste ni dramática sino simplemente como un gran parteaguas, el gran paso de un segundo periodo de unidad casi total entre dos seres que tienen toda “una vida” de conocerse.  Al parecer el niño gana una apreciación más real de ese mágico binomio que  aunque aún fuertemente unido y único, finalmente se presenta como  independiente aunque aún interdependiente. Es la materialización en ese cerebro inmaduro y en constante expansión de una idea clara (ignoro si consciente, semi consciente o inconsciente): es poseedor de un gran poder. Un poder  que ganó desde el momento en que sus pulmones comenzaron a respirar aire en lugar de líquido, a partir de ese momento en el que su boca dejo de tragar líquido reciclado de forma intuitiva para pasar a descubrir el sabor de una leche hecha  a su medida. El  poder de nacer y hacer y que ahora, justo a los 9 meses parece finalmente volverse tangible y excitante. Exactamente hoy Fabio puede jactarse de haber pasado la mitad de su vida dentro de mí y la otra mitad fuera, nunca más en su historia podrá decir lo mismo. En la mañana antes de llevarlo con Camille y Naya (su niñera y la perra de la casa) le conté que era un día especial. Tenía sueño y tenía la vista fijada en el vacío, no sé si me escuchó o me entendió pero yo cumplí con comunicarle lo festivo de este lunes 23 de abril del 2018.
Ayer, como si fuera un pendiente y un objetivo en su bucket list antes de los 9 meses, logró desplazarse torpemente pero independiente, intrépido y rápido de un extremo al otro de la cama, motivado profundamente por un cúmulo de letras de madera que al ser alcanzadas fueron a dar, como de costumbre a la boca. Después del ejercicio intenso de haber repetido esta hazaña unas 3 o 4 veces, no por decisión propia si no por la imposición de su madre emocionada, aceptó tranquilamente que las luces se apagaran, que su oso que canta y envía destellos luminosos en forma de estrellas se encendiera y que la historia de antes de dormir comenzara. “Leo y Popi. La televisión”. Pequeña historia escrita en francés y leída en español por esta madre que se desvive por pronunciar tantas palabras en mexicano por minuto como le es posible. Cada palabra cuenta. Cada sonido crea una nueva conexión neuronal y deja una huella en su ser; es una batalla intensa, el francés y los franceses nos tienen rodeados. Al final de la historia, directo a su cuna, con su oso en manos y ojos entre abiertos. Ni un llanto. Magia pura.
Es apenas la segunda vez que logramos esto, antier papá, anoche mamá. Como si nos diera a cada uno un regalo de paz y una tregua de entendimiento en la que acepta humildemente que la hora de dormir, es la hora de dormir. Hasta hoy las madrugadas habían sido inciertas, al menos un episodio de llanto a las ¿2am? ¿3am? ¿4am?
9 meses parecen una eternidad cuando alrededor no falta quien te presuma delicadamente que su retoño duerme 12 horas continuas desde que tiene 3 meses. Cada vida es un mundo, y aún cuando mi doctrina es el respeto a la diversidad humana, la envidia se ha hecho presente varias veces a las 3 am y se me antoja parecerme al vecino que duerme bien. Hace una semana decidimos que era suficiente. Mi cansancio crónico y nocturno fue más fuerte que mi instinto de acudir al llamado natural de su llanto hiriente, definitivamente no por hambre si no por lo agradable de mi chichi reconfortante.
La semana avanzó bastante bien, Fabio comenzó por despertarse dos veces en la madrugada y llamarme durante 10 o 15 minutos, después como entendiendo el juego, se quedaba dormido. Al final de la semana se despertó únicamente una vez y los ruidos fueron perdiendo intensidad y duración. 5 minutos de sollozos con función de auto arrullo. Anoche, ni un solo ruido desde las 9pm hasta las 7 am. Como pueden imaginar hoy lunes en la mañana el sentimiento es fresco, nuevo, limpio, claro, ligero, satisfactorio.

Después de una tarde y noche de tantos logros me siento inspirada, me siento segura de lo factible y lo alcanzable que es todo en esta vida. Si Fabio logra gatear, dormir sin llorar y mantener su sueño inmutable durante toda una noche, todo esto un día antes de su segundo nacimiento, entonces yo también puedo lograr todos esos objetivos que de vez en cuando me parecen tan inalcanzables.

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Ahora entiendo mejor el efecto motivante de ser padres. Va más allá de dar el ejemplo, más allá de lograr para compartir los frutos de esos logros. Va aún más allá de ser “alguien” de quién se sientan orgullosos, es simplemente crecer con ellos, ¡y la velocidad de su recorrido obliga a seguirles el paso con tal energía y empuje que no hay tiempo de dudar!

Tanta satisfacción casi me hace olvidar la desesperanza que sentí durante los largos días de este invierno que parecía no querer terminar jamás.
Tantos días grises, fríos y húmedos. Tan poca luz alimentando el espíritu. Ese espíritu desértico que jamás había conocido estaciones tan marcadas. No tengo yo la culpa de haber nacido en una región del mundo en el que el sol trabaja diario, dónde los juguetes de navidad se estrenan bajo el sol ardiente entre olor a pavo, relleno, tamales y sudores combinados. No es mi culpa que para mí la primavera fuera hasta hace una semana, sinónimo de Benito Juárez y equivalente a una sensación de fin-de-cumpleaños. Es la primera vez en mi vida que me he cuestionado seriamente sobre la posibilidad de ser alérgica a alguno de los miles de pólenes y sustancias naturalmente alergénicas que vuelan por estos aires que ya comienzan a oler también a flores, comida y sudores típicamente franceses.
Es la primera vez en mi vida que abro las cortinas cruzando los dedos para no encontrarme con nubes que me tapen al señor sol. Nunca antes los días soleados que tanto deseamos habían estado seiamente acompañados por la obligación y el deseode ir a regar el huerto. Nunca había respetado tanto una pequeña sábila (Aloe Vera) que compré en … IKEA, (irónico y vergonzoso, lo sé), cuando al plantarla casi le rogué que creciera correctamente para poder venir a cortarle un bracito de vez en cuando. Los únicos germinados que habían atrapado mi atención y mi energía habían sido los frijoles en algodones de la primaria y los que hace algunos meses comencé a hacer crecer en la cocina de mi mamá y comer asiduamente durante el embarazo. Nounca había visto la necesidad de cuidar el crecimiento del reino vegetal. Hace unos días trasplantamos plantas aromáticas y sembramos chile, zanahoria, cilantro, tomate, lechugas, cebollas, ejotes. La sensación predominante es la incertidumbre. No puedo imaginar la presión de depositar una semilla en la tierra y saber que mi futuro nutricional, económico o simplemente la supervivencia de mi familia dependen de su crecimiento.
Mi vida está tomando otro sentido y me gusta.
Tengo sueños concretos para lo que queda de este año y espero que vayan floreciendo poco a poco como las semillas en el jardín.
Es una motivación gigantesca despertar y tener un fondo de pantalla claro y constante que exige movimiento y empuje. Cada minuto de mi día me sucede mirando hacia allá, y entonces pienso en Liz y su “a donde ves, vas” durante la clase de danza y me reconforta y me da seguridad. Mantengo la firma convicción, compartida, alimentada y reforzada por las palabras sabias de un amigo que dice, basta con quererlo, pero quererlo con todo el cuerpo, con todo el tiempo, con todo tu ser, para que la vida te lo dé.
Porque el quererlo te hace provocarlo, porque no es un regalo que se pide desde la comodidad de un sillón, porque es un derecho que se forja con acciones. Y es ahí cuando me siento segura de alcanzarlo, de alguna u otra forma, tarde o temprano.

Por hoy hasta aquí me quedo.
Prometo reportar el avance de mis sueños, nuestro hijo y nuestro huerto.